2025-12-14

Las cinco mejores presidencias

También es notable que en este pequeño y destacado grupo de políticos, positivamente valorados por la historia, haya tantos que sufrieron largos exilios después de haber sido presidentes.

En 1983 Mariano Baptista Gumucio y el año 2000 Carlos Mesa promovieron una selección de Presidentes de Bolivia de gestión relevante. Aquellas consultas buscaban recoger de manera indirecta la valoración de los peores y de los mejores, pidiendo a sus consultados que identificaran a los “más significativos”, para bien o para mal. Una buena estrategia que permite luego rescatar a los que fueron recordados por su aporte positivo, diferenciándolos de los que tuvieron aportes negativos, sin olvidar a los que dejaron su marca por los beneficios y los daños que proyectaron en nuestra la historia. 


Mesa unió ambos ejercicios en su libro sobre Presidentes y llegó a una lista de 10, en la cual se encuentran Víctor Paz, Andrés de Santa Cruz, Ismael Montes, Gonzalo Sánchez de Lozada, Aniceto Arce y José Ballivián con rasgos predominantemente positivos, Antonio de Sucre e Isidoro Belzu con luces y sombras, y Mariano Melgarejo y Daniel Salamanca con referencias principalmente negativas. 


Muchos más se mencionaron en aquellas consultas. Me llamó la atención algunos cambios entre 1983 y el 2000. Por ejemplo, las referencias pasaron a ser más positivas en el 2000 para Tomás Frías y René Barrientos mientras que para Daza y Salamanca crecieron las referencias negativas. Buenas evaluaciones en ambos casos, aunque insuficientes para alcanzar los primeros lugares, tuvieron Hernando Siles, José María Linares y Bautista Saavedra. 
La consulta que presentamos acá fue menos ambiciosa en sus alcances pero con una mayor exigencia de precisión, pues así como pedimos seleccionar a los peores en ocasión anterior, esta vez pedimos que seleccionaran a los mejores. 


De acuerdo a la cantidad de veces que fueron mencionados, nuestra lista la encabeza Víctor Paz Estenssoro (1952), con Andrés de Santa Cruz (1829) en un segundo lugar y Gonzalo Sánchez de Lozada (1993) en tercer lugar. En el cuarto lugar se encontraría Ismael Montes (1904) y en el quinto Mariano Baptista Caserta (1892). Otras presidencias mencionadas por varios fueron las de José Ballivián (1841), Tomás Frías (1872), Hernando Siles Reyes (1926) y Hernán Siles Zuazo (1956). Menos consenso alcanzaron Sucre, Belzu, Pando, Villazón, Salamanca, Barrientos, Banzer y Paz Zamora. 


En el caso de Paz Estenssoro se valorizan los cambios que introdujo la revolución nacional en los años 1950 y la estabilización económica de los años 1980. No se desconocen las características negativas de su desempeño, sobre todo en lo que hace a la violencia represiva contra la oposición, que en muchos casos no era propiamente política, sino más bien defensiva de los derechos de propiedad. Y también se reconoce que, sin el apoyo de Sánchez de Lozada, la estabilización posiblemente hubiera tenido otro cariz, si acaso se lograba. Es llamativo que se valoren de forma positiva tanto su primer gobierno, que llevó al país en una dirección estatista y anti-propiedad, como el cuarto, más liberal y que desmanteló la economía estatal. 


Al Mariscal Andrés de Santa Cruz se le atribuye un papel sustancial en la organización institucional del Estado y en el esfuerzo por corregir el problema de la fragmentación creado por las luchas independentistas, al tratar de crear la Confederación Perú Boliviana. El localismo que había conducido a las independencias le hizo la guerra y lo derrotó en Yungay, mandándolo a un exilio del que nunca retornó. Una mirada crítica hará notar que ocupa este apreciado lugar por su visión y por sus intenciones más que por sus logros. 


No es el caso de Gonzalo Sánchez de Lozada a quien se le reconoce un fuerte compromiso con la democracia, la instituciones y la ley, pero también una enorme capacidad para introducir reformas de largo alcance a pesar de contar con escasos recursos políticos o económicos para hacerlo. Su creatividad para diseñar políticas y su capacidad de concertación fueron destacadas situando su presidencia de 1993 a 1997 entre las de mejor desempeño, ya que demostró tanto visión de largo plazo como capacidad de ejecución. 


Es algo parecido el caso de Ismael Montes, que fue un presidente con visión política y vigorosa administración. Resolvió importantes cuestiones de límites sin caer en la guerra, y dio un gran impulso a la integración nacional a través de la modernización de las comunicaciones, y a la educación. Su influencia fue efectiva, de consecuencias económicas y políticas prolongadas. 


En el quinto lugar se ubica Mariano Baptista Caserta, un político que desempeñó cargos legislativos, diplomáticos y ejecutivos antes de ocupar la presidencia, dando muestras de sobriedad y cautela, y respetando la ley y los derechos ciudadanos en un tiempo en el que todavía la agitación en los cuarteles podía encumbrar caudillos con cierta facilidad. 


La lista de los mejores la integran otros candidatos de gestión respetable aunque tuvieron menos respaldo compartido entre los consultados. 


Caso interesante es Tomás Frías. Es un presidente poco recordado en monumentos y avenidas fuera de su natal Potosí, y murió en el exilio luego de una gestión civilista, sobria y austera. Llegó a la presidencia dos veces, asumiendo el cargo como un compromiso de servicio. Condujo elecciones limpias, saneó las cuentas fiscales y la moneda, impulsó la educación y el respeto a la ley. Fue derrocado por su exministro, Hilarión Daza.  No es extraño que aparezca en esta lista el Gral. José Ballivián, comandante en la batalla de Ingavi que puso fin a las pretensiones peruanas de intervenir en Bolivia, por lo que se considera que consolidó la independencia. Si se recuerda que en esta misma lista está Santa Cruz por haber intentado enderezar la fragmentación, habría que cuestionarse también si la propia independencia no habrá sido algo sobrevalorada. Tampoco podía faltar Antonio José de Sucre, reconocido por los esfuerzos realizados en la gestión fundacional de la República, aunque se admite también que la misma estuvo marcada por el carácter abusivo que otorga el llegar al poder por las armas. 
Fueron mencionados Manuel Isidoro Belzu, primer caudillo populista destacado por integrar a las masas urbanas a una política que era administrada por letrados. Eliodoro Villazón por haber ejercido una presidencia “normal” en democracia, sin conflictos, deudas, persecuciones ni corrupción. Daniel Salamanca es valorado tanto por su acatamiento a las instituciones y las leyes y el dudoso mérito de haber catalizado con su fracaso político y militar en el Chaco los cambios que sobrevendrían después. De René Barrientos se destaca su capacidad para conseguir la adhesión campesina a una reforma constitucional que tuvo una larga vigencia en el país (42 años), y se menciona a Hugo Bánzer y Jaime Paz por su compromiso con los pactos democráticos, como gobernantes y como opositores. 


En este listado llama la atención el hecho de que varios hayan sido incluidos más por su visión y sus intenciones que por los logros efectivos (Santa Cruz, Sucre, Salamanca, Belzu), otros por la sobriedad o hasta “normalidad legalista” de su gestión (Frías, Baptista, Villazón, Paz Zamora), mientras que son pocos los que tienen un registro de logros efectivos y de largo plazo (Paz Estenssoro, Montes, Sánchez de Lozada o Barrientos). 


También es notable que en este pequeño y destacado grupo de políticos, positivamente valorados por la historia, haya tantos que sufrieron largos exilios después de haber sido presidentes (Santa Cruz, Frías, Ballivián, Sánchez de Lozada, Sucre y el mismo Víctor Paz), denotando la enorme dificultad que implica hacer política en Bolivia, o la ingratitud de un pueblo que se mueve no sólo por razones sino por pasiones. 

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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