lunes 24 de agosto de 2026

La mirada del escritor

50 para ti y 50 para mí

Bolivia votó buscando cambio, no una nueva pedagogía de la paciencia. La legitimidad electoral abre la puerta del poder; la eficacia es la que permite permanecer políticamente dentro de ella.

Bolivia vuelve a mirar el reloj desde una fila. Filas por gasolina, filas por diésel, horas perdidas frente a un surtidor y una sensación cada vez más incómoda: el cambio prometido todavía no llega a la vida cotidiana. Cambian los discursos, cambian los responsables, cambian las explicaciones; pero para quien necesita combustible para trabajar, producir o simplemente trasladarse, la escena continúa siendo demasiado conocida.

En campaña, el “50/50” apareció como una fórmula sencilla y poderosa: redistribuir recursos y desmontar un centralismo que durante años concentró decisiones y presupuesto. Era una idea políticamente eficaz porque hablaba en un idioma que todos entendían: una mitad aquí, otra mitad allá. Pero gobernar no consiste en administrar eslóganes. El problema comienza cuando una fórmula electoral, diseñada para conquistar esperanza, choca con un Estado que sigue mostrando sus viejas fracturas.

Y entonces nace una pregunta inevitable: ¿quién dirige realmente el poder? ¿La planificación, las instituciones, la economía o la urgencia de conservar respaldo político?

El “50 para ti y 50 para mí” puede convertirse en una metáfora peligrosa de nuestra política. No porque exista evidencia de un reparto literal de bolsillos, sino porque Bolivia lleva demasiado tiempo atrapada en una cultura donde el poder se entiende como distribución de cuotas, espacios, cargos, favores y lealtades. El ciudadano, mientras tanto, recibe otra mitad: incertidumbre, espera y promesas.

No es capitalismo para todos. Tampoco es necesariamente una revolución descentralizadora. Es, por ahora, una formulación política que debe demostrar que puede convertirse en política pública. Porque repartir competencias o presupuesto no sirve de mucho si el Estado no logra garantizar lo elemental: combustible, estabilidad, producción, certidumbre y servicios.

La actual crisis de carburantes es especialmente simbólica. Un país con una larga historia hidrocarburífera no debería acostumbrarse a ver kilómetros de vehículos esperando combustible. La fila no es solamente un problema logístico: es una imagen del agotamiento institucional. Cada vehículo detenido representa horas de trabajo perdidas, costos que aumentan, productos que se encarecen y ciudadanos que comienzan a preguntarse si realmente algo cambió.

El Gobierno puede señalar contrabando, corrupción heredada, restricciones financieras o problemas estructurales. Algunas de esas explicaciones pueden ser válidas. Pero llega un momento en que gobernar significa dejar de explicar por qué existe el incendio y comenzar a apagarlo.

Bolivia votó buscando cambio, no una nueva pedagogía de la paciencia. La legitimidad electoral abre la puerta del poder; la eficacia es la que permite permanecer políticamente dentro de ella.

Por eso el verdadero 50/50 no debería ser “50 para ti y 50 para mí”. Debería ser otro: cincuenta por ciento de promesas y cincuenta por ciento de resultados sería todavía insuficiente. En un país cansado de esperar, la ciudadanía empieza a exigir algo mucho más simple: cien por ciento de responsabilidad.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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