Pie de página
El falso “genocidio israelí” y la memoria del verdadero holocausto
Hablar de genocidio no es un asunto menor. La humanidad aprendió esa palabra a partir del horror del Holocausto: seis millones de judíos exterminados sistemáticamente por el régimen nazi solo por el hecho de ser judíos. Cámaras de gas, hornos crematorios, guetos, campos de concentración: esa fue la maquinaria del genocidio. Eso es lo que significa planificar, organizar y ejecutar la aniquilación de un pueblo entero por razones étnicas y religiosas.
Hoy, a más de ochenta años del Holocausto, resulta grotesco y profundamente ofensivo escuchar a una comisión de las Naciones Unidas afirmar que Israel estaría cometiendo genocidio en Gaza. No se trata solo de un error jurídico; se trata de una mentira histórica que banaliza el recuerdo del genocidio nazi y, de paso, legitima a quienes, desde el fanatismo islámico, no esconden su deseo de repetir aquella aniquilación.
La verdad de los hechos
La guerra actual no comenzó con Israel, sino con el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023. Ese día, Hamás perpetró una masacre sin precedentes: alrededor de 1.200 personas fueron asesinadas, la mayoría civiles, entre ellos centenares de jóvenes ejecutados en el Nova Music Festival mientras participaban de un festival juvenil de música. Además, 251 personas fueron secuestradas y trasladadas a Gaza. Tras dos años de negociaciones, operaciones militares y acuerdos de intercambio, todos los rehenes vivos han sido finalmente liberados, aunque Hamás aún retiene los cuerpos de varias víctimas asesinadas durante el cautiverio o en los primeros días del ataque. Este hecho resume la naturaleza inhumana del terrorismo islámico radical: ni siquiera la muerte pone fin a su perversión moral.
¿Puede alguien en su sano juicio llamar “genocidio” a la respuesta de un Estado que defiende a sus ciudadanos frente a semejante barbarie? Lo que existe es una guerra dolorosa, con la lamentable pérdida de miles de vidas palestinas —según cifras locales, más de 64.000 muertos, entre ellos miles de niños—. Una tragedia, sin duda, pero no un genocidio. La diferencia es esencial: Israel no busca exterminar al pueblo palestino, busca derrotar a una organización terrorista que usa a los palestinos como escudos humanos, que convierte hospitales, escuelas y mercados en arsenales, y que dispara misiles y explosivos indiscriminadamente contra ciudades israelíes.
El contexto político reciente
En las últimas semanas, la presión internacional —particularmente la ejercida por el expresidente Donald Trump, quien ha vuelto a involucrarse en las negociaciones de Medio Oriente— impulsó acuerdos de alto el fuego temporal entre Israel y Hamás. Si bien estos pactos permitieron el intercambio de rehenes y breves pausas humanitarias, no modifican la raíz del conflicto: el terrorismo como método de acción política. Israel ha aceptado estas treguas no por debilidad, sino por compromiso humanitario y presión diplomática, mientras Hamás las aprovecha para rearmarse y prolongar una guerra que dice querer terminar, pero que en realidad necesita mantener viva.
Una señal desde Bolivia
En este escenario internacional, una noticia alentadora ha surgido desde nuestro país: el presidente electo de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira, ha anunciado el fortalecimiento de las relaciones diplomáticas con Israel. Es una decisión valiente y necesaria, que rompe con la política exterior ideologizada de los últimos años y representa un golpe simbólico a los sectores del socialismo del siglo XXI que apoyaron su candidatura en la segunda vuelta esperando una continuidad del alineamiento con Irán, Cuba y Venezuela. Este giro devuelve a Bolivia al terreno del equilibrio y la sensatez, reafirmando que la solidaridad con Israel es, en el fondo, un acto de defensa de la civilización frente a la barbarie.
La perversión de la narrativa
Los verdaderos genocidas son los terroristas que, enceguecidos por el odio, exponen deliberadamente a su propia población para alimentar la maquinaria propagandística que luego reproducen sus aliados en la izquierda internacional y en ciertos medios de comunicación. Esa perversión —usar la vida inocente como escudo y como instrumento político— constituye un crimen de lesa humanidad que sí merece el repudio universal.
Comparar la legítima defensa de Israel con el genocidio nazi no solo es un insulto a la memoria de las víctimas del Holocausto; es también un acto de antisemitismo contemporáneo. Detrás de esa narrativa se esconde el viejo odio que en el pasado justificó pogromos, persecuciones y hornos crematorios, ahora disfrazado de causa “progresista”.
La historia y la responsabilidad moral
La historia juzgará a quienes, por ideología o cobardía, se atrevieron a inventar un genocidio que no existe, mientras guardaron silencio frente al verdadero crimen: el terrorismo fundamentalista islámico que desató esta guerra. Algún día, la izquierda internacional y los defensores del socialismo del siglo XXI deberán asumir la responsabilidad moral de haber difundido un relato falso, antisemita y profundamente inmoral, que pretendió convertir en verdugo a la víctima y en víctima al verdugo. Mientras tanto, Israel seguirá luchando —con coraje, con dolor y con dignidad— por lo más sagrado: la vida de su pueblo y la defensa de su libertad.
La memoria como deber moral
Porque la memoria del Holocausto nos obliga a hablar con precisión: genocidio fue lo que hicieron los nazis. Lo de hoy, en cambio, es un pueblo que se defiende con dignidad frente a quienes sueñan con repetir la barbarie. Y aunque los acuerdos de alto el fuego patrocinado desde Washington den un respiro momentáneo, no habrá paz verdadera mientras el mundo siga premiando al terrorismo y castigando a las democracias que se defienden.