2026-03-05

La Tribuna

Entre goles, misiles y cenizas

La analogía es inevitable: mientras el césped se prepara para recibir la danza de los cracks, las arenas del desierto se tiñen de pólvora. El Mundial es la metáfora de la unión, la guerra la metáfora de la ruptura.

Sports 360 / La Paz

El Mundial de Fútbol 2026, esa magna celebración que se desplegará en Estados Unidos, México y Canadá, se anuncia como un carnaval planetario de pasiones, un vértigo de estadios colmados y gargantas al unísono. Sin embargo, la guerra que se desata en Medio Oriente amenaza con oscurecer la luminaria de la fiesta. El balón, símbolo de unidad, se ve interpelado por los misiles que desgarran la geografía persa. La posible negativa de Irán a participar, tras los ataques y represalias que han sacudido la región, abre un boquete en la ilusión universal del certamen.

De un lado, la mirada jubilosa: el campeonato expandido a 48 selecciones promete ser un mosaico de culturas, un caleidoscopio de estilos, una sinfonía de goles que paralizará al planeta. La tríada de sedes ofrece un escenario sin precedentes, con fronteras borradas por la pelota y con la promesa de que cada jornada será un himno a la fraternidad. El fútbol, ese idioma sin traducción, se erige como antídoto contra la fragmentación.

Del otro lado, la visión sombría: la conflagración bélica en Asia Occidental, con la muerte del líder iraní Alí Jameneí y el cierre del estrecho de Ormuz, proyecta un eco de incertidumbre sobre la justa deportiva. La ausencia de Irán, nación que ha sido habitual protagonista en las últimas Copas del Mundo, no sería solo un vacío en el fixture, sino una herida en el espíritu ecuménico del torneo. La guerra, antónimo de juego, se infiltra en la gramática del deporte.

La analogía es inevitable: mientras el césped se prepara para recibir la danza de los cracks, las arenas del desierto se tiñen de pólvora. El Mundial es la metáfora de la unión, la guerra la metáfora de la ruptura. El contraste es brutal, como un estadio iluminado frente a una ciudad bombardeada. La paradoja se instala: la fiesta que debería ser universal se ve amenazada por la tragedia que también es universal.

Algunos sostienen que el fútbol, por su carácter catártico, puede ser bálsamo en tiempos de zozobra. Que la pelota, al rodar, suspende las hostilidades y ofrece un respiro a la humanidad. Otros, en cambio, advierten que celebrar mientras se derrama sangre es un acto de frivolidad, un espejismo que ignora la devastación. Dos ponencias, dos miradas: la euforia del gol y la congoja del misil.

El editorial no puede sino concluir en la reflexión: el Mundial 2026 será, inevitablemente, un torneo atravesado por la contradicción. La universalidad del fútbol se enfrenta a la universalidad del dolor. La esperanza es que, al menos por noventa minutos, el planeta encuentre en el balón un símbolo de concordia. Pero la realidad recuerda que la paz no se juega en los estadios, sino en la arena política. Y allí, la victoria aún está pendiente.

Pero la paradoja no se limita a las arenas del Medio Oriente. En el propio continente anfitrión, la zozobra también se hace presente. México, uno de los tres países que abrirán sus estadios al mundo, atraviesa jornadas de violencia desmedida en la lucha contra el narcotráfico. Las balas que retumban en las calles contrastan con las garantías otorgadas por las máximas autoridades mexicanas. La contradicción es palmaria: mientras se prepara la fiesta, la tragedia cotidiana amenaza con empañar la celebración.

El dramatismo se multiplica: la confrontación entre carteles y fuerzas de seguridad, los episodios de sangre que estremecen a la sociedad mexicana, son un recordatorio de que la paz no es un telón de fondo garantizado. El fútbol, que debería ser sinónimo de alegría, se ve rodeado por un ambiente caldeado, donde el temor se hace más notorio día tras día y a todo nivel. La prisa de la vida cotidiana se convierte en un espejo de la prisa de la violencia, y el contraste con la calma que debería acompañar al Mundial es brutal.

La pregunta se instala con fuerza: ¿podrá cambiar este panorama, tomando en cuenta que estamos a menos de 100 jornadas para el inicio del torneo más representativo del deporte? La cuenta regresiva avanza inexorable, como un reloj que no se detiene, y la esperanza se mezcla con la incertidumbre. El continente americano, anfitrión de la fiesta universal, carga también con sus propios fantasmas. La paradoja se intensifica: el mismo suelo que recibirá a millones de aficionados es el que hoy tiembla por los acontecimientos aquí y allá.

En Bolivia, la afición se aferra a un retorno inesperado: Marcelo Martins, el eterno goleador, ha decidido volver del retiro tras dos años de ausencia. Su regreso, aunque marcado por la notoria falta de trabajo físico y un crecimiento visible del tejido adiposo, despierta ilusión en Santa Cruz y más allá. El delantero pone todo de sí para alcanzar la forma que le permita ser convocado por Óscar Villegas, y la pregunta se instala: ¿será que lo logra? Mentalmente parece indestructible, físicamente cuesta creerlo, futbolísticamente aún puede dar. Su sola presencia carga de presión incalculable al equipo, liberando a sus compañeros de ese peso, pero al mismo tiempo generando dudas sobre la justicia de tal expectativa. ¿Y qué de los otros delanteros —Algarañáz, Monteiro y Miranda— que día tras día parecen más lejos de alcanzar nivel internacional? La paradoja se repite: la esperanza de un país se concentra en un hombre que lucha contra el tiempo y contra su propio cuerpo.

El 26 de este mes enfrentamos a Surinam en Monterrey – México por el repechaje. A ver cómo nos va. De momento hay ilusión, también esperanza; pero sobre todo hay incertidumbre por el rendimiento de nuestra Selección. Como siempre a “cruzar los dedos”, no nos queda otra.

En fin, con todo, el planeta entero parece caminar sobre un hilo invisible, suspendido entre la euforia de un balón que rueda y el estruendo de un cañón que retumba. La humanidad, en su contradicción más pura, celebra mientras llora, canta mientras se desgarra, sueña mientras despierta en pesadillas. El fútbol, esa metáfora de unidad (dejemos de lado momentáneamente el razonamiento que los psicólogos hacen cuando hablan de balmpié y aseguran que es la antesala de una confrontación bélica), se convierte en un espejo que refleja tanto la esperanza como la fragilidad de nuestra especie. Y en ese reflejo, el lector siente que la lágrima no es debilidad, sino la más auténtica confesión de que seguimos siendo humanos, vulnerables y, aun así, obstinadamente soñadores.

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