La segunda vuelta es otra campaña
Brasil nos acaba de recordar algo que los consultores sabemos, pero muchos no practican. La segunda vuelta no continúa a la primera; es otra elección. Lula da Silva la ganó porque lo entendió y Flávio Bolsonaro la perdió porque no.
Los números dicen bastante. El 4 de octubre, Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula, el 45,16%. Los dos últimos sondeos, publicados en la víspera del balotaje, daban 51% al senador y 49% a Lula. Ganó Lula con 51,79% contra 48,21%, y es la primera vez desde el fin de la dictadura militar que el segundo de la primera ronda se impone en la segunda. Los electores no cambiaron de opinión en tres semanas. Cambió la campaña, y de eso se trata.
En la primera vuelta, varios candidatos compiten y cada uno pide adhesiones. Vote por mí, por lo que soy, por lo que propongo. En la segunda, quedan dos y la pregunta del elector se transforma. Ya no quiere saber quién lo representa mejor sino quién le resulta más insoportable. Pasa a mandar el rechazo y la adhesión queda de adorno. En junio, Datafolha medía que 48% de los consultados no votaría de ninguna manera por Flávio y 46% decía lo mismo de Lula. Con rechazos tan parejos, ganaba quien lograra provocar mejor el rechazo en el otro.
Lula lo vio desde la misma noche de la primera vuelta. Dijo a los suyos: "Mañana empezamos una nueva campaña". Y la empezó. Su equipo evitó que la segunda vuelta se convirtiera en una evaluación de la gestión presidencial, lo cual le convenía mucho a un gobierno con inflación y escándalos. La elección se convirtió en un plebiscito contra el regreso de la familia Bolsonaro, y ese antibolsonarismo unió a la izquierda, al centro y a una parte del electorado moderado de derecha.
El instrumento principal fue las redes. A punto de cumplir 81 años, Lula se compró por primera vez un teléfono móvil y se metió de lleno en las redes sociales, un terreno que le era ajeno. Sumó el canal de WhatsApp "Exército do Lula", que alcanzó los 10 millones de seguidores en la recta final. Un candidato octogenario aprendió en pocas semanas el idioma del lugar donde estaba el voto indeciso, mientras su rival, que había hecho de las redes su casa, las usaba poco para lo que más importaba.
Y Flávio colaboró con entusiasmo. En una segunda vuelta, el error del adversario rinde más que su propio acierto, y él cometió varios errores. Arrastraba la revelación de sus gestiones ante el banquero Daniel Vorcaro para financiar una película sobre su padre, la pelea interna con Michelle Bolsonaro, que divide entre las mujeres y los evangélicos, y una cercanía con Donald Trump que Lula presentó como una sumisión a una potencia extranjera. Pero el error grande llegó el viernes 23, a dos días de la votación, durante el debate de TV Globo. En el primer bloque, Flávio llamó a Lula "nueve dedos", una burla despectiva al dedo que Lula perdió en un accidente de trabajo.
Hay que dimensionar la torpeza. Ese dedo perdido en una fábrica es parte central de la biografía con la que Lula se presenta desde hace cuarenta años. Obrero, nordestino, hijo de una mujer pobre. Burlarse de eso ante un auditorio lleno de jóvenes indecisos fue regalarle el mejor spot de la campaña. Lula respondió indignado y exigió respeto para los millones de brasileños que viven de su trabajo. Según una politóloga, esa reacción devolvió la biografía del presidente a un público mayoritariamente joven, justo donde se concentran los indecisos. Flávio pidió disculpas y enseguida exigió que Lula también se disculpara, lo que dejó la rectificación en nada. Una disculpa que exige otra a cambio no repara.
El episodio además delata algo de fondo. Quien llega primero a la segunda vuelta tiende a creer que la ventaja es un patrimonio. No lo es porque, en una segunda vuelta, lo anterior no cuenta. Flávio llegó al debate con una moderación ensayada y volvió a sus instintos apenas se salió del libreto. Dos puntos de ventaja en octubre no sirven de mucho cuando se pierde el control de la conversación.
El resultado también tiene una lectura regional. Con Flávio como presidente, se habría consolidado el bloque internacional alineado con Trump, al que Brasil, por su tamaño, le habría dado el peso que le faltaba. Con Lula reelecto ocurre lo contrario. Brasil y México, las dos mayores economías de América Latina, que además mantienen una agenda bilateral que se intensificó durante los gobiernos de Sheinbaum y Lula, quedan fuera de la órbita política de Trump. Eso reafirma un equilibrio regional que parecía estar en riesgo. Los dos grandes seguirán teniendo política exterior propia, y los países medianos y pequeños de la región conservarán margen de maniobra sin tener que elegir bando a la fuerza.
Flávio anunció que impugnará los resultados. Es la salida de siempre de quien no entendió en qué elección estaba jugando. El que pierde por equivocarse de campaña suele buscar la falla en la mesa de votación y rara vez en su propio comando. Para los consultores de la región la lección es sencilla y difícil a la vez. Terminada la primera vuelta, hay que olvidar la campaña realizada y empezar otra desde cero.