Bolivia y Brasil: ¿qué viene después del gas?
Brasil es la principal potencia territorial, demográfica y económica de sudamérica. Su superficie representa casi el 49 % del territorio sudamericano; su población, cerca del 49 % del total de habitantes de la región; y su producto interno bruto, aproximadamente el 51 % de la economía sudamericana.
Su peso también se proyecta en los ámbitos político y diplomático. Brasil integra el G20, los BRICS y el Mercosur, y mantiene una presencia activa en lo principales organismos internacionales. Parte de esa capacidad diplomática se sustenta en la tradición institucional de Itamaraty, nombre con el que se conoce a su Ministerio de Relaciones Exteriores, reconocido por la profesionalización de su servicio exterior; y su capacidad para formular y ejecutar una política exterior de alcance regional y global.
La asimetría de Bolivia respecto de Brasil es considerable. Brasil tiene aproximadamente 7,8 veces el territorio boliviano, casi 17 veces su población y una economía unas 35 veces mayor. Estas diferencias no determinan por sí solas el relacionamiento internacional, pero condicionan las capacidades de ambos Estados y sus respectivos márgenes de maniobra en el escenario internacional.
Bolivia, para relacionarse con un vecino de semejante dimensión requiere, una política exterior realista, profesional y orientada a resultados. No basta con encuentros presidenciales, ni con enumerar áreas de cooperación. Es necesario identificar intereses convergentes y convertirlos en compromisos concretos que generen beneficios económicos y estratégicos para el país.
Durante las últimas décadas, el gas natural fue el principal soporte de la relación bilateral. Las exportaciones bolivianas a Brasil pasaron de aproximadamente 120 millones de dólares en 2000 a 3.873 millones en 2013. En 2014 todavía alcanzaron alrededor de 3.490 millones. Desde entonces, la tendencia es decreciente y el valor de las ventas disminuyó considerablemente. Para 2025, las exportaciones de gas natural a Brasil se situaron en torno a los 1.000 millones de dólares.
Las causas de este descenso son múltiples, pero su consecuencia estratégica es evidente; el gas ha perdido la importancia que tuvo en la relación bilateral. Bolivia está dejando atrás su condición de proveedor relevante para el mercado brasileño, y no existe certeza de que pueda recuperar la posición que ocupó durante décadas.
Este cambio obliga a replantear los fundamentos estratégicos del vínculo entre ambos países. El declive del gas no debe significar el declive de la relación con Brasil. Por el contrario, debe convertirse en un incentivo para construir una nueva agenda bilateral, tan o más cooperativa y de beneficio mutuo como fueron los acuerdos sobre gas natural.
La pregunta, entonces, es: ¿qué viene después del gas?
El reciente encuentro entre los presidentes Rodrigo Paz y Luiz Inácio Lula da Silva ha puesto sobre la mesa de negociación bilateral, varios asuntos como: la hidrovía, el comercio, las inversiones, la cooperación en seguridad, la lucha contra el crimen organizado, la salud, la educación, las cuestiones fronterizas, la cooperación técnica y también la integración energética.
Es una agenda demasiado extensa -muchos de ellos temas pendientes desde hace años- lo cual no equivale necesariamente a una estrategia de desarrollo compartida. En consecuencia el desafío consiste en establecer el tema, o los temas, pocos, capaces de transformar estructuralmente la relación bilateral.
En este contexto, hay una cuestión que la diplomacia boliviana debería tomar muy en cuenta. Es la transformación de la geoeconomía sudamericana, impulsada por la puesta en operaciones del puerto de Chancay, en Perú.
La entrada en operaciones de éste mega puerto y su ya prevista ampliación, definitivamente modificará las rutas comerciales entre Sudamérica y Asia, fortaleciendo la conexión de los mercados sudamericanos con el Pacífico y reconfigurando la importancia estratégica de la infraestructura de transporte regional.
Brasil, consciente de ello, tiene el propósito de aprovechar estas nuevas posibilidades logísticas mediante el desarrollo de conexiones ferroviarias que vinculen su región centro-occidental con los puertos del Pacífico peruano.
Bolivia debe lograr la incorporación a este proyecto de integración ferroviario y logístico. Para ello, debe negociar con Brasil, Perú y China para conocer los trazados preliminares y determinar las alternativas técnicamente viables para su incorporación.
La importancia de esta iniciativa va más allá de construir una vía férrea. Una conexión competitiva con los corredores que conducen al Pacífico, no solo ampliará las alternativas de transporte para las exportaciones e importaciones bolivianas, sino que además reducirá la dependencia que Bolivia tiene respecto de los puertos chilenos.
Puerto Chancay debe ser un objetivo de política exterior trilateral (Brasil, Bolivia y Perú), incluyendo a China. La integración logística, el comercio, las inversiones y la articulación productiva deben convertirse en nuevos pilares de una relación estratégica de largo plazo.
El gas fue el eje de una etapa de la relación bilateral. La integración logística y económica podría ser el eje de la siguiente.