La Tribuna
Se acabó el miedo a los gigantes
El Mundial 2026 ya tiene su primera gran víctima. Alemania está fuera. Paraguay escribió una de las páginas más memorables de su historia al eliminar a la tetracampeona del mundo en una dramática definición por penales, después de empatar 1-1 durante 120 minutos.
Horas antes, Brasil también había sufrido más de lo esperado para derrotar 2-1 a Japón con un gol agónico en el tiempo de descuento. Dos partidos, dos historias diferentes y una misma conclusión: las potencias ya no intimidan como antes.
Durante décadas, las camisetas parecían jugar solas. Brasil, Alemania, Argentina, Italia o Francia ingresaban a un Mundial con una ventaja psicológica que muchas veces resolvía partidos antes del pitazo inicial. Ese tiempo terminó.
Japón estuvo a minutos de eliminar a Brasil. Le jugó de igual a igual, presionó alto, se defendió con inteligencia y obligó al equipo de Carlo Ancelotti a recurrir a toda su jerarquía para sobrevivir. La Canarinha reaccionó con el orgullo de los campeones, encontró el empate por intermedio de Casemiro y, cuando todo apuntaba al tiempo suplementario, apareció Gabriel Martinelli para sellar una clasificación que se festejó más con alivio que con euforia.
Pero mientras Brasil encontró una salida, Alemania no la tuvo.
Paraguay construyó su clasificación desde una virtud que históricamente ha identificado al fútbol guaraní: competir hasta el último segundo. Resistió el dominio alemán, respondió cuando fue necesario y terminó llevando la definición a los penales, donde la personalidad terminó pesando más que la historia. Allí, los dirigidos por Gustavo Alfaro completaron una hazaña que ya forma parte de las grandes sorpresas de esta Copa del Mundo.
Lo ocurrido no debería sorprender tanto. El nuevo formato con 48 selecciones ha ampliado las oportunidades, pero también ha elevado el nivel competitivo. Las selecciones emergentes llegan con futbolistas formados en las mejores ligas del mundo, con preparación física de primer nivel y una convicción que antes no existía.
Hoy las diferencias son mínimas. Un error, una pelota detenida o una tanda de penales pueden derrumbar décadas de prestigio.
Brasil continúa en carrera y ahora espera al ganador entre Noruega y Costa de Marfil. Paraguay, en cambio, llega a los octavos convertido en el símbolo de un Mundial que parece decidido a romper cualquier pronóstico.
Quizá dentro de algunos años recordemos esta Copa del Mundo no por el campeón, sino por el torneo en el que definitivamente murió el respeto excesivo hacia las grandes potencias. Porque el fútbol, como la historia, siempre encuentra la manera de recordarnos que ningún imperio es eterno.