Retazos de Historia: ¡Aguante Collita!
Cuentan las crónicas del 1 de diciembre de 1661 que, en la ciudad de “Nuestra Señora de La Paz” se producía una sublevación popular protagonizada por Antonio Gallardo, apodado “Philinco”, quien junto a artesanos criollos y mestizos se revelaron a la autoridad del corregidor Cristóbal Canedo, imponiéndose momentáneamente y procediendo a saquear las casas de gente adinerada y vandalizando la ciudad. Gallardo, carpintero de oficio, encabezó la acción que derivó en la toma de Casa de Gobierno, donde dieron muerte al corregidor y otros funcionarios allí presentes. La insurrección terminó cuando los sublevados intentaron avanzar hacia Puno, lugar donde fueron derrotados y ejecutados.
La ciudad de “Nuestra Señora de La Paz” tuvo su asentamiento definitivo recién hacia el año 1549 que, al igual que en La Plata, se produjo en centros de población indígena (Chuquisaca y Chuquiago). Para aquel entonces los establecimientos de nuevas ciudades debían regirse al plano urbano de tablero de ajedrez, con calles rectas y trazos paralelos hechos a cordel y escuadra. Se encomendó esta labor al alarife Juan Gutiérrez Paniagua, quién destinó el lugar que ocuparían los principales edificios que han trascendido el paso del tiempo, resistiéndose al ultraje de la modernidad, proclamando la pujanza y buen gusto de la arquitectura de ascendencia hispánica.
Muchos y muy notables son las edificaciones que mantienen la tradición colonial, herederos a su vez de los artífices del prehistórico tihuanacota y de los talladores de piedra que labraron las bellezas del Escorial, así como los picapedreros alto peruanos que han dejado monumentos que permiten desentrañar los entresijos de un pasado poco conocido. Durante la época colonial, la vida en “Chuquiago” giraba en torno a la Plaza Mayor (Plaza Murillo). Los primeros vecinos de la ciudad eran principalmente encomenderos (españoles responsables de mandar y recibir las encomiendas provenientes desde España).
El Cabildo de la ciudad impulsó el crecimiento distribuyendo lotes en las afueras del centro urbano y extendiéndose hasta los valles cercanos, con el propósito de desarrollar la agricultura de hacienda dedicada al cultivo de frutas y verduras, abasteciendo así el consumo de la población paceña que mostraba un crecimiento significativo. El desarrollo agrícola derivó rápidamente en la elaboración de productos artesanales, entre ellos vinos y aguardientes, especialmente en Caracato, Sapahaqui y Luribay, en los valles de Obrajes, Muñecas y Sorata se producía trigo y en los Yungas cítricos, frutas y hoja de coca.
Para el año 1781 las cifras de habitantes que tenía Nuestra Señora de La Paz, mostraba una tendencia clara de crecimiento. Entre 1586 y 1675, la población se había duplicado gracias a la importancia que había adquirido como abastecedor a los centros mineros de Potosí y Oruro, desplazando al Cuzco (Perú). Para el siglo XVIII, La Paz producía dos terceras parte del consumo de las regiones mineras de la región. La rebelión de Túpac Katari, así como las gestas emancipadoras frenaron el crecimiento, mostrando a principios del siglo XIX cifras similares a las de 1780 (70.000 a 72.000 habitantes).
La historia colonial de La Paz no sólo brinda la oportunidad de conocer el origen de la ciudad que ha marcado el destino del país en los últimos dos siglos. Gracias a la entereza, tolerancia, aguante y resiliencia de su gente, se ha convertido en uno de los epicentros históricos y culturales de Bolivia. La herencia marcada por el periodo colonial no sólo es apreciable en la arquitectura de sus edificios, calles o plazas, también se observa en el valor intrínseco de su gente, en su historia viva, su cultura, tradiciones, costumbres y el “ñ’eke” que emana de la fuerza telúrica de las montañas que confluyen en un todo para construir la identidad paceña que históricamente ha mostrado ante la tiranía, asedio, agresión, abuso, vulneración de libertades, entre otros, resistencia y respuesta firme: ¡“Aguante Collita”!. Fortaleza y dignidad de los hijos de la ínclita ciudad maravilla.
Durante el siglo XX la corriente de ideas inspiradoras del nuevo gobierno liberal, mostraron una clara tendencia de desarrollo. Se proyectó el crecimiento urbanístico apartándose del centro histórico y abriendo sus brazos hacia los barrios aledaños. Las típicas calles de origen colonial, abrieron paso a amplias avenidas, paseos, jardines y plazas características de una ciudad influenciada por la modernidad.
Nuestra Señora de La Paz se transformó rápidamente en verdadero centro cosmopolita y burocrático. Los edificios de estilos modernos, calles anchas, jardineras, zanjas abiertas por todas partes para instalar servicios de agua y alcantarillado, así como el tendido de cables del sistema eléctrico, fueron una constante durante los primeros años del siglo XX. Tranvías, telégrafos, calles adoquinadas por donde transitaban carruajes tirados por caballos o mulas y por donde no tardaron en circular los automóviles ingleses.
El eclecticismo y modernismo de marcada influencia francesa, preponderó entre los años 1900 a 1925, especialmente durante los gobiernos liberales de Montes y Villazón (1904 – 1917), tiempo en el cual se experimentó un crecimiento de tres veces en la economía del país, convirtiéndolo en un periodo de prosperidad en el que era factible ejecutar obras de envergadura, de las cuales muchas se conservan intactas en la actualidad.
El arquitecto y urbanista Emilio Villanueva, fue el artífice de la configuración urbana de la ciudad de La Paz, sus diseños trascendieron los límites del tiempo en contraposición a los estilos coloniales y republicanos, iniciando una nueva etapa del diseño y crecimiento de la moderna ciudad que todavía se conservan nítidamente en espacios públicos de salud, educación, deportes, esparcimiento, vialidad, entre muchos otros con que plasmó su obra derivada de la Beaux Arts. De París.
La identidad paceña no puede entenderse sin conocer los fundamentos históricos de la ciudad. Aún conservo la esperanza de encontrar las herramientas para hacer rentable conocer la historia y sobre todo poder transmitirla a las nuevas generaciones. Conocer nuestro pasado permitirá despertar la memoria colectiva y estrechar el vínculo de la población con la heredad nacional. El rescate histórico no es un simple ejercicio académico, es la forma adecuada de preservar la cultura de los pueblos.
Al conmemorarse los 217 años de gesta emancipadora de Nuestra Señora de La Paz, resulta imprescindible reconocer y valorar la entereza y generosidad del pueblo paceño que hoy más que nunca, reclama una acción reivindicativa por parte del poder político para superar el desgarro histórico sufrido durante el último cuarto de siglo. Debido a su condición de centro político y epicentro del mayor número de conflictos políticos y sociales, es fundamental que se imponga el imperio de la ley y que la voluntad de los actores políticos brinden a La Paz una respuesta satisfactoria, efectiva y definitiva, que ponga punto final a los abusos de quienes se han dado a la tarea de frenar su crecimiento y desarrollo desde siempre.
Tras la criminal afrenta que tuvo que soportar el pueblo paceño durante el bloqueo de los cincuenta días, la resistencia y estoicismo debe incluirse dentro de los actos heroicos de la ínclita y valerosa ciudad de “Nuestra Señora de La Paz”. Los herederos de la identidad paceña conservan el legado del otrora bastión de la Cordillera en la que su grandeza y fortaleza se construyó con tesonero esfuerzo y sacrificio individual conjugado con su pasado labrado a sangre y fuego, permitiéndole recordar al paceño ¿quién es?, de dónde viene y despejar la mente para saber hacia dónde quiere llegar.
“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.