martes 14 de julio de 2026

La Tribuna

Ciudadanos del balón

Antes, en Sudamérica, nos jactábamos de ser los únicos en poseer el monopolio de la pasión y la forma de vivir el fútbol. Hoy la realidad nos pasa por encima de forma hermosa y nos demuestra que la emoción no tiene pasaporte.

Hemos superado los 50 millones de espectadores en las tribunas de los mundiales a lo largo de una historia que comenzó en 1930. Esa cifra, fría en los papeles, cobra vida cuando se mira de cerca el mosaico cultural de este inédito torneo de 48 selecciones. Es imposible no quedar maravillado ante los matices de miles de hinchas disfrutando y sufriendo en un mismo espacio geográfico; una marea humana donde la pelota actúa como el único intérprete necesario.

Antes, en Sudamérica, nos jactábamos de ser los únicos en poseer el monopolio de la pasión y la forma de vivir el fútbol. Hoy la realidad nos pasa por encima de forma hermosa y nos demuestra que la emoción no tiene pasaporte. Ver a un estadio colmado de ingleses cantar “Hey Jude” a voz en cuello, rindiendo homenaje a su '10', Jude Bellingham, o escuchar a sus jugadores entonar “Wonderwall” al unísono —convirtiendo el cemento en un gigantesco concierto de rock— estremece a cualquiera. Pocos días antes, fuimos testigos de miles de almas haciendo el ya célebre "remo vikingo", guiadas por Erling Haaland al ritmo de un tambor que parecía marcar el latido de todo un estadio. Y al lado, por supuesto, los hinchas argentinos gritando los goles de Lionel Messi con ese desborde visceral que nosotros conocemos bien, esa forma de cantar con los ojos cerrados y las venas del cuello a punto de estallar, que el resto del mundo sigue mirando con asombro.

El contraste es exquisito. Pasamos de esa hermosa locura a la conmovedora lección de los japoneses. Su famosa disciplina se traduce en un solo cántico imperturbable durante los 90 minutos, coronado por el acto casi sagrado de recoger su propia basura antes de abandonar el recinto; un sentido de honor y respeto que transforma el graderío en un templo y que no puede provocar otra cosa que el deseo de imitarlos.

Este Mundial se ha convertido en un viaje relámpago por la geografía humana para entender culturas, costumbres y formas de ver la vida. Lo mejor de todo es que, entre tanta diversidad, la tribuna y el césped conjugan el mismo verbo. Es un dialecto que se entiende a la perfección porque la estética de un lindo remate que infla las redes no necesita subtítulos. Unos gritan ¡gol!, otros explotan con un ¡yes!, otros celebran con un ¡ja!, pero en el fondo del pecho, todos sentimos el mismo vuelco en el corazón.

Muchos expertos debaten si este es el mejor Mundial de la historia. Es posible si miramos las pizarras. Pero, más allá de los números y las tácticas, este torneo es un espejo que nos recuerda que somos ciudadanos del mundo antes que rivales fronterizos. Me disculparán si hoy decido no hablar de esquemas férreos o individualidades descollantes; hoy prefiero recordar que todos somos paisanos cuando compartimos la misma religión civil del fútbol.

Si somos capaces de encontrar una tregua y un territorio común alrededor de un balón y dos arcos, si un pedazo de cuero puede hacer que un asiático, un europeo y un sudamericano lloren por la misma jugada, quizás no sea una locura pensar que podemos encontrar puntos de encuentro cuando toque tratar temas de verdadero interés social o político. Puedo estar soñando despierto, lo sé, pero se lo debo a la magia de este juego. Por lo menos concédanme hoy la satisfacción de firmar que el fútbol no es solo un deporte; es esa maravillosa anomalía que nos hace creer, aunque sea por noventa minutos, que la utopía de un mundo integrado es posible.