Inquina brasilera por la libertad
Cuentan las crónicas del 6 de septiembre de 1989 que, durante aquella jornada se celebraban elecciones generales en la república sudafricana convocadas por el entonces presidente Frederik Willems de Klerk, quién, mantuvo integro el sistema del Apartheid que dejaba en manos de las minorías la posibilidad de elegir a sus representantes. Durante aquel proceso electoral por primera vez, el Partido Nacional (PN) –que controlaba el gobierno– obtuvo menos de la mitad del total de los votos. La erosión del modelo secesionista y racista mostró sus fisuras, dejando claro que no andaba en sintonía con las transformaciones globales. El final de la guerra fría y la reconfiguración del tablero político en el concierto internacional, dieron una señal clara de no seguir tolerando un sistema político nefasto como el que prevaleció durante varias décadas en Sudáfrica.
La derrota sufrida por el ejército sudafricano en su invasión a Namibia y fundamentalmente la decisión de la gran mayoría de países democráticos del planeta, puso punto final al Apartheid en Sudáfrica el año 1992, cuando impulsado por el régimen se llevó adelante un referéndum para discutir la continuidad del modelo. Un proceso consultivo en el que sólo votaron las personas blancas del país que decidieron que el Apartheid debía llegar a su fin. Dos años más tarde, el 27 de abril de 1994 para ser precisos, se celebraban nuevos comicios, las primeras elecciones multirraciales con sufragio universal que fueron ampliamente favorables para el líder de integración y pacificación nacional Nelson Mandela.
Lo que durante décadas parecía inmutable, en tan solo unos pocos años gracias a la filosofía de su líder y flamante presidente, dio ejemplo a todo el planeta. Primó la voluntad de su gente (97% personas de color y 3% personas blancas) que decidió romper paradigmas, erradicar el discurso de odio, transformar la realidad nacional, integrar a todos, reconociéndolos como iguales, dejando de lado resentimientos y discursos de confrontación que amenazaban con frenar la reconstrucción nacional. Cambiaron a un modelo de democracia liberal y en la actualidad Sudáfrica sirve de ejemplo, demostrando que un país unido, bien administrado y con identidad, tiene la llave para buscar su crecimiento y desarrollo por encima de sus propios límites.
Luis Ignacio Lula Da Silva ganó el pasado domingo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, frente al conservador Flavio Bolsonaro, accediendo así a su cuarto mandato de manera discontinua y marcando un hito en la historia de su país donde ningún otro presidente en democracia ha conseguido gobernar por tantos años. Lula de 81 años de edad, se impuso ante su adversario con una diferencia porcentual de algo más del 3% de los votos, consiguiendo remontar los resultados obtenidos en la primera vuelta, un hecho que no sucedía desde el final de la dictadura militar (1985).
Por su parte Flavio Bolsonaro, quién había ganado la primera vuelta a principios de mes, partía como favorito según los resultados presentados por las empresas demoscópicas del país sudamericano. De hecho, DATAFOLIA y QUEST, dos de las empresas encuestadoras más importantes de Brasil, un par de días antes afirmaban que era muy probable que los resultados de la primera vuelta ratificarían el triunfo de la derecha, pero al final de la jornada electoral las tornas se invirtieron en favor del octogenario Luis Ignacio Lula Da Silva, último representante de los precursores del socialismo del siglo XXI.
Lula consiguió en tres semanas el apoyo de quienes se abstuvieron y del voto blanco de la primera vuelta. Pudiendo recuperar el Estado de Minas Gerais, que es desde hace décadas el que marca la diferencia, siendo el segundo más poblado después de Sao Paulo. Una campaña que en origen estuvo marcada por una estrategia anticuada y analógica, terminó dando un giro de 180º gracias al diputado evangélico representante de Minas Gerais, André Janones, que impulsó el denominado “ejército de Lula” en redes sociales, logró en dos semanas más de diez millones de seguidores que comenzaron a viralizar contenido en favor de su candidato.
Otro de los fenómenos que provocó la remontada es atribuido al resultado de los debates televisados, en los que el líder de la derecha terminó cometiendo errores de bulto que fueron aprovechados por sus adversarios políticos. Entre el 18 y 23 de octubre tuvieron lugar dos debates públicos, en los que se ventilaron vínculos del líder conservador con las milicias de Rio. Fue bastante cuestionado también por confundir el nombre de una madre que estaba presente en el plató con el de su hija de 5 años, que había muerto en manos de un policía a los que él había defendido como abogado.
Otro factor a considerar deben ser los ofrecimientos del dinero público que realizó el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y actual presidente de Brasil. Lula no tuvo ningún reparo en abrir el grifo del gasto público para ganar votos. Subió un 15% las transferencias de las asistencias sociales, redujo la jornada laboral a 35 horas semanales, prometió transporte público gratuito, prometió donar las deudas federales a un millón de microempresarios, entre muchas otras promesas demagógicas e irresponsables que terminaron por concederle el triunfo, sin embargo, la pregunta el día después de mañana es ¿cómo terminará pagando la ristra de promesas que ascienden a más de 60,000 millones de dólares?
Toda esa generosidad de campaña tiene un coste muy elevado para un país en el que la deuda pública ha crecido por encima del 10% del PIB, durante los últimos cuatro años la inflación se ha incrementado haciendo previsible para el final de esta gestión que supere el 5,2%, con la previsión negativa para el año 2027, con una previsión del crecimiento de la economía brasileña por debajo del 2%. Esa sensación de empobrecimiento no permitió que las propuestas económicas (realistas) de Flavio Bolsonaro convencieran a la ciudadanía, a pesar, que la pregunta del millón en estos momentos en base a los datos macroeconómicos oficiales debería ser ¿Cuánto tiempo más podrá el gobierno de Lula da Silva mantener el gasto?
Cabe puntualizar que Lula Da Silva ha ganado la presidencia, pero no puede sentir que haya ganado el país. A diferencia de su primer mandato, éste último arrancará el próximo 5 de enero con un parlamento bastante escorado hacia la derecha. El Partido Liberal será la primera fuerza en ambas cámaras con 121 representantes propios y en sumatoria 303 diputados frente a los 124 de la izquierda y 86 de centro, logrando más de dos tercios del parlamento, con los que Lula deberá buscar acuerdos y pactos que le permitan cumplir sus ofrecimientos de campaña.
Durante sus dos primeros mandatos la situación económica era completamente distinta, Brasil era una economía en expansión, con precios de materias primas por lo alto, una época en la que él fue protagonista de la articulación de la izquierda latinoamericana junto a los extintos Fidel, Chávez o Néstor Kirchner, siendo el último de los precursores y defensores de las consignas ideológicas que alcanzó una relativa hegemonía en algunos países del continente que actualmente forman parte del Escudo de las Américas y responden a una visión contraria a la que construyó Lula en más de seis décadas vinculado a la política.
La relación entre Lula Y Trump no es de las mejores, marcando abiertamente sus diferencias políticas y durante el segundo mandato del presidente norteamericano han tenido fuertes divergencias en torno a las relaciones comerciales que terminó con un incremento en los aranceles par parte de los Estados Unidos a los productos brasileros y un pulso diplomático que ha quitado la visa a diferentes funcionarios del país vecino. Actualmente Brasil y Estados Unidos mantienen una negociación de meses para lograr un acuerdo comercial favorable, por lo que dependerá mucho como reencamina en este nuevo mandato su relación bilateral con el país del Norte, a pesar de sus recientes declaraciones en las que señala que: “Brasil no será el patio trasero de nadie”, dejando en suspenso el rumbo de las relaciones exteriores de Brasil con los países vecinos.
La libertad de conciencia y la defensa a ultranza del sistema democrático, nos obliga a reconocer aun sin estar de acuerdo, los resultados derivados de la voluntad popular. Podemos inferir que la gente votó mal o finalmente que Brasil siente inquina por la libertad y, aun así, respetamos las reglas del juego. Sin embargo y para finalizar, me gustaría establecer que cualquier país que se precie de llamarse democrático, debería manejar procesos electorales claros y trasparentes, funcionando como una maquinaria bien aceitada, sin sembrar dudas por ampliaciones de horario a destiempo que llevan a pensar que se hubiese podido favorecer a alguno de los candidatos. Si llega a demostrarse que algo así hubiese ocurrido, esperemos que por el bien de la democracia de Brasil y por el respeto a sus instituciones, esto pueda ser aclarado.
“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.