viernes 20 de marzo de 2026

El aire toma forma de tornado . Acerca de nuestra política exterior

La política exterior boliviana enfrenta hoy una oportunidad histórica. Tras el aislamiento, puede convertirse en un puente entre bloques, en un articulador regional y en un actor confiable.
La política exterior del gobierno de Rodrigo Paz ha sido definida por él mismo como “pragmática”. Y, en efecto, todo indica que Bolivia ha ingresado en una etapa de reinserción internacional tras años de aislamiento ideológico. El giro es evidente: apertura al mundo, búsqueda de inversión, recomposición de vínculos multilaterales y restablecimiento de relaciones con Estados Unidos.
 
Sin embargo, el desafío no está en abandonar una trinchera ideológica para instalarse en otra, sino en construir una política exterior auténticamente soberana. El pragmatismo no puede ser sinónimo de alineamiento automático, sino de defensa inteligente del interés nacional.
 
Durante casi dos décadas, Bolivia subordinó su política exterior a un eje político conformado por Venezuela, Cuba y Nicaragua, entre otros. Esa pertenencia no solo fue ideológica, sino también funcional. El país quedó encapsulado en una lógica de confrontación que limitó su inserción global y redujo sus márgenes de maniobra. Hoy, ese ciclo parece cerrarse. El propio presidente ha marcado distancia con esos regímenes, señalando que no constituyen modelos democráticos.
 
Pero aquí surge una advertencia fundamental: salir de una subordinación para caer en otra sería repetir el mismo error con distinto signo. Bolivia no debe ser un satélite ni del ALBA ni de Washington. Debe ser, en todo caso, un actor autónomo en un mundo multipolar.
 
Esa es la esencia de la equidistancia inteligente. El reciente viaje del presidente Paz a Brasil señala exactamente ese camino.
 
En ese marco, la política exterior boliviana debería sostener una coherencia ética básica y condenar las violaciones a los derechos humanos y las rupturas del orden democrático sin importar su origen ideológico. Por ejemplo, si mañana se produjera una intervención militar en Cuba, Bolivia debería rechazarla con la misma firmeza con la que condenamos la dictadura de Miguel Díaz-Canel. No hay democracia selectiva ni soberanía a conveniencia, ya que ambas son principios universales.
 
Esa posición, equilibrada pero firme, es la que permite construir credibilidad internacional. No se trata de neutralidad moral, sino de consistencia política.
En esa misma lógica, la relación con Estados Unidos debe ser reconstruida sobre bases de mutuo respeto, cooperación y beneficio compartido. El restablecimiento de vínculos no es una concesión, sino una necesidad estratégica en un mundo interdependiente.
 
Pero esa relación no puede implicar ningún tipo de subordinación. Bolivia necesita cooperación en inversión, tecnología, seguridad y comercio, pero debe negociar desde la dignidad, no desde la dependencia. La apertura internacional que impulsa el gobierno, incluyendo vínculos con múltiples actores como China, Europa o los BRICS, apunta precisamente a evitar alineamientos excluyentes.
 
Ese es, en rigor, el verdadero contenido del pragmatismo: diversificar relaciones, maximizar oportunidades y preservar autonomía.
 
La política exterior boliviana enfrenta hoy una oportunidad histórica. Tras el aislamiento, puede convertirse en un puente entre bloques, en un articulador regional y en un actor confiable. Pero ello exige claridad conceptual porque el interés nacional no se delega, se defiende y me parece que así lo entiende y practica nuestro actual gobierno.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

 
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