2026-03-22

23 de marzo: abrir archivos para cerrar ciclos

Difícilmente se podrá erigir una estrategia sólida si el país decide mantener en la penumbra las lecciones de sus propias decisiones.

Una vez más, conmemoraremos el 23 de marzo, fecha en la que ocurrió la batalla de Calama o combate del Topáter de 1879. Aquel día, 135 voluntarios defendieron el Litoral con una convicción que trascendió el resultado militar. No es únicamente un episodio guerrero; es un símbolo persistente de identidad, dignidad y memoria histórica.

Sin embargo, conmemorar no es repetir consignas. Conmemorar implica recordar solemnemente un hecho histórico, pero también dotar de sentido a ese recuerdo. Y ahí radica el problema.

En las últimas dos décadas, el Día del Mar ha oscilado entre la grandilocuencia retórica y la vaciedad discursiva. Así, durante el gobierno de Evo Morales Ayma, la narrativa estuvo marcada por hipérboles anuncios. El primero, el anuncio de demandar a Chile ante la Corte Internacional de Justicia por el tema marítimo; y el segundo, el caso del Silala. Ambos fueron exhibidos como grandiosos hitos de reivindicación histórica. Sin embargo, sus desenlaces evidenciaron una lección básica que la diplomacia enseña desde sus orígenes: la política exterior no se construye con discursos de plaza pública. Al contrario, se edifica con estrategia, prudencia, reserva y cálculo.

El ciclo posterior derivó en el extremo opuesto. Bajo la administración de Luis Arce Catacora, el 23 de marzo se vació de contenido. Los discursos fueron nimios, es decir, mensajes protocolares pronunciados por obligación, para cumplir, porque algo hay que decir, aunque nunca se supo exactamente qué decir. Dejaron de ser problemáticos y se convirtieron en piezas protocolares anodinas. No incomodaron, pero tampoco propusieron nada; y en política exterior, la irrelevancia suele ser tan dañina como la grandilocuencia.

Hoy, la expectativa está puesta en el presidente Rodrigo Paz Pereira. Sin duda, se abre un nuevo momento y todo indica que no habrá estridencias, menos aún confrontación. Tal vez sea lo correcto. Pero también sería un error confundir prudencia con silencio, o moderación con inacción. El país no solo necesita un discurso correcto; necesita también una señal política clara.

En ese marco, el 23 de marzo no debe ser un acto ceremonial más, sino una oportunidad para tomar decisiones que rompan con la inercia. Y, en ese sentido, creo que existe una acción concreta, necesaria y postergada. Es levantar la reserva impuesta sobre toda la documentación vinculada a los dos procesos internacionales seguidos por Bolivia.

Hay que derogar el Decreto Supremo N.º 5376, instrumento que, si bien dispuso apropiadamente la disolución de la Dirección Estratégica de Reivindicación Marítima (DIREMAR), al mismo tiempo impuso, de manera inapropiada, una reserva general sobre toda la documentación vinculada a ambos procesos.

La reserva impuesta es perjudicial. La historia no es únicamente un relato del pasado; constituye también una herramienta fundamental para comprender el presente y orientar las decisiones del futuro. Para que un pueblo pueda conocerse a sí mismo y aprender de su propia experiencia histórica, es indispensable que se acceda a los documentos y decisiones que marcaron momentos cruciales de su devenir político y jurídico.

Sin acceso a esta documentación, el pasado reciente queda sujeto a interpretaciones fragmentarias o narrativas incompletas, debilitando así la construcción de una memoria colectiva fundada en información verificable y transparente.

Por ello, es necesario permitir que toda la sociedad boliviana acceda a esta documentación, pero principalmente la academia, los historiadores y los investigadores, para que puedan analizar con objetividad estos procesos de singular importancia para la historia diplomática y jurídica del país.

En toda democracia, el acceso a la información no es una concesión; es un principio. Y cuando se trata de procesos que marcaron la trayectoria jurídica y diplomática del país, ese principio adquiere un valor aún mayor.

Sé que abrir esos documentos no cambiará los fallos, pero sí puede cambiar la forma en que el país aprende de ellos. Y ese aprendizaje es, en última instancia, el único capital estratégico que Bolivia no puede darse el lujo de desperdiciar.

Es cierto, lo importante es construir un nuevo y mejor futuro, pero si no se examinan críticamente las decisiones y acciones pasadas que ocasionaron fracasos, se está condenado a repetirlos.

El presidente Paz ha prometido una política exterior seria y coherente. Toda política de esa naturaleza requiere memoria, aprendizaje y transparencia. Difícilmente se podrá erigir una estrategia sólida si el país decide mantener en la penumbra las lecciones de sus propias decisiones. En última instancia, se trata de asumir con honestidad el pasado para no fracasar, una vez más, en las decisiones del porvenir.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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