Indagación
¿Qué pasaba en la cabina del Hércules siniestrado? El piloto y el copiloto relatan los dramáticos segundos vividos
Minutos antes del siniestro aéreo en El Alto, nada hacía presumir el desenlace. El Hércules C-130 aterrizó sin inconvenientes en medio de condiciones climatológicas adversas; sin embargo, la situación cambió en segundos: una vez en la pista, los frenos no respondieron y lo único que restaba era intentar minimizar los daños.
Este es el relato coincidente del mayor Erick Rojas Zambra (piloto) y del capitán Jared Ramírez Espinoza (copiloto). Ambos estaban al mando de la aeronave de gran envergadura que, la tarde del 27 de febrero, se salió de la pista y del área de seguridad sin control alguno, llevándose a su paso varios vehículos y dejando un saldo de 24 muertos.
Ambos relataron —en el marco de la investigación— lo ocurrido antes, durante y después del accidente. Desde la torre de control se les autorizó la aproximación a la pista y, a medida que descendían, “se veía venir granizo y lluvia”. Al tocar tierra, la situación empeoró, según la declaración del piloto difundida por Radio Fides.
“Cuando estábamos en tierra, todo empeoró. La potencia en reversa (de los motores) no fue efectiva. Si bien la nave redujo la velocidad, seguía desplazándose y empecé a frenar. Me paré sobre los frenos para detenernos, pero eso nunca sucedió”, declaró Rojas el 3 de marzo.
El avión militar prestaba servicios a través de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB). Ese viernes 27, en un vuelo de Santa Cruz a La Paz, trasladaba un lote de 17,1 millones de piezas de billetes de los cortes de Bs 10, 20 y 50 que aún no estaban en circulación.
El Lockheed C-130H Hércules, con matrícula FAB-81, fue construido en 1977 y contaba con 49 años de servicio. Tras salirse de la pista, recorrió al menos un kilómetro sin control, pese a las maniobras de la tripulación.
“Impactamos contra varios vehículos y eso nos desequilibró. En la última parte, cuando el avión todavía respondía levemente, lo único que hice fue pisar el pedal derecho a fondo para evitar las casas y más vehículos. El avión desvió hacia ese lado, donde caímos en seco”, relató el piloto.
La estructura del aparato quedó completamente destruida en su lugar de descanso final. El siniestro dejó un total de 24 fallecidos, una treintena de heridos y más de 15 vehículos afectados. En su recorrido descontrolado, la nave esparció parte de su cargamento, lo que provocó que decenas de personas —sin medir los riesgos— ingresaran a la zona del siniestro para llevarse miles de billetes, entorpeciendo las labores de rescate.
“La última acción del comandante fue intentar dirigir el avión hacia un espacio vacío. Todas las acciones se tomaron aceptando nuestra propia muerte, porque sabíamos que el avión podía impactar de frente”, relató el copiloto.
De los ocho tripulantes a bordo, solo uno perdió la vida. Ambos sobrevivientes coincidieron en lo traumático de aquellos minutos y en la dificultad de ser socorridos debido a la multitud que intentaba saquear el cargamento de dinero.
Una comisión especializada inició una investigación para esclarecer las circunstancias de lo ocurrido la tarde de ese 27 de febrero.
“Todos nos mantuvimos firmes y el avión respondió hasta lo último que pudo, para evitar chocar con más personas civiles”, aseguró el copiloto y el piloto, por su parte, remató: “Nunca tuve la intención de hacer de adrede. He hecho todas las maniobras de emergencia necesarias para evitar el accidente”.