La Paz, ciudad mártir
La ciudad de Nuestra Señora de La Paz sufre las duras consecuencias de ser sede de gobierno en un país en el que prevalecen los conflictos. La realidad nacional presenta déficits en todo orden, mientras no se superen los problemas estructurales y las condiciones de vida de las mayorías en lo económico, social, político y ambiental, no se puede esperar la reducción significativa de conflictos.
Marchas, mítines, bloqueos y enfrentamientos violentos son parte usual del paisaje urbano que nos toca habitar. La convulsión social frecuente ocasiona daños a la salud mental y física de los habitantes causando trastornos, heridos y hasta muertos, obstruye la movilidad urbana perjudicando a las actividades de trabajo, estudio, servicios y culturales, provoca el desabastecimiento y encarecimiento de alimentos e insumos de primera necesidad, dificulta o impide gestiones ante organismos públicos y privados, actividades económicas como ser comercio, transporte, turismo e industria son seriamente afectadas. Se ahuyentan emprendimientos e inversiones que se ven forzadas a emigrar. En resumen, la calidad de vida desciende a niveles intolerables que convierten periódicamente a La Paz en una ciudad mártir.
La destrucción del ornato público, pavimentos, mobiliario urbano, áreas verdes, bienes públicos y privados llegaron a ser normalizados. Hace poco, maestros rurales realizaron graves destrozos en el edificio del Ministerio de Educación llegando a herir a funcionarios con pedradas, estos hechos vergonzosos demuestran que los autores no pueden ser considerados referentes ni menos ejemplos de vida para niños y adolescentes que son sus alumnos. Viene a mi memora el notable intelectual Mariano Baptista Gumucio, autor del libro “Salvemos a Bolivia de la Escuela”, que decía: “Los maestros, después de titularse no leen ni el almanaque”, las excepciones a esta regla sí existen.
La ciudad es la casa grande de los ciudadanos, merece amor, respeto, cuidado y consideración, nunca maltrato y destrucción. La mala educación prevaleciente, la inexistencia de educación ciudadana y la escasa conciencia social son factores que inciden en esta dramática situación caracterizada por las bajas condiciones de habitabilidad urbana.
Las demandas de sectores sociales relacionadas con reivindicaciones o posiciones políticas pueden ser justas o no, sin embargo, los métodos de lucha vigentes emparentados con la intolerancia, la intransigencia y la violencia están fuera de lugar. Los chicotazos, uso de explosivos peligrosos, uso de armas contundentes de diferentes tipos, son ciertamente procedimientos absolutamente ilegales e ilegítimos.
Los destrozos no son reparados por los autores de los hechos violentos que si son detenidos son liberados en breve tiempo sin observancia de la ley. Las reparaciones pasan a cargo de los propietarios que recurren a sus recursos propios o a entidades públicas que acuden a recursos estatales. Esos son abusos descarados que quedan en la impunidad.
La afectación principal de las movilizaciones violentas no es a los niveles de gobierno sino más bien a la población, con mayor rigor a los más vulnerables e indefensos, que no es causante ni menos responsable de resolver los problemas que motivan las acciones masivas agresivas.
El escudo de armas de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz tiene en sus bordes la leyenda: “Los discordes en concordia en paz y amor se juntaron y pueblo de paz fundaron para perpetua memoria”, simbolizando la reconciliación y la pacificación.
¡La Paz merece vivir en paz!