La Tribuna

La esperanza no es plan

El repechaje de Monterrey nos dio una ilusión y el Mundial nos entregó su espejo; ahora cabe decidir si miraremos la imagen o apartaremos la vista. Reconstruir exige método, paciencia y una ética de la exigencia que ninguna épica de ocasión puede reemplazar.

Hay derrotas que informan y derrotas que revelan. La de Monterrey, el 31 de marzo, perteneció a la segunda especie. Bolivia caía 2-1 ante Irak y se despedía del Mundial de Norteamérica, y con ello se prolongaba a treinta y dos años una ausencia que ya había dejado de ser un dato histórico para volverse una condición del carácter nacional. Conviene recordar el camino con ecuanimidad, porque la memoria colectiva tiende a embellecer lo que la razón debería auditar.

La campaña tuvo, en efecto, un arranque digno de crédito. La victoria 1-0 sobre Brasil, en la última fecha de las eliminatorias sudamericanas, abrió la puerta del repechaje intercontinental. Vino luego un itinerario de amistosos desigual: un triunfo ante Jordania, derrotas frente a Rusia y Corea del Sur, y un 3-0 a Trinidad y Tobago ya en marzo. Era una preparación que ofrecía más consuelo que información, es decir, estímulos suficientes para sostener la esperanza y ninguno para ponerla a prueba.

En Monterrey, la remontada 2-1 ante Surinam produjo una de esas noches en que un país entero suspende su escepticismo. Cinco días después, frente a Irak, esa suspensión se agotó. Lo ocurrido no fue una anomalía del destino sino la ley de la gravedad aplicada al entusiasmo: la épica puede decidir un partido, pero no sustituye la estructura que lo sostiene. La frustración posterior fue legítima, aunque correríamos el riesgo de malgastarla si la agotamos en el lamento en lugar de convertirla en diagnóstico.

Y el diagnóstico llegó con una crueldad casi pedagógica. Mientras el torneo se disputaba sin nosotros, España se coronaba campeona al vencer 1-0 a Argentina en la prolongación de la final; Paraguay, un vecino con el que empatamos 2-2 en El Alto durante las eliminatorias, eliminaba a Alemania en los penales antes de caer apenas por la mínima ante Francia. Contemplar aquel torneo fue comparable a observar un mapa a escala real tras años de habitar un croquis: descubrimos que la distancia entre lo que creíamos ser y lo que somos no se mide en goles, sino en categorías.

 

Lo que siguió al Mundial no ha corregido esa impresión; la ha consolidado. Escocia y Argelia nos golearon 4-0 en junio, y en septiembre Paraguay nos venció 2-0 en Washington, en un partido donde además se erró un penal que pudo alterar el desenlace. Tres días después, Argentina, en su primer compromiso tras el Mundial, nos propinó un 4-0 en Córdoba. Un amistoso es, por definición, un ensayo sin consecuencias, pero la repetición de las cifras convierte la anécdota en tendencia, y toda tendencia es ya una forma de verdad.

La raíz de este deterioro no está en el banquillo, sino en la materia prima. Nuestros futbolistas del exterior, lejos de ofrecer la prueba de que la emigración deportiva madura al talento, exhiben un fenómeno inverso: demasiados militan en ligas de segundo orden, y quienes habitan escenarios más exigentes carecen, con frecuencia, de la continuidad que convierte un nombre en un oficio. Un jugador que no compite regularmente no es un activo, es una promesa en suspensión. Y la selección no puede edificarse sobre promesas, del mismo modo que un edificio no se sostiene sobre planos.

El torneo local, que debería ser el vivero natural del sistema, tampoco ofrece alivio. Sería imprudente atribuirlo a una sola causa, pero la evidencia que percibimos desde la tribuna sugiere que la División Profesional Boliviana no exige lo suficiente para perfeccionar a quien la transita; allí donde el entorno no impone resistencia, la excelencia se vuelve una virtud opcional. Quien nunca es obligado a superarse termina confundiendo comodidad con talento, y esa confusión es la antesala del estancamiento.

La carencia más elocuente, sin embargo, es la del delantero. El seleccionador paraguayo lo expresó tras el amistoso con una frase que, aun cortés, es un veredicto: a Bolivia le falta un nueve como Marcelo Martins. Que la posición más codiciada del juego no encuentre herederos en nuestro país no es un accidente táctico, es un síntoma cultural. Rematar exige tolerar el error expuesto ante la multitud, aceptar el vértigo de la responsabilidad individual y convivir con la posibilidad pública del fracaso. Una sociedad que forma jugadores prudentes, que prefieren el pase seguro a la decisión arriesgada, está formando, sin advertirlo, hombres que huyen de su propia libertad.

De modo que la lección de este año no es la derrota, sino la lucidez que la acompaña. El repechaje de Monterrey nos dio una ilusión y el Mundial nos entregó su espejo; ahora cabe decidir si miraremos la imagen o apartaremos la vista. Reconstruir exige método, paciencia y una ética de la exigencia que ninguna épica de ocasión puede reemplazar: competencia real en los clubes, formación de atacantes desde las divisiones menores, criterios severos para convocar. Quien confunde la esperanza con el plan acabará, tarde o temprano, llamando destino a lo que fue negligencia.

Hoy estoy convencido que, para el futbolista boliviano, jugar para la selección se ha vuelto un verdadero suplicio, mucho más cuando deben jugar de visitantes. No importa si son amistosos, mucho más si son cotejos oficiales. Los acostumbraron siempre a lo más fácil, ser competitivos de locales, ya no en La Paz, ahora en El Alto; en otro lugar no se puede sumar.

¿Cómo, dónde y con quiénes jugaremos la próxima eliminatoria mundialista?

¿Quién será el técnico?

De momento es una incertidumbre total.

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