Crítica - Fitaz 2024
Doña Gladys, la indomable
Liliana Carrillo V., periodista
Antes de que haya caminos que conecten occidente y oriente, mucho antes de que “la Verde” represente al país, una mujer -cruceña de cepa- pudo unir con su voz a toda Bolivia. Gladys Moreno, la indomable doña Gladys, fue la protagonista del homenaje, a ritmo de cueca y taquirari, que trajo al Fitaz el elenco cruceño Ditirambo.
Bajo la dirección de Porfirio Azogue Talamás, el espectáculo musical presenta a Gladys Hortensia Moreno Cuellar a los 73 años, luchando para que le paguen el bono vitalicio que le correspondía. Entonces recibe el mandato de un pueblo de Warnes para asistir a su propio homenaje “póstumo”. Sus hijos alistan un repertorio para sorprenderla y es ese el detonante para reconstruir pasajes decisivos de la vida de la “embajadora de la canción boliviana”.
Cigarro en mano, doña Gladys es una mujer fuerte, que decide e impone, que sabe de sus glorias y valía. Es también una madre amorosa, valiente y apasionada por la música. Esa Gladys es interpretada dignamente por Carolina Soliz, que incluso canta y bien. El rol de su hija, Ana Carola, recae en Elina Laurinavicius y también canta desde su papel.
Esa es la primera fortaleza de la obra: el respeto con el que retrata a doña Gladys. Su voz “pura, analfabeta y salvaje” solo suena en sus propias interpretaciones. Es única, en consecuencia, inimitable. En las playas del Beni, el Moto Méndez, Infierno verde…
La segunda fortaleza es el texto, poético pero no solemne, documentado, personal y a ratos chistoso. “Su voz fue un ave que le elevó a los cielos y en su vuelo fue guajojó y fue cóndor”, define uno de los personajes. En el interín, la historia se las arregla para transitar otras honduras: el abandono de los artistas, el conflicto de una hija apocada por la grandeza de la madre, la ingratitud con la memoria.
El resto es música en vivo a cargo de un elenco de virtuosos: Antonio Miranda, David Zurita, Luis Enrique Illescas Morales y Pablo Crespo Durán. Interpretan los instrumentos, cantan y además actúan.
Debo confesar que no soy afecta a los musicales en general; después de verlos me asusta la idea que aparezca un corito detrás que vaya cantando episodios de mi vida (locura nomás) por eso no fui con muchas expectativas. Felizmente me equivoqué con Doña Gladys que me convenció de que el teatro en el fondo es cuestión de contar historias que con-muevan. Por eso, esta puesta merecía más público (pero había otra obra en el mismo horario, todos andaban siguiendo el fútbol y encima llovía en La Paz).
Doña Gladys es una obra que brilla al no ser pretenciosa. Está trabajada con cariño, se nota en el texto preciso, en el elenco solvente y en la puesta cuidada. Es un homenaje justo a la mayor cantante que ha tenido Bolivia, la indomable, y es una lanza en la lucha contra el olvido.