2026-08-31

La Tribuna

¿Vale más un Cerimedo que un campeón en Bolivia?

Mientras algunos aseguraron el futuro de dos generaciones cerca del poder, muchos deportistas que dieron gloria al país envejecen en el olvido.

Nuestros deportistas se levantaron de lesiones y derrotas para representar a Bolivia. Entregaron juventud, familia y oportunidades por una camiseta que llevaba el nombre de un país.

Los héroes de ayer quedaron en silencio. Sin jubilación, sin seguro médico y muchas veces sin trabajo, fueron reducidos a un recuerdo para el pueblo y a nada para el gobierno de turno.

Mientras nuestros campeones envejecen en el olvido, se habla de millones que un “asesor” habría acumulado cerca del poder. Y habría dicho: “Yo hice más por esta patria que muchos bolivianos”.

¿Más por la patria?

¿Qué hizo por Bolivia quien se movió alrededor del poder, frente a quienes se jugaron el cuerpo, la carrera, la juventud y su futuro defendiendo los colores de la bandera?

Una cosa es hablar de patria desde los privilegios del poder y otra sudar, sufrir, lesionarse, perder y levantarse para representar a Bolivia.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿Vale más acercarse al poder y al dinero que sacrificarse durante años por la patria?

Mientras tanto, el Estado parece no encontrar tiempo para sus exdeportistas. Para ellos tampoco hay jubilación. La explicación resulta casi una bofetada: “no aportaron” al fondo correspondiente.

¿No aportaron?

¿Acaso no aportaron sacrificio, lesiones, disciplina, juventud y gloria?

Una medalla no es un pedazo de metal: es madrugada, dolor, derrotas, lágrimas y años que jamás regresan.

Por eso, cuando un deportista envejece, el Estado no debería preguntarse qué puede hacer por él. Debería recordar qué hizo él por Bolivia.

El deportista no entregó una medalla a un presidente ni a un gobierno de turno. Se la entregó a Bolivia.

Y Bolivia tiene una deuda con él.

Esa deuda no se paga con diplomas ni homenajes de un día. Se paga con políticas de Estado, protección social y condiciones dignas.

La grandeza se demuestra cuando recuerda a sus campeones después de que las luces se apagan.

Pero las medallas quedan. La bandera queda. La historia queda.

Y queda una pregunta que ningún gobierno debería esquivar:

¿Qué clase de país somos si a quienes le dieron gloria les negamos hasta la memoria, mientras premiamos o toleramos a quienes hicieron del poder un negocio?

Porque un país que olvida a sus campeones enseña una lección perversa: que el mérito vale menos que la cercanía al poder, que el sacrificio vale menos que la influencia y que servir a la patria puede ser menos rentable que servirse de ella.

Y si ese es el mensaje, estamos perdiendo el sentido de lo que significa ser boliviano.

Porque un campeón puede dejar de competir, pero nunca debería dejar de ser campeón para su país.

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