2026-03-31

Si no lo sientes, no lo entiendes

Al final del día, el fútbol es esa patria emocional que nos permite seguir creyendo en los milagros.

(Ex arquero e hincha devoto del club Always Ready)

El fútbol no es, ni ha sido jamás, simplemente un juego de once contra once disputando un objeto esférico sobre un rectángulo de césped. Reducirlo a su dimensión mecánica o reglamentaria es ignorar la pulsión de vida que late en las tribunas y el misticismo que envuelve cada gambeta. 

Como bien afirmaba Albert Camus, quien antes de ser el existencialista que diseccionó la condición humana fue guardameta en las polvorientas canchas de Argelia, "todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". En esa frase se condensa la esencia del fenómeno. El fútbol es una escuela de ética pública, un microcosmos donde la lealtad, el sacrificio y la solidaridad se manifiestan de forma cruda y transparente. Para Camus, la portería era el lugar de la soledad absoluta, pero también el sitio donde se aprende que nadie gana solo, una metáfora perfecta de la existencia misma.

Eduardo Galeano, el gran cronista de nuestra América y centinela de la memoria futbolística, solía decir que "el fútbol es la única religión que no tiene ateos". Y es que, en un mundo cada vez más fragmentado y secularizado, el estadio se erige como el último templo donde el rito colectivo sobrevive. El fútbol tiene la capacidad casi milagrosa de detener el tiempo y, en ocasiones, de detener la barbarie. No es una exageración romántica. La historia nos recuerda cómo en 1967, el Santos de Pelé logró una tregua en la guerra civil de Nigeria porque ambos bandos querían ver jugar al Rey. En esos noventa minutos, las balas callaron porque la belleza estética y la identidad compartida fueron más fuertes que el odio fratricida. 

El fútbol unifica emocionalmente a un pueblo de una manera que la política o la economía difícilmente consiguen. Es un lenguaje común que permite que un desconocido abrace a otro en el paroxismo de un gol, borrando, aunque sea por un instante, las fronteras de clase, raza o ideología.

Jorge Valdano, quien ha pensado el fútbol con la misma elegancia con la que lo jugaba, sostiene que este deporte es "un estado de ánimo". Esa carga emocional es la que permite que el fútbol funcione como un potente catalizador de frustraciones y carencias. En sociedades azotadas por la desigualdad y la injusticia, el equipo del barrio o la selección nacional se convierten en el último refugio de la dignidad. Para los desposeídos, una victoria en la cancha no llena el estómago, pero alimenta el alma porque es la revancha simbólica del David contra el Goliat de la realidad cotidiana. 

El fútbol permite que el humilde se sienta gigante y que el postergado encuentre un motivo de orgullo en sus colores. Vuelvo sobre Galeano, el fútbol ofrece esa "felicidad de contrabando" que ayuda a soportar las penas del resto de la semana.

Sin embargo, esta capacidad de canalizar pasiones también revela nuestras heridas más profundas. El fútbol es el espejo donde se reflejan nuestras peores miserias y nuestras mayores virtudes. Es un fenómeno social contemporáneo porque es el último reducto de lo imprevisible en un sistema que intenta cuantificarlo todo. En el césped no manda el algoritmo, manda el azar, el talento y, por encima de todo, el corazón. Es por eso por lo que, para quienes lo vivimos desde las entrañas, desde el dolor de una derrota en el último minuto o la gloria de una atajada imposible, este deporte no se explica, se padece y se disfruta con una intensidad que escapa a la razón. 

Al final del día, el fútbol es esa patria emocional que nos permite seguir creyendo en los milagros. Porque, como bien sabemos los que hemos dejado la piel en el arco o la voz en la gradería, en este juego sagrado la única verdad absoluta es que, si no lo sientes, simplemente no lo entiendes.

Hoy día, elijo creer …

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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