100 días
En 1933, Franklin Roosevelt asumió el cargo de presidente de los Estados Unidos con el propósito de superar la catástrofe generada por la gran depresión de 1929, mediante el denominado “nuevo acuerdo”, el cual contemplaba un conjunto de leyes impulsadas a través del congreso norteamericano, centradas en cambiar las principales problemáticas que se habían generado en la banca, en el empleo y en la industria. Medidas adoptadas en 100 días pero que no superaron plenamente los efectos nocivos de la gran depresión.
En nuestro país, con la recuperación de la democracia en 1982, el presidente Hernán Siles, al momento de asumir como presidente de Bolivia, aseveró que en 100 días se aliviaría la situación económica de un país sumido en la inflación y donde el poder adquisitivo de la moneda estaba siendo cada vez más afectado, debido a que se estaban pagando las facturas que habían dejado los gobiernos militares, la deuda externa, así como la inestabilidad política habían profundizado ésta situación. Promesa que no se cumplió, más al contrario, la crisis económica se profundizó.
Durante la presente gestión, la promesa de los 100 días resuena nuevamente en el ambiente preelectoral, bajo el supuesto propósito de “salvar al país”, como parte de un show mediático y discursivo que pretende endulzar los oídos del electorado. Este tipo de promesas, se quedan cortas ante otros ofrecimientos extremos que mencionan el cambio del país desde el mismo instante en el que algunos candidatos estén asumiendo el cargo presidencial, incluso hay quienes afirman que esto sucederá cuando estén emitiendo su discurso como primera autoridad del país, promesas que no dejan de ser irresponsables.
De hecho, podríamos entender este tipo de promesas desde la perspectiva del “Teorema de Baglini”, quien afirma que mientras menores son las posibilidades de que un candidato pueda ganar una elección, más irresponsable son sus propuestas. El tema de la responsabilidad pasa por la generación de expectativas en la población sobre problemáticas complejas y sensibles, que definitivamente requieren medidas estructurales que requieren tiempos mayores al corto plazo. Promesas que sólo pueden asemejarse a soluciones mágicas de rápido efecto y diseñadas por una inteligencia superior, pero que no tienen ningún tipo de sustento técnico, peor aún algún estudio con relación al impacto que podría generar en la población, principalmente en los más vulnerables, por lo que resultan vacías y solamente parecen mostrar la segunda parte de una “mala película” observada en los años 80 y 90.
Las limitaciones que contienen estas propuestas podrían ser argüida, en algunos casos, al desconocimiento de la función pública, ya que no es suficiente el aspecto académico y el aparente éxito en los negocios para la administración del estado. Es diferente el manejo de una empresa privada, en la cual el propietario o accionista mayoritario toma las decisiones que son aplicadas de manera obligatoria por los mandos medios y/o operativos y cuya finalidad es el lucro. Mientras que en la función pública la finalidad es la gestión eficiente, en la cual, las determinaciones del ejecutivo pasan por diferentes procesos y procedimientos de cumplimiento normativo obligatorio, mucho más sí se tratan de leyes que tienen que ser tratadas y aprobadas por la Asamblea Legislativa Plurinacional.
Al parecer, como consecuencia de este desconocimiento y una inadecuada lectura de la realidad de nuestro país, se improvisan propuestas del pasado y se copian, en muchos casos, planes, programas y proyectos, hasta estrategias y slogan de campañas electorales que responden a escenarios y contextos totalmente diferentes al nuestro, por lo que no son aplicables.
En éste escenario electoral, sale a flote la tradicional clase política, con las mismas propuestas y candidatos, menospreciando la memoria y la razonabilidad de los bolivianos. La promesa de los 100 días, y otras propuestas, parecen ser el “tráiler” de la segunda parte de una película observada a finales del siglo pasado, misma que no deberíamos estar dispuestos a ver nuevamente.