"No sería mala idea" recordar el histórico Cabildo de los Dos Millones por la Unidad del País
El viernes 20 de julio de 2007 amaneció como pocos en La Paz. No era un día cualquiera. Tampoco era feriado. Y, sin embargo, la ciudad entera se vació.
«Hoy todo está cerrado. La ciudad está aún más desierta que el 16 de julio, aniversario de La Paz —escribió Nadine, una visitante extranjera, en la olvidada página de Blogspot— porque hoy, 20 de julio de 2007, se celebra el Cabildo, la asamblea que tiene lugar en El Alto para protestar por el posible traslado de la sede del gobierno de La Paz a Sucre. El hospital estaba extrañamente silencioso; solo vi a Claudia y a algunas enfermeras, y no había minibuses circulando por las calles».
No había minibuses, pero todos nos movíamos hacia un río humano que desde muy temprano comenzó a fluir hacia el distribuidor de la Ceja de El Alto.
«El cabildo de La Paz debe ser por la paz del país —escribió días antes Andrés Gómez Vela, periodista y excandidato a gobernador, en el periódico Rimaypampa—. No puede ser ni por si acaso para esbozar el desdeñable rostro de la guerra, sino para amplificar el latir unísono de 10 millones de corazones que aman a Bolivia. Debe expresar la fuerza y la lucidez de la razón para derrotar el racismo que exhalan personas que pretenden sedimentar ese mortal veneno en las infantiles y jóvenes venas bolivianas».
Ese llamado a la razón y a la unidad no cayó en el vacío. Porque aquel 20 de julio no hubo humillaciones ni gritos de odio. Hubo banderas. Muchas banderas. La tricolor nacional ondeaba junto a la paceña, como si se negaran a competir.
El politólogo Efraín Ibañez Mamani, en su investigación El proceso autonómico del departamento de La Paz 2006-2010, describe así la magnitud del encuentro:
«El tramo de la Autopista —una vía que conecta La Paz con El Alto— casi llegó a verse como una alfombra humana. Lo mismo se observó en el llamado camino viejo (av. Naciones Unidas). Existe, pues, una diferencia sustancial respecto a los cabildos que organiza, por ejemplo, el Comité Cívico de Santa Cruz».
Recuerdo a mi padre salir apresurado esa mañana, igual que lo vi hacer en octubre de 2003, durante la Guerra del Gas. No podía perderse aquella gesta. Ninguno de los que amaban a Bolivia podía hacerlo.
Su pasión, su determinación, su sacrificio e historias fueron decisivas para que yo, años más tarde, estudiara Ciencia Política y la hiciera parte de mi ser. Al final, solo un sentimiento inexplicable nos unía a todos los paceños de la Hoyada, de El Alto y de las veinte provincias: LA SEDE NO SE MUEVE. Ese sentimiento no era rencor. Era dignidad.
Lo más impresionante del Cabildo de los Dos Millones no fue solo su histórica concurrencia —que demoró toda la tarde en desmovilizar a la multitud—, ni siquiera la insólita colaboración entre el oficialismo y la oposición regional de entonces. Lo verdaderamente admirable fue su carácter nacionalista, pacífico e inclusivo.
Así lo demostró la primera resolución del cabildo: La Paz reafirma su voluntad histórica de preservar la unidad de la patria por encima de cualquier interés mezquino, sectario y divisionista. Y ahí radica el gran contraste con lo que ocurría al mismo tiempo en la llamada Media Luna: Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija.
Autoridades como el entonces prefecto cruceño Rubén Costas o el presidente del Comité Pro Santa Cruz —hoy senador— Branko Marinkovic lanzaban furibundos, pero legítimos, discursos autonómicos. Tristemente sus seguidores más fanáticos, como la Unión Juvenil Cruceñista, clamaban por «independencia» y protagonizaban actos violentos, racistas, humillaciones y delitos de odio contra otros bolivianos, como el que acaba de suceder en la plaza 24 de septiembre contra un dirigente y una periodista del canal F10. Esa puerta solo abre las puertas a la intolerancia y la destrucción social.
En cambio, en El Alto, el Cabildo de los Dos Millones demostró algo que muchos creían imposible: se puede alzar la bandera de la autonomía sin violencia. Se puede enarbolar la Tricolor junto a la bandera paceña. Se puede dignificar lo boliviano sin olvidar lo regional e indígena.
Los paceños no olvidamos que Los Yungas, el Madidi y toda la región amazónica son tan parte de nosotros como el Altiplano y el Lago Titicaca. Sabemos que aymaras, afrobolivianos, kallawayas, mosetenes, lecos y tacanas son las raíces que nos preceden en cada gota de sangre.
Desde nuestra identidad recibimos a nuestros compatriotas con cariño y respeto. Porque no existe un ejemplo tan claro de un departamento que abre las puertas a cruceños, tarijeños, potosinos, chuquisaqueños, orureños, benianos, cochabambinos y pandinos. Y más aún ¡los hacemos alcaldes, diputados y concejales!
Tienen algo en común el cochabambino Juan Del Granado (exalcalde de La Paz y actual diputado), el pulacayeño Fanor Nava (exalcalde de El Alto), los populares periodistas y excandidatos, el villazonense Jhonny Plata y el pocoateño Andrés Gómez, y finalmente la actual concejala Casimira Lema, tarijeña y también comunicadora. Todos ellos hicieron de La Paz su hogar. Y muy probablemente, elijan descansar también aquí.
Por eso, hoy más que nunca, no sería mala idea, distinguida Casimira, recordar aquel Cabildo de los Dos Millones por la Unidad del País. Sin ánimo de provocar más confrontación, sería interesante escuchar tus recuerdos de aquel histórico momento, que, con temor a equivocarme, fueron desde las cámaras de ATB.
No por nostalgia ni por ch’ampa guerra, sino porque Bolivia sigue necesitando ese ejemplo: que se puede ser fuerte sin ser violento. Que se puede ser regional sin ser excluyente. Que se puede, en medio del odio, elegir la dignidad.
El 20 de julio de 2007, dos millones de personas caminaron para decir: La Paz no se mueve, pero Bolivia se abraza. Ojalá nunca lo olvidemos.