Pie de página
Las propuestas de justicia en el debate presidencial
Entre cumbres recicladas y nostalgias del cuoteo, la justicia volvió a ser el gran perdedor del debate presidencial. En dos minutos y medio, los candidatos intentaron explicar cómo reformar el sistema más podrido del Estado. El resultado fue, como era de esperar, una tragicomedia cronometrada.
El último debate presidencial fue una especie de tragicomedia con cronómetro en mano. Los candidatos tuvieron exactamente dos minutos y medio por eje temático para resolver los grandes dilemas del país. Había un eje para economía y temas afines, otro para justicia y sus ramificaciones, otro para salud y educación, y así sucesivamente. En teoría, el diseño buscaba orden. En la práctica, fue una competencia de oratoria comprimida: un desfile de frases veloces e ideas a medio decir. Pero la responsabilidad no fue de los periodistas, sino del Tribunal Supremo Electoral, que armó un formato tan encorsetado que lo transformó en un ejercicio de pensamientos truncos y palabras interrumpidas. Los moderadores, convertidos en implacables guardianes del tiempo, parecían más atentos a cortar la palabra que en escucharla, víctimas también de un diseño que confundió orden con silencio y democracia con relojería.
Con un formato tan “encorchetado”, lo único que se logró fue demostrar que los debates en Bolivia son más un ritual televisivo que un ejercicio de democracia real. Y entre los ejes temáticos propuestos —economía, justicia, salud, educación— los que más merecían un espacio autónomo, serio y profundo eran, sin duda, el de economía y justicia.
El sistema judicial merecía, al menos, un bloque propio. Pero no: le dieron dos minutos y medio de gloria y un minuto de preguntas para resolver el mayor desastre institucional del país. Con ese tiempo, apenas alcanza para decir “la justicia está mal” y sonreír a la cámara.
Aun así, entre tanta prisa, se filtraron algunas perlas. Rodrigo Paz, por ejemplo, anunció que al día siguiente de su posesión convocará a una Cumbre de la Justicia. ¡Qué emoción! Otra cumbre. Porque, como todos sabemos, las cumbres han sido una fuente inagotable de soluciones en Bolivia. Evo Morales ya convocó dos “cumbres de la justicia”: una terminó en nada y la otra se autoproclamó “permanente”, es decir, un fracaso sostenido en el tiempo.
En esas reuniones participaron jueces, fiscales, magistrados, organizaciones sociales y ONGs, todos reunidos para no cambiar absolutamente nada. Y no por casualidad: los menos interesados en transformar la justicia son justamente quienes viven de su decadencia. Ojalá que la cumbre que propone Rodrigo Paz sea distinta; pero el solo hecho de que haya escogido Sucre como sede ya anticipa que los mayores interesados en que nada cambie estarán en primera fila, defendiendo el statu quo con la solemnidad de siempre.
Por otro lado, Jorge “Tuto” Quiroga propuso regresar al viejo sistema del cuoteo político. Sí, ese método tan entrañable en el que los partidos se reparten magistrados como si fueran caramelos, según la fuerza que tengan en la Asamblea Legislativa. Por supuesto, comparado con la elección por voto popular —esa tragicomedia de papeletas y desconocimiento— el cuoteo parece casi la panacea. Pero no nos engañemos: es como elegir entre un naufragio y un incendio.
El cuoteo político también tuvo sus glorias: un 93% de detenidos preventivamente, es decir, presos sin sentencia, juicios de responsabilidades usados como venganza, presupuesto esmirriado, mora judicial, corrupción, etc., que convertían la justicia en una feria. En otras palabras, volver al cuoteo sería como rescatar el Titanic para usarlo de bote salvavidas.
Y mientras se hablaba de cumbres y cuotas, hubo un gran ausente en el escenario: la justicia indígena originaria campesina. Brilló por su ausencia, pese a que se aplica —mal o bien— a casi cuatro millones de bolivianos, es decir, a más de treinta por ciento de la población del país. Nadie la mencionó, nadie la explicó, nadie se preguntó cómo se articula o qué garantías ofrece a los derechos fundamentales. Un silencio tan elocuente como preocupante.
¿Cómo de paradójica es la vida? la crisis es tan profunda que los fracasos del pasado ahora parecen soluciones. Nos hemos acostumbrado tanto a la injusticia, que cualquier promesa —aunque sea un eco del pasado— suena a esperanza.
Pero lo que el país necesita no son cumbres, ni cuotas, ni elecciones populistas. Necesita un sistema judicial donde el único camino sea el mérito, la capacidad y la carrera limpia de quienes comienzan desde abajo y ascienden sin deberle favores a nadie. Solo así la justicia dejará de ser una herramienta de poder para convertirse en lo que debería haber sido siempre: el escudo del ciudadano frente al abuso del Estado.
Esa es la lógica del Gobierno del Poder Judicial (GPJ): una institución no jurisdiccional, de representación política, administrativa, financiera y disciplinaria, cuyo único objetivo sea blindar la independencia del sistema judicial y que realice el ideal de la separación de poderes, donde los jueces y fiscales asciendan por méritos propios —profesionales, académicos, pero sobre todo éticos y morales—, y no por padrinazgos ni favores. Solo así la justicia dejará de ser el botín de unos pocos y se convertirá en lo que siempre debió ser: el refugio del ciudadano frente al poder.
Tal vez ese día, cuando la justicia ya no se reparta en cuotas ni se discuta en cumbres, podamos decir que Bolivia, por fin, dejó de administrar su injusticia y empezó a construir su libertad.