jueves 26 de febrero de 2026

Edmand Lara: entre la razón populista y la paradoja democrática

Un concepto fundamental de Mouffe aplicable aquí es la frontera democrática. Ella sostiene que una democracia sana requiere fronteras claras que definan la identidad de los proyectos en pugna.

Para abordar el fenómeno que representa Edmand Lara en la vicepresidencia de Bolivia bajo la óptica de Ernesto Laclau, es imperativo alejarse de las lecturas peyorativas tradicionales que entienden el populismo como una patología de la democracia o una simple demagogia. En La razón populista (2005), Laclau propone que el populismo no es un tipo de ideología ni un régimen político específico, sino una lógica política, un modo de construir lo social a través de la articulación de demandas. En este sentido, la performance de Lara constituye un caso de estudio paradigmático sobre la formación de una identidad popular a partir de la ruptura con el orden institucional establecido.

El primer pilar del análisis laclausiano aplicable a Lara es la formación de una cadena de equivalencias. Laclau sostiene que el populismo emerge cuando una serie de demandas sociales (seguridad, justicia, lucha contra la corrupción, mejores salarios) no encuentran satisfacción por parte del sistema administrativo-institucional. Estas demandas, inicialmente aisladas o "democráticas", comienzan a agruparse al identificar un enemigo común: el "sistema", la "cúpula policial" o el "Estado fallido". Lara, desde su posición original como oficial de policía y posteriormente como figura política, logró personificar esta articulación. Su discurso no se limitó a la reivindicación gremial de la institución del orden, sino que extendió su frontera para incluir a ciudadanos víctimas de abusos de poder, logrando que demandas heterogéneas se sintieran representadas bajo una misma lógica de oposición. Esta cadena de equivalencias es lo que permite que el "pueblo" surja como un actor político nuevo y no como una mera suma de individuos.

Un segundo elemento crucial es la constitución de una frontera antagónica. Para Laclau, no hay populismo sin la división del campo social en dos campos enfrentados: el "nosotros" (el pueblo) frente a "ellos" (el poder, la casta, la elite corrupta). La performance de Lara ha sido sumamente eficaz en la producción de este antagonismo. Al utilizar su uniforme (o la mística de su expulsión de la fuerza) como un símbolo de pureza frente a la degradación de las altas esferas, Lara ha trazado una línea divisoria infranqueable. Su identidad política se nutre del conflicto; no busca el consenso liberal deliberativo, sino la hegemonía a través de la confrontación con un "otro" que es presentado como el impedimento para la realización de la plenitud social. En la práctica política boliviana, esta dicotomía ha permitido que sectores que antes no se identificaban entre sí encuentren en la figura de Lara un punto de ruptura contra el statu quo.

Aquí entra en juego el concepto de significante vacío. Laclau argumenta que, para que una cadena de equivalencias se mantenga unida, uno de sus elementos debe desprenderse de su contenido particular para representar la totalidad de la cadena. El nombre del líder, o en este caso la figura de Edman Lara, se convierte en ese significante vacío. El término "Lara" deja de referirse únicamente a un individuo con propuestas específicas para pasar a significar conceptos abstractos y movilizadores como "Justicia", "Orden" o "Limpieza". Al ser un significante con un contenido relativamente indeterminado, permite que diversos grupos proyecten en él sus propios deseos y frustraciones. Esta es la razón de su potencia electoral y de su capacidad de movilización. Lara no necesita un programa de gobierno hiper detallado en términos tecnocráticos, porque su sola presencia y su narrativa de "lucha contra la injusticia" operan como el pegamento simbólico de una masa heterogénea.

Asimismo, es fundamental analizar lo que Laclau denomina el afecto en la constitución del pueblo. La razón populista no es una razón puramente intelectual o administrativa, si no es una razón cargada de pasión. La performance de Lara, marcada por una puesta en escena de indignación, valentía y confrontación física o verbal directa con las estructuras de poder, moviliza afectos que la política tradicional boliviana, a menudo estancada en la burocracia o el clientelismo, ha dejado de lado. La inversión afectiva en el líder es lo que permite que el lazo representativo sea sólido. Lara no es visto simplemente como un administrador de la cosa pública, sino como un redentor de agravios, un rol que Laclau identifica como esencial para que la plebe (los menos favorecidos o los excluidos del sistema de decisiones) se convierta en el pueblo (el sujeto soberano de la nación).

Desde la teoría de Laclau, la estabilidad de la performance de Lara como vicepresidente dependerá de su capacidad para seguir operando en los márgenes de esta lógica, incluso estando dentro del Estado. El riesgo inherente a todo populismo exitoso es la "institucionalización", donde la cadena de equivalencias se rompe porque las demandas empiezan a ser tratadas de forma individual y administrativa por el aparato estatal, disolviendo la frontera antagónica. Si Lara pasa de ser el "rebelde" al "burócrata", el significante vacío se llenará de los contenidos grises de la gestión cotidiana, perdiendo su fuerza mítica. Su reto actual es mantener viva la tensión de la ruptura y la lógica del enfrentamiento contra los "remanentes del pasado" para evitar que el sujeto político que ayudó a construir se fragmente nuevamente en una serie de demandas sociales inconexas.

Ahora bien, para profundizar en este análisis, es preciso introducir la perspectiva de Chantal Mouffe, cuya obra, La paradoja democrática, complementa la ontología de Laclau al aterrizarla en la praxis de la democracia liberal. Mientras Laclau se centra en la génesis del "pueblo" como sujeto, Mouffe se enfoca en la dimensión del conflicto y la necesidad de lo que ella denomina una política agonística. Bajo este marco, la performance de Edmand Lara en la vicepresidencia de Bolivia no debe entenderse como una amenaza a la democracia per se, sino como un intento de repolitizar un espacio que el consenso centrista y la gestión tecnocrática habían vaciado de contenido.

Mouffe argumenta que la esencia de lo político es el antagonismo, la distinción "nosotros/ellos". Sin embargo, en una democracia vibrante, este antagonismo debe transformarse en agonismo. En la relación agonística, el "ellos" ya no es un enemigo que debe ser destruido (lógica de la guerra), sino un adversario legítimo cuyas ideas combatimos con ferocidad, pero cuya existencia dentro del espacio democrático no se cuestiona. La irrupción de Lara en la escena nacional boliviana pone a prueba este umbral. Su discurso, cargado de una indignación moral que Mouffe identifica como el motor de las pasiones en política, logró movilizar a sectores que se sentían excluidos de la "democracia de consenso". Para Mouffe, el peligro no es el surgimiento de figuras como Lara, sino la ausencia de canales institucionales para expresar ese disenso. Cuando la política se vuelve puramente administrativa, las pasiones se desvían hacia formas de fundamentalismo o violencia.

La performance de Lara encarna la crítica de Mouffe a la pospolítica. Durante años, la política boliviana intentó presentarse bajo una pátina de racionalidad económica o gestión de programas sociales, omitiendo que la política es, ante todo, una decisión sobre valores en conflicto. Lara, al utilizar su pasado en la institución del orden y su narrativa de rebelión contra las cúpulas, reintrodujo la dimensión de la "decisión soberana". Él no propone simplemente "administrar mejor" la seguridad o la justicia, sino que propone una ruptura de valores. Mouffe sostendría que esta es una respuesta natural a una crisis de representación. Cuando los ciudadanos no ven diferencias reales entre las opciones políticas, se inclinan por aquel que promete devolverles la soberanía a través de la confrontación directa.


Un concepto fundamental de Mouffe aplicable aquí es la frontera democrática. Ella sostiene que una democracia sana requiere fronteras claras que definan la identidad de los proyectos en pugna. Lara ha sido un arquitecto de fronteras. Al señalar constantemente a una "elite degradada" o a "estructuras mafiosas" dentro del aparato estatal, está forzando a la sociedad boliviana a tomar partido, lo cual es la base de la movilización democrática según Mouffe. El riesgo, desde esta óptica, es si Lara logra mantener la distinción entre el adversario y el enemigo. Si su performance cruza la línea hacia la deslegitimación total del gobierno como "traidores" o "no-bolivianos", la lógica agonística colapsa en un antagonismo existencial que puede fracturar la estabilidad del Estado.

Además, Mouffe enfatiza que las identidades políticas no son esencias preexistentes, sino construcciones discursivas. La identidad de "el pueblo de Lara" es un producto de esta lucha por la hegemonía. No es que los policías o los ciudadanos de a pie fueran "laristas" por naturaleza; lo serán si la narrativa de Lara logra articular sus afectos en un proyecto político concreto. Mouffe advierte que los políticos a menudo cometen el error de despreciar estas movilizaciones afectivas como "irracionales". Por el contrario, ella defiende que la democracia requiere de estas inversiones afectivas para ser robusta. La performance de Lara, vista así, es un recordatorio de que la legitimidad democrática no emana de la corrección técnica de las políticas públicas, sino de la capacidad del sistema para canalizar los conflictos sociales de manera que el ciudadano se sienta partícipe de un destino común.

Finalmente, la integración de la teoría de Mouffe con la de Laclau permite ver la vicepresidencia de Lara como un laboratorio de lo que ambos autores llamaron la estrategia de la guerra de posiciones (siguiendo a Gramsci). Lara ocupa un lugar central en el Estado, pero su discurso sigue operando como si estuviera en la periferia, en la trinchera. Esta dualidad es la que Mouffe considera esencial para una política radical: ocupar las instituciones sin dejarse absorber por su lógica despolitizadora. El éxito de esta performance radicará en si logra que el conflicto que él representa se convierta en una nueva hegemonía que redefina el sentido común de la sociedad boliviana, transformando la indignación individual en una voluntad colectiva institucionalizada.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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