viernes 22 de mayo de 2026

La espada en la palabra

La erosión del “ser para los demás” en la era la generación de cristal

Si excluimos la verdad y la reprimenda de la crianza, ¿qué clase de civilización construirán nuestros jóvenes?

Hace poco supe de una joven que, sin padecer conflictos psicológicos aparentes, comenzó a asistir a terapia casi por inercia, como quien mata el tiempo en el cine o viendo un partido de fútbol. Una vez allí, el profesional no solo detectó supuestas patologías, sino que fomentó en ella una suerte de adicción al proceso terapéutico. Tras años de sesiones semanales y honorarios constantes, la adolescente —hoy adulta— sigue atrapada en la resolución de un problema, real o inventado, del cual no logra salir.

Esta historia es un síntoma de nuestra época y me obliga a reflexionar sobre la llamada “generación de cristal”, ese producto de una educación blanda y de condiciones materiales que parecen haber atrofiado el carácter. Al contrastarlo con la infancia de nuestros abuelos, marcada por la escasez, o la de nuestros padres, para quienes la cena en la mesa no era una opción, sino un destino, surge una diferencia fundamental. Si bien no se debe generalizar ni mucho menos idealizar la violencia del pasado, existía una sabiduría implícita en la severidad doméstica. Aquel proverbio que reza: “Si quieres que tus hijos no sufran, enséñales a sufrir”, no buscaba precisamente la crueldad, sino forjar individuos resilientes, solidarios y con un profundo sentido de veneración hacia la familia y la comunidad. Como el diamante que requiere presión para brillar, el espíritu humano se pulía en la resistencia. Y hoy es difícil negar que los de generaciones pasadas poseían un temple más adecuado para sobrellevar los sufrimientos de la vida.

Hoy, la cultura del esfuerzo agoniza. No hablo de la carga laboral, que es quizás mayor que nunca, sino de una educación hogareña y un consumismo que premian la gratificación inmediata. Cuando la formación se basa en la "facilonería" y se evita cualquier asomo de incomodidad, la estructura psíquica se construye sobre arena movediza; se vuelve quebradiza y frágil al extremo. Y el amor verdadero, que solo se gesta en la capacidad de resistir y permanecer en toda circunstancia, queda fuera de nuestro alcance.

Una persona forjada en la adversidad desarrolla autocontrol y abnegación. Esta última, la abnegación, es una cualidad hoy desacreditada o cuando menos vista con escepticismo por el individualismo (“enfócate en ti”), el mercado (“satisfácete ya”) y el feminismo (“tú eres dueña de tu vida, tu tiempo y tu cuerpo”), que, al priorizar la autonomía absoluta, olvida la interdependencia humana. La neurociencia nos dice que la abnegación se asienta en la corteza prefrontal, el centro ejecutivo que nos permite sacrificar impulsos inmediatos en favor de un bien mayor. Sin embargo, este "músculo" biológico está siendo atrofiado por una cultura que ve el sacrificio —posponer un viaje o un lujo, por el cuidado de un padre o la comunidad— como una idea absurda o incluso estúpida.

Quienes son educados para negarse a sí mismos, en cambio, no son esclavos de sus apetencias, sino sus señores. Por el contrario, la consigna moderna de "ser para nosotros mismos" encierra al ser humano en una tiranía del deseo (por lo demás, siempre insatisfecho) y lo priva de la experiencia de la colectividad. Y es justamente la generación de cristal la que corre el riesgo de ser educada no solo para la fragilidad, sino para un egoísmo sistémico. El sistema no está enseñando a desprenderse ni a cuidar del Otro, sino a actuar por interés propio y racionalista: si un acto no tiene retorno inmediato, no se lo debería ejecutar.

Si excluimos la verdad y la reprimenda de la crianza, ¿qué clase de civilización construirán nuestros jóvenes? Seguramente una donde primen los intereses cortoplacistas y materiales, olvidando la lección más antigua de la humanidad y la doctrina cristiana: quien no aprende a abnegarse, jamás aprenderá a amar de verdad. Cabe reflexionar sobre este tipo de asuntos, que están más allá de los de la política, la cultura o la economía, que nos invaden y abruman día tras día.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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