Bicentenario
Bolivia en sus 200 años: entre caudillismo, polarización y la búsqueda de estabilidad
¿Cómo llega Bolivia a su Bicentenario en el ámbito político? El país alcanza esta fecha histórica algo “deslucido”, y aún con el caudillismo a cuestas, definiendo en gran medida su destino, según coinciden analistas e historiadores consultados por Visión 360.
Para la politóloga y exparlamentaria Érika Brockmann, Bolivia llega a su Bicentenario algo “deslucida”, debido a que el país atraviesa un momento de transición “en un contexto de alta incertidumbre”. Además, la especialista sostiene que esta coyuntura se da, paradójicamente, en medio de un panorama “antipolítico y antipartidista” por parte de la población.
“No estamos llegando como quisiéramos. Por lo tanto, curiosamente (el país alcanza esta fecha) en un contexto absolutamente antipolítico y antipartidista. Como nunca antes, la política será fundamental para enfrentar los desafíos del Bicentenario de aquí en adelante”, explica Brockmann en declaraciones a este medio.
La experimentada exlegisladora considera que, políticamente, Bolivia está pasando “por un ciclo de transición; es decir, se está inaugurando, o estamos en camino hacia un tercer ciclo de la democracia”.
De acuerdo con el analista político Pedro Portugal, llegando al Bicentenario Bolivia sigue viviendo bajo la sombra del caudillismo, uno de los factores que ha definido el curso de su historia.
Para el especialista, el caudillismo y la dependencia de los programas de gobierno respecto a las “ideologías de moda” han sido constantes a lo largo de la vida republicana y también en la etapa del denominado Estado Plurinacional de Bolivia.
“En lo político, me parece que no hemos avanzado mucho. Seguimos teniendo los mismos defectos, digamos, constitutivos. El primero es el caudillismo; es decir, existe una ausencia de organizaciones, partidos y doctrinas sólidas. Todo suele ser, en realidad, una excusa para acceder al poder. Así, estos grupos adoptan la ideología que está de moda: unos se alinean a favor, otros en contra, y la disputa gira, en esencia, en torno al poder. Esa me parece una característica estructural que aún persiste”, sostiene Portugal.
En ese contexto, la historiadora Sayuri Loza explica que Bolivia atraviesa una crisis política causada por el caudillismo presente al interior de las organizaciones políticas, lo que ha derivado en una polarización ideológica de la población.
“Estamos en una situación en la que nos ha tocado enfrentar una gran crisis política, donde el sistema de partidos está —me animaría a decir— casi como en el siglo XIX, como en los primeros años de los así llamados caudillos bárbaros: sin institucionalidad, mucho menos dentro de los propios partidos, que también deberían ser instituciones. Existe una clara tendencia al caudillismo, con partidos controlados por ‘dueños’ que buscan ser electos, y además una población… y creo que eso es lo más preocupante”, destaca Loza.
Momentos históricos
La Asamblea Constituyente de 1825, la Guerra Federal, la Guerra del Chaco, la Revolución Nacional de 1952, el retorno a la democracia y la nueva Asamblea Constituyente de 2009 fueron señalados por los analistas consultados como los momentos más destacados de la historia boliviana.
Brockmann hizo especial énfasis en la nueva Asamblea Constituyente, a la que calificó como un proceso “tibio y fallido”, ya que, según ella, “no fue un momento refundacional”.
Por su parte, Loza destacó el retorno a la democracia en 1982 y sostuvo que, si bien en un inicio se buscaba estabilidad económica, lo que se logró fue la institucionalización política. “Esa recuperación democrática nos ha permitido crecer mucho; nos ha dado una estabilidad, quizás no económica, pero sí política”, afirma.
Entre tanto, Portugal remarcó la importancia de reconocer la especificidad y diversidad boliviana, y señaló que ese potencial se desarrollará “en cuanto seamos una nación real, integrada y tengamos un Estado eficiente”.
Puntos de vista
“Seguimos con los mismos defectos: caudillismo y dependencia de ideologías”
Por: Pedro Portugal, analista político
Tenemos los mismos defectos, digamos, constitutivos. El primero es el caudillismo; es decir, hay una ausencia de organizaciones, partidos y doctrina. Todo suele ser, más bien, una excusa para empoderarse. Entonces, estos grupos adoptan la ideología que está de moda: unos se alinean a favor, otros en contra, y la pugna gira —más o menos— en torno al poder. Esa me parece una característica estructural que aún se mantiene.
El segundo defecto es la dependencia de estructuras y programas ligados a ideologías que, además, se originan fuera de nuestras fronteras. No existe una aplicación creativa de estas ideas; más bien, predomina una copia mecánica.
Esto obedece, en gran medida, a la moda. Cuando subió al poder había la moda del multiculturalismo, de la ecología y de la diferencia, entre otros. Y él los utilizó a su manera, ¿no es cierto? Pero, en definitiva, no resultó en nada concreto.
En Bolivia no hay autonomías reales, no se protege la naturaleza ni se garantizan efectivamente los derechos indígenas. Todo quedó en el discurso. Y ahora ese discurso ya se ha agotado. Parecen estar surgiendo otros, pero tampoco se observa una apropiación creativa de nuevas ideas, sino más bien una repetición de modas discursivas.
El tercer elemento es que nuestra República nació sin estar integrada; no fue una República indígena. Surgió con una población subordinada y marginada del acontecer político.
Entonces, a pesar de las iniciativas que se han implementado para resolver este problema y que se han ido profundizando a lo largo de los años —sin negar los esfuerzos del campo conservador y liberal, como la creación de escuelas, el aumento de la educación pública y las transformaciones de 1952—, mediante la reforma agraria, la reforma educativa y la idea de integrar a la población indígena como campesina, el problema persiste.
Ahora, hay dos elementos básicos en este protocolo, en cuanto a si va contra la voluntad del campesino y contra su política. El primero es la integración al conocimiento contemporáneo; el segundo, la capacidad de ser actores económicos activos.
El MAS comenzó como una expresión de lo indígena, influenciada por las modas postmodernas, pero lo indígena ha sido más bien reproducido a través de la teoría pachamamista y otras corrientes, sin realmente integrarse, digamos, al sistema tradicional de educación.
Creo que es un proceso lento, pero que, ojalá, llegará a su culminación pronto: el hecho de tomar conciencia real de la especificidad boliviana.
Bolivia nació casi a contracorriente, en contra de la voluntad y la lógica política de la época, y pudo haber formado parte de lo que fueron el Virreinato de Lima o de Buenos Aires.
“No estamos llegando como quisiéramos; la política será más fundamental que nunca”
Por: Érika Brockmann, analista
Creo que Bolivia llega a su Bicentenario algo poco lúcida, algo deslucida, porque está viviendo un momento de transición en un contexto de alta incertidumbre. No estamos llegando como quisiéramos; por lo tanto, curiosamente, en un contexto absolutamente antipolítico y antipartidista, como nunca antes la política será fundamental para superar los desafíos del Bicentenario de aquí en adelante.
Sinceramente, pienso que políticamente estamos pasando por un ciclo de transición; es decir, se está inaugurando, o estamos en camino hacia un tercer ciclo de la democracia. Un tercer ciclo que no puede ser ni un retorno al pasado neoliberal ni tampoco al nacionalismo radical pachamamista del proceso de cambio.
Han ocurrido acontecimientos a lo largo de varios ciclos y es necesario aprender de esas lecciones. Bolivia debe comenzar a asimilar las enseñanzas que hemos acumulado durante distintos momentos de nuestra vida republicana y en especial de la democracia.
Quiero poner los ciclos: el neoliberal, de la búsqueda de la estabilidad, que no debe confundirse el neoliberalismo con democracia, porque son dos cosas distintas; porque, paradójicamente, vivimos el cambio a través de una ley que es la más radical y trascendental, que es un replay de participación popular y de candidatos uninominales, la ley electoral, que es producto de los acuerdos de la Ley de Participación Popular Mariscal Andrés de Santa Cruz, de 1992.
Esa reforma electoral marcó la base para la inclusión de los nuevos actores que después surgieron con ímpetu y personalidad propia en 2005 y 2006. La democracia tuvo ese primer ciclo. Quizás económicamente fue neoliberal, pero políticamente fue altamente inclusiva. Generó las bases para la inclusión y la redistribución de los recursos y el poder mediante la participación popular.
El otro momento constitutivo, que es el que estamos viviendo ahora, corresponde a 2009. Puede ser un momento constitutivo, pero a mi modo de ver fue más tibio y fallido; no es un momento refundacional.
Creo que el gran error del 2009 fue la pretensión de presentar una propuesta refundacional de la República, negando lo pasado, y ahí radica su dificultad. Sin embargo, no deja de ser importante un cambio de ciclo, porque coincide con un cambio económico significativo, es decir, con el mayor auge económico y eso hay que tenerlo en cuenta.
Y hoy estamos viviendo otro cambio de ciclo, constitutivo, en el Bicentenario. Entramos hacia un tercer ciclo de la democracia, con sus luces y sombras, y además con un montón de retos. Se terminó el ciclo del gas, se acabó el periodo del partido hegemónico. Por lo tanto, probablemente tengamos que reconstituir el diálogo y el encuentro de concertación como mecanismos fundamentales para lograr la legitimidad y enrumbar el país.
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“Nos tocó enfrentar una crisis política; el sistema de partidos está como en el siglo XIX”
Por: Sayuri Loza, historiadora
Creo que estamos en una situación en la que nos ha tocado enfrentar una crisis política grande, donde el sistema de partidos está, me animaría a decir, casi como en el siglo XIX, como en los primeros años de los llamados “caudillos bárbaros”, cuando no había institucionalidad, mucho menos dentro de los partidos, que también son instituciones. Hay más bien una tendencia al caudillismo, con dueños de partidos que buscan ser electos, y además una población —y eso es lo preocupante— tremendamente polarizada. Finalmente, los políticos siempre han sido taimados, pero es una población tremendamente polarizada.
Desde 2019, Bolivia no se encuentra dentro de un sistema democrático ideológico donde se puedan compartir o confrontar ideas. Lo que hay ahora es un enfrentamiento entre masistas y pititas, entre derecha e izquierda, entre oriente y occidente.
Y eso es muy triste, porque nos hace ver al otro como un enemigo, como alguien con quien no se puede reconciliar, como alguien con quien no podemos estar hermanados. Declaraciones radicales como “yo jamás con la derecha” o “mueran los zurdos” son peligrosas, porque nos hacen olvidar que vivimos en un país donde debemos compartir espacios y convivir. Esta polaridad va en detrimento de nuestra capacidad para hacerlo, nos la impide y, en muchos casos, estos políticos, igualmente desinstitucionalizados, se aprovechan de esa división para sus propios fines.
Y eso también es un flaco favor, por ejemplo, a las luchas de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los movimientos sociales, fabriles, mineros, etc., porque se las instrumentaliza. Ya no son bases políticas ni ideológicas genuinas, sino que se han convertido en arengas, en pretextos, en formas de victimización para justificar actos de corrupción, violencia, malos manejos y mala administración, entre otros.
Se habla de 36 naciones, lo cual me encanta y aplaudo, pero no se ha hecho nada por respetar realmente a esas 36 naciones ni por mantener sus lenguas, costumbres, vestimenta y desarrollo. En muchos casos, eran poblaciones pequeñas, y en lugar de protegerlas, lo que se ha promovido es su desaparición.
Es bueno que hayamos cambiado la Constitución; fue un momento constituyente muy importante para los bolivianos, y eso hay que valorarlo y respetarlo. También hay que respetar la idea de que somos un Estado plural y diverso, algo que hacía falta. Sin embargo, no se ha podido concretar el principio básico de la Constitución, que es precisamente la unidad en la diversidad y el reconocimiento mutuo como bolivianos, más allá de nuestra identidad étnica.