La captura de Maduro, la Doctrina Donroe y Bolivia
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, tras los ataques militares lanzados el 3 de enero de 2026 contra objetivos estratégicos en Venezuela, marca un punto de inflexión en la política hemisférica de Estados Unidos y confirma la reactivación explícita de la Doctrina Monroe en su versión contemporánea. Lejos de tratarse de un hecho aislado, la operación contra el régimen venezolano es la culminación de una estrategia de posicionamiento global que concibe al hemisferio occidental como área natural de influencia de Washington.
Esta visión, que hunde sus raíces en la Doctrina Monroe proclamada en 1823, ha sido actualizada bajo el liderazgo de Donald Trump a través de un enfoque abiertamente transaccional, coercitivo y pragmático. No se trata de una restauración nostálgica del pasado, sino de una doctrina funcional a un nuevo orden internacional caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la utilización del poder duro y la primacía del interés nacional. Por ello, cada vez más analistas se refieren a esta estrategia como la Doctrina Donroe, combinación del nombre de Donald Trump y del presidente James Monroe.
El Corolario Trump y la formalización doctrinaria
Esta orientación quedó formalmente explicitada en la Estrategia de Seguridad y Defensa de Estados Unidos publicada en diciembre de 2025, donde Washington establece que la Doctrina Monroe sigue plenamente vigente, aunque aplicada mediante un nuevo corolario: el Corolario Trump. Según este documento, Estados Unidos se arroga el derecho de actuar de manera preventiva, coercitiva o directa en el hemisferio occidental cuando identifique amenazas a su seguridad nacional, a la estabilidad regional o a sus intereses estratégicos, ya sea por la acción de regímenes hostiles, del crimen organizado transnacional o por la creciente influencia de potencias extrarregionales como China, Rusia e Irán.
A diferencia del histórico corolario Roosevelt, el énfasis ya no está en la ocupación o administración directa de territorios, sino en una combinación flexible de instrumentos: presión comercial, sanciones financieras, incentivos económicos, cooperación selectiva y, cuando se considera necesario, el uso directo de la fuerza. En este marco doctrinario se inscriben tanto la política de aranceles aplicada durante 2025 como la intervención militar en Venezuela y la captura de Maduro.
Garrote y zanahoria en el hemisferio occidental
Los ataques a Venezuela y la captura de Maduro constituyen la expresión más extrema de esta doctrina, pero no la primera. A lo largo de 2025, Estados Unidos ya había venido aplicando esta lógica mediante una política regional de aranceles, sanciones, presiones diplomáticas y beneficios selectivos. América Latina fue tratada como un tablero estratégico en el que Washington distribuyó castigos y recompensas según el alineamiento de cada gobierno con sus intereses.
Países como México, Canadá y Brasil enfrentaron fuertes presiones comerciales. Brasil, en particular, fue objeto de aranceles punitivos de hasta el 50%, además de sanciones y otras formas de presión política, no solo por su política exterior ambigua, sino también por el procesamiento y condena judicial de Jair Bolsonaro, viejo aliado de Trump. Nicaragua y Cuba, por su parte, recibieron nuevas sanciones, mientras que Venezuela terminó convirtiéndose en el caso paradigmático del uso directo de la fuerza como instrumento de disciplinamiento regional.
En contraste, otros países fueron claramente beneficiados por alinearse con Washington. Argentina recibió una línea de crédito cercana a los 20.000 millones de dólares, estratégicamente diseñada para fortalecer al gobierno de Javier Milei en un contexto electoral clave. El Salvador, por su parte, se consolidó como un socio privilegiado: además del respaldo político al gobierno de Nayib Bukele, recibe transferencias financieras de Estados Unidos a cambio de cooperar activamente en materia migratoria y de seguridad, incluyendo la recepción de deportaciones de criminales de alta peligrosidad desde territorio estadounidense. Estos casos ilustran con claridad la lógica transaccional que hoy rige las relaciones hemisféricas.
El caso boliviano: del garrote a la adaptación
Bolivia no quedó al margen de esta dinámica. Durante el gobierno antiimperialista de Luis Arce, el país fue objeto de un incremento arancelario del 10% al 15% a partir de agosto de 2025, como respuesta al apoyo explícito del entonces presidente boliviano a la dictadura de Nicolás Maduro, manifestado tanto en comunicados oficiales como en publicaciones en redes sociales. A ello se sumó una nueva descertificación por incumplimientos en la lucha contra el narcotráfico, medida que, esta vez, también alcanzó a Colombia, reforzando el mensaje de Washington hacia los gobiernos percibidos como adversarios o poco confiables.
El mensaje fue inequívoco: Estados Unidos está dispuesto a premiar a quienes cooperen con sus objetivos estratégicos y a castigar, sin ambigüedades, a quienes los desafíen. En este contexto, la apelación a principios abstractos, discursos ideológicos o gestos simbólicos de “dignidad” tuvo costos concretos para Bolivia.
Bolivia ante la Doctrina Donroe
Frente a esta nueva realidad, Bolivia debe adoptar una política de adaptación inteligente. Siguiendo los principios del realismo periférico, el país debe evitar los costos innecesarios del enfrentamiento con la principal potencia económica y militar del planeta y buscar una relación pragmática de beneficio mutuo.
Afortunadamente, todo indica que esta es la orientación que está siguiendo el gobierno de Rodrigo Paz, que ha iniciado un acercamiento constructivo con Washington. Este giro, como ha explicado el canciller Fernando Aramayo, deberá traducirse en resultados concretos: acceso a financiamiento, apertura de mercados, atracción de inversiones, cooperación tecnológica y fortalecimiento del comercio. El objetivo estratégico es simple: que Bolivia pase a integrar el grupo de países que reciben zanahoria y no garrote.
El nuevo orden internacional no premia el idealismo, sino la capacidad de leer correctamente la correlación de fuerzas desde una perspectiva realista. Los países que comprenden su peso geopolítico y actúan en consecuencia logran maximizar beneficios y minimizar costos. Bolivia debe guiarse por estas premisas de realismo periférico. Entender la Doctrina Donroe no implica celebrarla, sino asumirla como un dato estructural de la realidad internacional. En un mundo cada vez más transaccional y abiertamente imperialista, lo que debe guiar la acción del Estado no es la ideología, sino el interés nacional.