La Tribuna
El fútbol del chip y el fin de los vivos
El fútbol cambió de camiseta y nos está costando adaptarnos. Hoy, el offside milimétrico que le cobraron a Davinson Sánchez contra Portugal o la expulsión de Miguel Almirón por taparse la boca no son simples anécdotas; son las nuevas reglas de juego de un deporte que ya no se disputa solo con los pies, sino con ojos electrónicos que todo lo ven.
Si retrocedemos la cinta hasta México 86, nos acordamos de la cantidad de patadas y hachazos que recibió Diego Maradona ante la mirada de los árbitros que dejaban pasar de todo. Antes, el fútbol vivía de la famosa "viveza criolla" y de las mañas que quedaban en la cancha.
El recordado Hugo Rocha, el famoso "San Martín" que brilló en el Municipal de La Paz en la década del 60, contaba, por ejemplo, que los defensores rivales entraban a jugar con alfileres escondidos en el pantalón corto. En cada tiro de esquina, cuando el árbitro miraba para otro lado, le metían un pinchazo para hacerle perder la cabeza y sacarlo del partido. Eran artimañas al límite que morían ahí, en el secreto del área grande. En ese fútbol de antes, el offside dependía del ojo del línea, un tipo presionado por miles de almas en la tribuna que tenía que cobrar en una milésima de segundo. Obvio que había errores garrafales, y muchos de ellos costaron partidos, eliminaciones dolorosas y llantos que duraron años.
La evolución nos trajo hasta acá. Hoy ya no puedes buscar la ventaja siendo el "vivo" de la cancha: no puedes insultar al rival cara a cara, no puedes fingir un penal sin que te pesque el VAR, y el margen para sacar provecho del error del árbitro se redujo al mínimo. Pero esa obsesión por la justicia tiene un precio altísimo que terminamos pagando todos.
Cuando el VAR te cobra un fuera de juego por la punta del botín, la tribuna explota de la rabia. Pasó con los periodistas colombianos, que gritaron "robo" al cielo tras lo de Sánchez. O la misma impotencia paraguaya al ver marcharse a Almirón por un insulto, tapándose la boca.
El fútbol moderno te exige cabeza fría dentro de un cuerpo de gladiador. Hoy, la resiliencia no es una opción; es una obligación para los jugadores que deben morderse la lengua, para los técnicos que tienen que cuidar cada detalle en la pizarra, y para nosotros, los periodistas y los hinchas, que debemos aprender a gritar los goles con el freno de mano puesto.
Sin embargo, que no se confundan los señores de escritorio. Pueden llenar la cancha de sensores, trazar líneas milimétricas en las pantallas y sancionar las palabras, pero la esencia no se toca. El corazón del juego —ese que te hace abrazar al de al lado en la tribuna, el que te corta la respiración en un tiro libre en el último minuto y te deja la garganta rota— no se puede programar en un chip. Por eso, con alfileres o con tecnología de punta, el fútbol sigue siendo el rey de los deportes. Y contra esa pasión, no hay pantalla que pueda.