martes 14 de julio de 2026

La Tribuna

VAR: El fútbol que aprendió a desconfiar de sus goles

Hubo una época en la que el fútbol era inmediato. La pelota cruzaba la línea y el grito de gol era un acto reflejo. Hoy, en cambio, el aficionado celebra… pero con prudencia.

Hay imágenes que este Mundial nos dejará para siempre: las lágrimas de Cristiano Ronaldo, la frustración de Neymar, las sorpresas protagonizadas por selecciones que derribaron a gigantes y la confirmación de que, en el fútbol moderno, ya no existen rivales invencibles.

Pero también quedará otra postal, mucho menos romántica: la de un estadio entero conteniendo el aliento mientras un árbitro espera la decisión que llega desde una sala de video.

Hubo una época en la que el fútbol era inmediato. La pelota cruzaba la línea y el grito de gol era un acto reflejo. Hoy, en cambio, el aficionado celebra… pero con prudencia. Mira al asistente, al árbitro, a la pantalla gigante. Espera. Duda. Recién entonces explota.

Es el precio que el fútbol ha pagado por intentar ser más justo.

No hay duda de que el VAR ha corregido errores evidentes que antes podían definir un campeonato o un Mundial. Nadie discute la necesidad de contar con herramientas que ayuden a los árbitros en acciones determinantes.

Sin embargo, esta Copa del Mundo también ha demostrado que la tecnología no eliminó la polémica. La trasladó.

Porque detrás de cada monitor sigue existiendo un árbitro. Detrás de cada repetición hay una interpretación. Dos jueces pueden observar la misma acción y llegar a conclusiones distintas. El VAR no reemplazó el criterio humano; simplemente le dio más cámaras y más tiempo para decidir.

Y eso quedó reflejado en varios partidos del torneo. Decisiones sobre penales, manos, contactos y posiciones de fuera de juego generaron intensos debates. Algunas selecciones sintieron que las interpretaciones arbitrales terminaron condicionando su camino, mientras otras resultaron beneficiadas. La discusión, lejos de desaparecer, continúa tan viva como antes.

Quizá el problema no sea la herramienta.

Quizá el problema sea creer que el fútbol puede alcanzar una justicia absoluta.

El fútbol nunca fue un laboratorio de precisión. Siempre fue un deporte de emociones, de instantes irrepetibles, de decisiones tomadas en fracciones de segundo. Pretender convertir cada jugada en un análisis quirúrgico puede acercarnos a la exactitud, pero también nos aleja de la esencia que enamoró a generaciones enteras.

Los aficionados ya no celebran con la misma libertad. Los delanteros levantan los brazos mirando de reojo al juez de línea. Los entrenadores esperan el veredicto de una pantalla antes de festejar. Hasta los relatos han cambiado: el “¡gol!” muchas veces termina acompañado por un incómodo “…vamos a esperar la revisión”.

Algo se perdió en el camino.

No se trata de eliminar el VAR ni de regresar a los errores arbitrales que tantas injusticias provocaron. Se trata de recordar que el fútbol es, antes que un reglamento, una emoción compartida.

La tecnología llegó para quedarse y seguramente seguirá evolucionando. Pero el desafío de quienes gobiernan este deporte será encontrar el equilibrio entre la justicia y la pasión. Entre la precisión y la espontaneidad.

Porque un gol no debería necesitar permiso para emocionar.

Y cuando el hincha deja de abrazarse por miedo a que una línea dibujada en una pantalla le arrebate la alegría, quizá sea momento de preguntarnos si, además de corregir errores, el VAR también nos quitó una parte del alma del deporte más hermoso del mundo.