jueves 9 de julio de 2026

La Tribuna

Cuarto acto: Los dioses del césped rinden cuentas

El fútbol, en sus tramos finales, deja de ser juego para convertirse en aquello que Johan Huizinga intuyó cuando definió al ser humano como homo ludens
jueves 09 de julio de 2026

Hegel enseñó que la historia avanza por contradicción, que ninguna tesis sobrevive sin el embate de su antítesis, y el Mundial de 2026 —ese gran teatro dialéctico de tres naciones convertidas en escenario único— ha cumplido con rigurosa fidelidad su promesa filosófica. Los octavos de final, consumados entre el sábado y este martes, no fueron sino la criba donde el destino, indiferente a los mitos previos, decidió qué relatos merecían continuar y cuáles debían clausurarse en el silencio de la eliminación. Francia, Marruecos, Noruega, Inglaterra, España, Bélgica, Argentina y Suiza son hoy los ocho supervivientes de una purga que Heráclito hubiese reconocido de inmediato: nadie se baña dos veces en el mismo torneo, porque el torneo mismo es un río que arrastra imperios y corona advenedizos con la misma indiferencia.

Conviene detenerse, con la calma de quien contempla ruinas, en los nombres que la Copa ha exhalado hacia el pasado. Cristiano Ronaldo, ese Sísifo lusitano que durante seis mundiales empujó la roca de la gloria hasta la cima sin jamás alcanzar la cumbre definitiva, vio caer a Portugal ante España por la mínima diferencia y con ello certificó el cierre de una épica de dos décadas. Brasil, la nación que inventó buena parte de la gramática estética del fútbol, sucumbió ante la Noruega de Erling Haaland, quien con un doblete no solo eliminó a un gigante, sino que inauguró su propio mito. México, anfitrión e ilusión colectiva, se despidió ante Inglaterra en el Estadio Azteca; Canadá y Estados Unidos, los otros dos países sede, también fueron devueltos a la condición de espectadores, recordándonos que ni siquiera jugar en casa exime a nadie del juicio implacable de la eliminación directa. Colombia cayó en la ruleta rusa de los penales frente a Suiza, y Egipto —pese a la resistencia de sus últimos minutos— no pudo frenar a una Argentina que se sostiene, una vez más, sobre los hombros del interminable Leo Messi.

Y, sin embargo, el torneo no es solamente un cementerio de nombres propios: es también, en sentido filosófico de un criterio, el escenario del eterno retorno de quienes se niegan a la finitud. Messi continúa, a los 39 años, desafiando la lógica biológica con la misma terquedad con que el super hombre de Nietzsche desafía la moral heredada. Kylian Mbappé sigue vigente al frente de una selección de Francia que aspira a la que sería su tercera final consecutiva, hazaña que ningún equipo ha logrado en la era moderna. Haaland, Bellingham, Kane, Lukaku: cada uno protagoniza su propio fragmento de la gran narrativa, y cada uno sabe —o debería saberlo— que la vigencia en este Mundial es apenas un aplazamiento, nunca una absolución.

Es en este punto donde conviene invocar a Albert Camus, quien antes de ser el filósofo del absurdo fue portero de fútbol, y quien sostuvo que buena parte de lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al deporte. El Mundial, en su tramo final, se convierte en la metáfora perfecta del mito: cada selección empuja su roca —el balón, la ambición, la memoria de generaciones anteriores— sabiendo que la montaña se repite, que el domingo de la final el 19 de julio, no es sino la cima desde la cual, ganada o perdida, todo vuelve a comenzar cuatro años después. La diferencia entre el absurdo trágico y el absurdo feliz reside, precisamente, en cómo cada equipo asume su ascenso.

La emoción mediática que hoy envuelve al planeta no es un fenómeno superficial ni meramente comercial, como querrían reducirlo sus detractores más miopes; es, en rigor, una liturgia colectiva, un ritual profano que cumple aquella función que Émile Durkheim atribuía a lo sagrado: la de congregar a comunidades enteras alrededor de símbolos compartidos. Cuando millones de personas en Rabat, en Buenos Aires, en Londres o en Oslo interrumpen su cotidianidad para presenciar noventa minutos de incertidumbre coreografiada, están participando —lo sepan o no— de una experiencia que Platón hubiese situado en el umbral entre el mundo sensible y el mundo de las ideas: el partido concreto, sudoroso y finito, como sombra imperfecta de algo mayor, de esa Copa que es forma pura, arquetipo, deseo.

A partir de hoy, cuando Francia y Marruecos abran los cuartos de final en Boston, el torneo abandona definitivamente su fase de multitud para adentrarse en la fase de la excepción. Ya no ocho, sino cuatro cruces —Francia-Marruecos, España-Bélgica, Noruega-Inglaterra, Argentina-Suiza— definirán en apenas cuatro días quiénes conservan el derecho a soñar con la gran final en Nueva Jersey. La cantidad ha muerto para dar paso a la calidad extrema, y en ese tránsito reside la más antigua de las leyes trágicas: cuantos menos actores quedan sobre el escenario, mayor es el peso simbólico que cada gesto adquiere.

Lo que viene, entonces, no es simple espectáculo: es destino condensado en noventa minutos, es la vieja pregunta socrática —¿qué significa vencer, y a qué precio se paga la derrota? formulada de nuevo bajo las luces de los estadios norteamericanos-.

El fútbol, en sus tramos finales, deja de ser juego para convertirse en aquello que Johan Huizinga intuyó cuando definió al ser humano como homo ludens: la certeza de que jugamos no a pesar de la seriedad de la vida, sino precisamente porque la vida, tomada con la debida distancia filosófica, no es otra cosa que un juego que insistimos tomar en serio.

Que nadie se engañe con la falsa promesa de una segunda oportunidad, porque el fútbol abandonó la misericordia de la fase de grupos y se instaló, definitivamente, en el territorio inclemente de lo trágico: aquel donde, como enseñó Sófocles a través de sus héroes condenados, el destino no negocia y un solo instante de descuido basta para convertir la gloria en cenizas.

No hay mañana para quien tropieza esta semana, no existe la redención del calendario para el que cae en cuartos, semifinal o final; solo queda el filo puro del presente, ese kairós griego que los antiguos distinguían del tiempo ordinario porque en él, y solo en él, se decide todo lo que importa.

Que Marruecos lo sepa frente a Francia, que Bélgica lo sienta frente a España, que Inglaterra lo intuya frente a Noruega, que Argentina lo cargue como cruz y como corona frente a Suiza: la Copa no premia trayectorias ni consuela a los valientes, corona únicamente a quien resiste, sin fisuras, el examen implacable de noventa minutos irrepetibles. Ha llegado, pues, la hora en que el fútbol deja de ser promesa para convertirse en veredicto, y en ese veredicto —inapelable, absoluto, definitivo— se juega no solo una estrella más para el escudo, sino la eternidad misma que solo se concede a quienes, sabiéndose mortales, se atrevieron a jugar como si fueran dioses.

¡Es lo hermoso del fútbol, en una Copa del Mundo!