2024-08-05

Cambios al modelo

Educación y salud, cuesta abajo y ante reto de un cambio estructural 

Retrasadas y obsoletas, así consideran los analistas que están la educación y la salud bolivianas, gran parte debido a la aplicación de conceptos del siglo pasado.

A un año del Bicentenario de Bolivia, la educación y salud nacionales presentan un retraso de décadas, todo a causa de una crisis estructural estatal. Los tres expertos consultados por Visión 360 explican que este panorama  se resolverá si se plantean proyectos y trabajos a largo plazo.

Según el médico y exministro de Salud,  Guillermo Cuentas, los problemas en el sector son arrastrados desde la independencia de Bolivia. “A lo largo del siglo XIX, cuando comenzamos a construir el país, realizamos ocho cambios de Constitución. En  ninguno de ellos se mencionó, ni por casualidad, a la salud. Esto era algo que dependía solamente de los individuos”, explica.

El galeno recuerda que fue recién en 1938, 113 años después de la fundación del país, que se creó el Ministerio de Salud. Asimismo, no fue sino hasta 1956 que el Estado consideró un seguro, que, 60 años después, apenas cubre al 25% de la población.

Como resultado, el país cuenta con un servicio mal administrado, con un financiamiento paupérrimo -el más bajo del continente-, con tecnología obsoleta excepto por una especialidad oncológica y con pocos profesionales especializados.

Y está la falta de profesionales especializados. Este es uno de los aspectos en los que el retraso boliviano en relación al resto del mundo es también notorio. “No es que nos falten médicos, porque tenemos al menos 26 facultades de Medicina en todo el país. Pero no tenemos los especialistas que necesitamos para atender las patologías que más nos afectan. Tenemos demasiados médicos generales”.

Esto se debe a que, según el exministro de Salud, el perfil epidemiológico nacional cambió, pero no lo hizo el enfoque educativo. Para el galeno, aún se trabaja obviando que “las enfermedades crónicas -cáncer, cardiovasculares- equivalen al 70% de la carga de mortalidad”.

Los servicios de salud no son los únicos que están desfasados. Lo mismo ocurre con la educación, otro sector que atraviesa por una profunda crisis estructural, a decir de los especialistas María René Soria y José Martínez.

La primera, especialista en comunicación, educación y juventud, revela que los espacios de formación -independientemente si son de los niveles preescolar, primaria, secundaria o superior-  no suelen elaborar sus programas en respuesta a problemas que enfrentan los bolivianos en la actualidad.

Como ejemplo -la especialista menciona-  una falencia profunda es la educación sexual integral, la que comprende desde la planificación familiar hasta el desarrollo de relaciones afectivas. También indica que los centros educativos no preparan a los niños y jóvenes, con excepciones, a las realidades económicas de la vida de adultos.

“Por ejemplo, cuando egresé me encontré con que yo no estaba bien formada para enfrentarme a la realidad de ser adulto. Los jóvenes no hemos recibido una formación adecuada para manejar bien nuestras finanzas, lo que nos afecta económicamente”, agregó.

Martínez indica que estos problemas se dan en todos los niveles formativos. Si bien en principio los defectos que se encuentran en una de las etapas  no tienen relación directa con  otros en otro espacio, sí pueden agravar los problemas más adelante.

De acuerdo con la especialista, por ejemplo, los bachilleres llegan a las universidades con muchas deficiencias en su formación. Esta es una falencia generada por la secundaria donde estudiaron, cuya malla curricular tiene poco o nada que ver con la carrera que planean seguir.  El problema es que esa falta de conocimiento general, como la capacidad de evaluar la información obtenida y realizar reflexiones sobre la realidad, hace que seguir una profesión les sea más difícil y que los resultados sean paupérrimos.

 “Básicamente los estudiantes recurren a información ya procesada y no tienen la capacidad para evaluar la calidad de esa información. Esto se agrava por la mala utilización de recursos como la inteligencia artificial”, indica el especialista.

Y no es como si cambiar de modelo ayudase mucho. Al igual que hizo Cuentas, Martínez recuerda que en los casi 200 años de vida independiente, Bolivia experimentó y aplicó diversos modelos educativos. Los copió de otros países e, incluso continentes, de sistemas teóricos foráneos o construidos con base en otras experiencias. Todos fracasaron en mayor o menor medida.

“Si pudieras traer una persona de principios del siglo XX, o del siglo XIX o XVIII a nuestro presente, descubrirás que lo único que reconocería sería la escuela. Nuestra forma de enseñar, de ambientar los salones de clase no cambió en los últimos siglos. Esto hace que, por supuesto, nuestra forma de aprender ya sea obsoleta”, dijo.

Esto se complica aún más por el hecho que muchos de los profesores conocen las nuevas tecnologías menos que sus estudiantes. “Si ellos (los maestros) no saben utilizar el Chat GPT, menos podrán guiar a sus alumnos en cómo utilizar el instrumento de forma correcta”.

Las salidas, los desafíos

Ninguno de los analistas consultados ve una salida fácil. Cuentas, de hecho, considera que la solución parte por cambiar desde el modelo productivo y desarrollo del país, posición que comparte con Martínez. El galeno indica que la política de industrialización que se aplica corresponde a la década de 1970, mientras que el científico social asegura que los gobernantes bolivianos, independientemente de su alineación partidaria, mantienen la “mentalidad agrarista del siglo XVIII”.    

Soria explica que, al menos en educación, se requiere de la participación de toda la sociedad, no solo gobernantes y especialistas. Los tres advierten que la salida, en el mejor de los casos, está a una década de trabajo.

 

PUNTOS DE VISTA

Guillermo Cuentas: Bolivia tiene una crisis estructural en los cuatro componentes esenciales de la atención en salud

Bolivia tiene una crisis estructural en el sistema de salud en sus cuatro componentes: financiamiento, gestión, modelo de atención y niveles de atención.

En primer lugar, hoy se define cuánto protege el Estado a sus ciudadanos en relación al gasto per cápita en salud. El país que más aporta al sector es Noruega, con 9.000 dólares, y el promedio mundial es mil. En Sudamérica, el país que tiene más aporte per cápita es Uruguay, con más de 1.400 dólares. Pero, en la cola está Bolivia con solo 304 dólares.

El modelo de gestión es burocrático, ineficiente y obsoleto. El modelo de atención es la forma de prestar los servicios y eso responde al perfil epidemiológico, que en el país se denomina de múltiple carga. Eso significa que las enfermedades crónicas -cáncer, cardiovasculares- equivalen al 70% de la carga de mortalidad.

Pero el Gobierno considera que nuestro perfil es el mismo de finales del siglo XX, cuando cambió completamente.

Respecto a los niveles de atención, la realidad es preocupante. No es que nos falten médicos, porque tenemos 26 facultades, pero no tenemos los especialistas que necesitamos para atender las patologías y tenemos demasiados médicos generales. Asimismo, estamos atrasados en tecnología, excepto en el área de radioterapia de oncología. Pero es insuficiente para las necesidades de la población.

Y en las otras especialidades estamos desfasados. Por ejemplo, no tenemos unidades de trasplante de médula ósea; no podemos hacer las biopsias líquidas.

El futuro va a ser aun más difícil. Vamos a tener más problemas, porque tenemos dos tipos de financiamiento: el modelo de Beveridge y el Bismarquiano. En el segundo, al tener una población mayormente informal y no puede crecer, al punto que la Caja Nacional de Salud ya no podrá servir dentro de poco.

No ayuda que esa institución tenga más administradores y abogados que médicos. Hay solo 30 oncólogos y más de 300 abogados, pese a que la gente se muere de cáncer.

En el espacio público, se financian los seguros públicos con el IDH, que es un impuesto variable. Por lo que cuando este cae, también cae la inversión en salud.

Mientras que el resto del mundo se financia con el modelo de Beveridge, que financia mediante la aplicación de impuestos a productos específicos y estables, como las bebidas azucaradas.

Tenemos que cambiar el modelo de desarrollo. Bajo este modelo no va a salir bien la salud en el país.

Por ejemplo, el PIB del país es de 40 mil millones de dólares. Si tuviéramos que invertir el promedio mundial, mil dólares, necesitaríamos al menos 12 mil millones. O, si quiere, el promedio latinoamericano, 700, necesitaríamos 8.400 millones, el 20% del Producto Interno Bruto, lo que ningún país puede hacer.

Y resolver eso no se puede hacer en un solo año. Necesitamos, por lo menos, una década para cambiar el modelo de desarrollo y entrar al siglo XXI.

 

José Martínez: En Bolivia se hicieron varios ensayos de modelos educativos de distintos tipos que no funcionan

Enfrentamos una situación muy compleja. Tenemos que diferenciar los diferentes niveles educativos en Bolivia -preescolar, primaria, universitaria- que no tienen una relación directa, aunque pueden afectar a las otras.

Por ejemplo, la educación secundaria en el país es muy débil, pésima. Los estudiantes que llegan a la universidad lo hacen con muchas dificultades en términos de razonamiento y de generar reflexiones sobre realidades complejas.  Y eso no puede resolver la universidad.

A su vez, en la educación superior existe un abandono de la lectura de libros importantes para la formación. Básicamente los estudiantes recurren a información ya procesada y no tienen la capacidad para evaluar la calidad de esa información. Esto se agrava por la mala utilización de recursos como la inteligencia artificial.

En este sentido, su formación tiene demasiadas limitaciones en reflexión, crítica y explicaciones de las realidades  más complejas.

Teniendo en cuenta esto, por supuesto que no estamos lo adecuadamente formados para  recibir el Bicentenario. Necesitamos trabajar como sociedad, como instituciones en modificar urgentemente nuestras bases formativas.

Se han ensayado en el país varios modelos: constructivistas, por objetivos, por competencias... Y al final los resultados no son positivos.

Y esto lo vemos en la situación actual. Los bolivianos no sabemos lo que tenemos, ni cómo utilizarlo. Esto se traduce en una pobreza que aumenta cada vez más.

Esto se debe a los gobernantes que tenemos, independientemente del partido que sea, y la mentalidad que tienen, una agrarista del siglo XVIII. Todos ellos piensan que vamos a tener mejor nivel de vida, producción y economía, si deforestamos y destruimos el país y, como resultado, perdimos 19 millones de hectáreas de bosque en los últimos cuatro años y la producción agrícola no se ha incrementado.

Esto resulta de esa mentalidad, de no entender que la mayor parte de los suelos bolivianos son para bosques. Y por tanto destruimos lo que no entendemos, por la mala educación que tenemos.

Necesitamos trabajar en educación. Jaimes Freire decía que “si bien la educación no cambia el mundo, sí forma a quienes lo pueden hacer”. Eso  nos falta.

Para ello tenemos que reconocernos como bolivianos, con culturas diferentes, con saberes y conocimientos de las  naciones originarias, que no terminamos de comprender. Eso hace que haya culturas supremacistas que quieren imponer su cultura y pensamiento.

Por ejemplo, los textos de educación son principalmente andinistas, desconocen la realidad de tierras bajas y eso causa problemas.

Lamentablemente los que hacen los diseños educativos  imponen modelos educativos de otras latitudes. En consecuencia, estos sistemas no tienen posibilidad de prosperar, porque no se adecúan a nuestra realidad.

Tenemos que elevar a saberes universales los conocimientos de las culturas indígenas y no obligar a integrarse a una realidad que no es suya. Y tenemos que actualizar la forma que enseñamos. 

 

María René Soria: La solución para la crisis en la educación requiere de un diálogo en el que esté toda la sociedad

Tenemos muchísimo que avanzar en el tema educativo. Como vimos el año pasado, tenemos que trabajar en el desarrollo de diversas áreas de la enseñanza, entre ellas  la de género y sexualidad.

Tenemos que actualizar nuestros modelos con base en las problemáticas que el país enfrenta en la actualidad. En el sistema educativo aún se ven conceptos y realidades que ya dejamos atrás. Seguimos estancados en modelos que dan prioridad a situaciones que dejaron de ser relevantes para la sociedad en el siglo pasado.

El problema es tal que no puede identificarse un solo nivel -sea preescolar, primaria, secundaria o superior- como donde se origina la crisis.

Es más, se puede decir que el problema afecta de forma transversal a toda la sociedad, y en todos los actores.

No solo son los profesores quienes reproducen los defectos educativos. También están los padres con un alto nivel de responsabilidad, al igual que los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, donde se reproducen muchos de esos discursos.

Todo eso afecta a la formación de las personas. Es una problemática estructural.

Por ejemplo, cuando egresé me encontré que yo no estaba bien formada para enfrentarme a la realidad de ser adulto. Los jóvenes no hemos recibido una formación adecuada para manejar bien nuestras finanzas, lo que nos afecta económicamente.

Tampoco tenemos una educación sexual integral en secundaria. Eso es de suma importancia y cada vez más creo que es esencial que en los colegios se trabaje en ello, tanto para reducir el número de adolescentes embarazadas, como para evitar la transmisión de enfermedades venéreas.

Como mencioné antes, se trata de problemáticas estructurales, por lo que la solución parte de analizar la crisis desde distintas perspectivas y niveles del Estado.

Esto requiere que diversos protagonistas de las políticas sociales del país participen en la creación de un modelo educativo más integral. Un modelo que agarre lo que funciona del actual y cambie lo que se ha probado que no sirve o directamente perjudica a la formación de los niños y jóvenes.

Incluso si nos enfocamos principalmente en la educación, sí o sí tendríamos que incluir sistemas ajenos al modelo convencional que se aplica en Bolivia. De esta manera podríamos elaborar mallas curriculares que se ajusten a las  necesidades y problemáticas que enfrentamos y enfrentaremos.

Es así que en la propuesta del nuevo modelo, por ejemplo, sí o sí debería entrar en discusión la educación emocional; sí o sí  la educación sexual integral, que involucra tanto salud, como las relaciones y la planificación familiar; sí o sí tendría que ingresar la educación financiera, desde las nociones básicas de la economía, hasta el manejo financiero personal.

En las discusiones deberían participar los medios de comunicación y los operadores de las redes sociales. El Gobierno debe dialogar con estos sectores para lograr un equilibrio.

Pero no es algo que lograremos resolver  en un corto plazo. Tenemos que ser conscientes que el cambio se logrará tras años de trabajo.

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