2026-07-07

La Tribuna

El límite entre la garra y el juego sucio

No hablamos de la pierna fuerte legítima, sino de la falta sistemática, el golpe a la pasada cuando el árbitro no mira, la provocación barata y la simulación exagerada.

El fútbol es el espejo más fiel de la vida, y como en la vida, cuando un partido se pone cuesta arriba, cada quien echa mano a las herramientas que tiene. La reciente y dolorosa eliminación de Paraguay ante Francia en el Mundial dejó sobre la mesa una polémica que no se apaga en los boliches ni en las esquinas: el eterno dilema entre el juego recio, de dientes apretados, y ese otro fútbol que cruza la línea hacia la trampa y la deslealtad.

Nadie le pide a un equipo que juegue con guantes blancos cuando se juega la vida. La historia del fútbol paraguayo está construida sobre los pilares del pundonor, el juego aéreo heroico y una resistencia física admirable; esa "garra guaraní" que el hincha del continente respeta profundamente. Sin embargo, en este último partido, la propuesta pareció desdibujarse. No hablamos de la pierna fuerte legítima, sino de la falta sistemática, el golpe a la pasada cuando el árbitro no mira, la provocación barata y la simulación exagerada. Escondidas detrás de un arbitraje permisivo, esas conductas se intentaron disfrazar de "oficio" o valentía de potrero.

El profesor Gustavo Alfaro, siempre hábil con el micrófono, intentó justificar el planteamiento apelando a la fibra más sensible de nuestra realidad latinoamericana. Nos habló en conferencia de prensa sobre las infancias rotas de muchos de sus dirigidos, de los salarios devorados por las deudas y de esas madres solteras que se rompen la espalda para sacar adelante a sus hogares. Un discurso conmovedor que retrata una verdad innegable de nuestro continente. Pero cabe hacerse la pregunta: ¿las carencias del pasado justifican los excesos en la cancha? ¿El fútbol otorga una licencia para saltarse el reglamento al que viene desde abajo?

Ahí es donde el argumento se cae por su propio peso. Si de infancias difíciles se trata, el fútbol está lleno de ejemplos donde el barro se transformó en oro sin necesidad de ensuciar el juego. Ahí está Luka Modric, controlando el balón entre los escombros de las bombas que mataron a su abuelo. O el propio Ousmane Dembélé, criado por una madre soltera que gambeteaba la pobreza día a día en los suburbios franceses. Ellos demostraron que la resiliencia y el origen humilde no se traducen en patadas a traición, sino en genialidad y hambre de gloria con armas nobles.

Al final del día, todo se resume al espíritu del juego. El debate queda abierto en la tribuna: ¿Tiene el mismo sabor un triunfo logrado a base de atajos, celebrando la ceguera del juez y cortando el ritmo con mañas? ¿O sabe mejor la gloria conquistada con el despliegue físico legítimo, la disciplina táctica y el talento puro?

Esta es una discusión tan vieja como la pelota de cuero. ¿Hasta dónde es lícito llegar por un resultado? Yo tengo mi respuesta bien clara y usted, amigo lector, seguro tiene la suya. Pero, por lo menos, hoy tenemos un buen tema para masticar mientras esperamos que vuelva a rodar el balón.

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