Venezuela: un mal ejemplo de dolarización
Hay algo casi poético en el fracaso de Maduro. El gobierno que más abusó de la manipulación de su moneda terminó siendo el que la abandonó, no por convicción sino por agotamiento. La dolarización venezolana no nació de un plan ni de un consenso: nació de la rendición.
Eso la convierte en un caso peculiar y digno de análisis. No es un modelo a seguir, pero tampoco debe ignorarse. Porque incluso en el desorden y la improvisación forzada, la economía venezolana respiró con la dolarización de facto. Y eso dice algo importante sobre la naturaleza del dinero y del poder.
El contexto es conocido, aunque sus dimensiones siguen siendo difíciles de asimilar. Entre 2013 y 2020 la economía venezolana se contrajo alrededor del 75%. No es una cifra de manual: es el equivalente a destruir tres cuartas partes de la riqueza que una sociedad tardó décadas en construir. La hiperinflación llegó a superar el millón por ciento anual en 2018. Los precios cambiaban entre la mañana y la tarde. Por eso los datos son difíciles o confusos: cuando el encuestador salía de la tienda ya estaba cambiando el precio. Millones huyeron del país. Entonces decidieron liberalizar el mercado de divisas y autorizar transacciones en dólares. Y Maduro, que hasta entonces calificaba a los dólares como arma imperialista e inconstitucional, terminó alabándolo cuando los efectos de la dolarización de facto comenzaron a notarse.
La dolarización forzada funcionó, al menos en parte. Cuando se relajaron los controles cambiarios y el dólar comenzó a circular abiertamente, la hiperinflación se detuvo. Reaparecieron los bienes en los estantes. La actividad comercial se reactivó. Las remesas, que para entonces sostenían a buena parte de las familias, encontraron un cauce más fluido hacia la economía. En su punto más alto, las transacciones en dólares llegaron a representar entre el 60 y el 70% del total. El principio que demostró este accidente histórico es elemental: cuando el Estado pierde la capacidad de manipular la moneda a su antojo, la gente gana. Los agentes pueden planificar y el ahorro tiene sentido. Es una verdad incómoda para quienes creen que el control monetario es un instrumento de soberanía porque Venezuela demostró que era, más bien, un instrumento de devastación.
Pero dar oxígeno al enfermo no es lo mismo que curarlo. La dolarización informal en Venezuela no fue acompañada de disciplina fiscal, recuperación institucional ni diversificación productiva. Lo que surgió fue una economía dividida. Quienes recibían remesas o trabajaban en sectores dolarizados mejoraron. Los pensionistas, los empleados públicos y todos los que dependían de salarios en bolívares quedaron atrapados en una economía paralela y empobrecida. La desigualdad no desapareció: se reorganizó. Y la dependencia del petróleo, la corrupción y la fragilidad institucional siguieron intactas bajo la nueva superficie, algo más estable pero todavía frágil. No fue casual que incluso con la liberalización monetaria volviera después a acelerarse la inflación llegando al 475% el 2025 según el propio Banco Central. Sin reformas de fondo y manteniendo para el Estado el poder discrecional de emitir moneda, como lo ha seguido haciendo, la utilización del dólar solo postergó el colapso.
El de Venezuela es un mal ejemplo, pero ejemplo al fin. ¿Qué nos enseña su proceso de dolarización parcial? Que la moneda importa, y mucho. Que quitarle al poder político, al gobierno, la herramienta de la emisión monetaria tiene efectos positivos inmediatos, incluso cuando todo lo demás está mal. Pero también nos enseña que ningún ancla monetaria sustituye la institucionalidad, el Estado de derecho y una economía que produzca.
Una dolarización bien planificada, con reservas, con marco legal y con reformas complementarias, es una cosa distinta como se ha visto en otros países. La rendición pragmática de Maduro no se le puede comparar. La primera puede ser parte de una solución; la segunda, a lo sumo, ha funcionado como un salvavidas. Importante, sin duda, pero totalmente insuficiente. Un caso intermedio sería el de Bolivia entre 1985 y 2005, cuando la competencia de monedas con libre circulación del dólar y una administración monetaria algo prudente mantuvo la inflación controlada y una dolarización de facto muy profunda.
El caso de Venezuela no invita a la imitación sino la reflexión. Y la reflexión más urgente es esta: cuanto menos puedan los políticos manipular la moneda, mejor le irá a la gente. Eso lo demuestra de una manera torpe Venezuela, el país que durante dos décadas creyó que la abundancia era para siempre. Y no fue el único que cultivó esa ilusión.