2026-03-02

La Ley

La ley se ha convertido en un instrumento de saqueo tan extendido que ha corrompido la definición de justica (y de injusticia).

Estoy releyendo La Ley de Frédéric Bastiat, una lectura obligatoria para todo estudioso del funcionamiento de una sociedad y su relación con el Estado. Lo recomiendo con entusiasmo. Es un librito corto, en realidad un largo ensayo, y no tiene un párrafo de desperdicio.

Bastiat era un economista y político francés. Nació en 1801 y murió muy joven en 1850. Fue un autor prolífico y la mayoría de sus obras se han constituido en clásicos del liberalismo económico y la ciencia política. La “falacia de la ventana rota” o la “parábola de la petición de los fabricantes de velas,” por ejemplo, son ensayos imprescindibles en la mayoría de las universidades o al menos en aquellas que se toman en serio el método del pensamiento económico.

En La Ley, Bastiat argumenta que la ley o la legislación es, o debería ser, un arreglo social que nos permita ejercer el derecho individual a la legítima defensa. Así entendida, por lo tanto, la ley es un instrumento que permite ejercer un derecho negativo (la defensa contra la agresión) y no un derecho positivo (la posibilidad de satisfacer alguna necesidad u obtener algún bien o servicio). En efecto, Bastiat afirma de manera categórica que cuando la ley es utilizada para ejercer un derecho positivo, esta se convierte en un instrumento formal de saqueo.

Bastiat construye su argumento en la tradición de Tomás de Aquino, Thoma Hobbes y John Locke, para citar a algunos filósofos, que pensaban que los seres humanos poseemos ciertos derechos naturales (concedidos por Dios), que preceden a la creación del Estado y de la ley. Estos “regalos de Dios” son la vida o la individualidad, la libertad y la propiedad privada. El único rol de la ley es, entonces, permitir al individuo proteger sus derechos naturales ante la posible agresión de otros individuos.

Desafortunadamente, dice Bastiat, la ley ha sido pervertida para permitir ejercer derechos positivos, es decir, derechos sobre cosas que van más allá de los derechos naturales regalados por Dios. ¿Qué derechos son esos? Los conocemos todos, están escritos en varias constituciones (ciertamente en la nuestra) y hasta en “declaraciones universales” de “derechos humanos:” derecho a la educación, derecho a la salud, derecho a la vivienda, etc. El problema, por supuesto, es que todas esas cosas son bienes o servicios económicos, es decir, cuestan plata y alguien los tiene que pagar. Establecerlos como derechos, por lo tanto, requiere necesariamente forzar a ciertos sectores de la sociedad a pagarlos en beneficio de otros violando así su derecho a la libertad y al uso discrecional de su propiedad privada.

La perversión de la ley es tremendamente peligrosa porque legitima la toma forzada de la propiedad privada. Esto hace que, a medida que pasa el tiempo, no podamos ya distinguir lo que es justicia de lo que es injusticia. Ahora, por ejemplo, nos parece justo quitarles su propiedad a unos (impuestos) para pagar la educación de otros, u ofrecerles el lugar a unos porque tienen cierto color de piel o etnicidad en desmedro de otros (esto es lo que hace la famosa “acción afirmativa” o “discriminación positiva”), o establecer cuotas para mujeres en desmedro de hombres en la política, etc. Hemos llegado a un punto en que la justicia no debe ser simplemente justa, o permitir la defensa de derechos naturales y el mérito, sino que debe ser “filantrópica.”

Cuenta Bastiat que en una correspondencia con Alphonse de Lamartine, el gran político francés que fuera Ministro de Relaciones Exteriores durante la Revolución Francesa, este le escribió con aires de superioridad moral “Su doctrina es solo la mitad de mi programa. Ud. no va más allá de la libertad, yo continúo hacia la fraternidad.” A lo que Bastiat respondió “La segunda mitad de su programa destruirá la primera.”

Y es que la “filantropía” o la “fraternidad” o la “solidaridad” son cualidades altamente valiosas cuando son estrictamente voluntarias. Pero cuando estas cualidades se exigen utilizando la fuerza del Estado, estas dejan de ser lo que son y se convierten en saqueo: restringen la libertad individual, atacan la propiedad privada y, si nos resistimos, pueden acabar con nuestra vida. Si no me cree pregúntese qué le podría pasar si declara que no quiere pagar impuestos para que sean usados para redistribución y resiste a las fuerzas del orden cuando estas vengan a arrestarlo.

La ley se ha convertido en un instrumento de saqueo tan extendido que ha corrompido la definición de justica (y de injusticia). Tanto es así que ahora le ponemos adjetivos a la justicia para disfrazar esa corrupción como virtud. Cuando escuche o lea cosas como “justicia social,” “justicia distributiva,” “justicia impositiva,” “justicia racial,” etc., sabrá que está ante lo peor de la maldad: la legitimación del uso del poder para coartar la libertad individual. Eso es, después de todo, el socialismo.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota
Te puede interesar