2026-07-23

La Tribuna

El gusto de lo impuesto y lo expuesto

Lo lindo de un juego es que quien participa lo hace con total voluntad, buscando la satisfacción en cada detalle, pero también actuando dentro de los límites reglamentarios.

El espíritu lúdico del ser humano lo ha llevado desde el inicio de los tiempos a relacionarse con su misma especie en un contexto competitivo, igualitario y de participación masiva. La máxima expresión de dicha característica humanoide es la mayor celebración cuatrienal del rey de todos sus juegos: El Mundial de fútbol.

Lo lindo de un juego es que quien participa lo hace con total voluntad, buscando la satisfacción en cada detalle, pero también actuando dentro de los límites reglamentarios. De la misma manera, el fútbol aglutina un inmenso legajo de reglas y más aún en los mundiales. Sucede que, en la fiesta de todos, las lupas se multiplican y los lentes se maximizan, pero eso no es todo, pues también los anfitriones rayan su propia cancha tanto para las delegaciones participantes como para los millones de visitantes. En el recientemente caducado torneo, los anfitriones fueron tres, aunque fue en el patio del Tío Sam donde se disputó más del 75% del certamen, por lo que el marco normativo y las muchas pinceladas que le dieron al festival futbolístico, estuvieron a cargo en su mayoría de artesanos estadounidenses.

Empezando por la quisquillosa selección de quienes eran dignos de pisar suelo norteamericano, hasta las intromisiones que existieron en el espectáculo como tal, Estados Unidos dejó muchísima tela por cortar en lo que se refiere a la organización de la Copa Mundial de la FIFA. Miles de personas se quedaron con las ganas de poder asistir por la negativa del visado, pero el seleccionado iraní fue sin duda el más perjudicado de la competencia en ese aspecto, y es que le negaron la visa a más de 15 integrantes del cuerpo técnico que tuvieron que operar desde su campamento oficial en Tijuana, México, lugar donde decidieron acampar porque, además, los pocos que tuvieron el privilegio de recibir el permiso de ingreso debían cumplir con una condición: Aterrizar pocas horas antes del partido y abandonar la tierra de las oportunidades ni bien termine el compromiso, esplendorosa inclusividad.

Para quienes tenían el pasaporte limpio e ingresaron sin problemas, también había escollos protocolares en cada esquina y ni qué hablar en los ingresos a los escenarios deportivos, donde tenían que atravesar por interminables anillos de seguridad, hasta llegar a una especie de sala de preabordaje donde eran revisados meticulosamente para evitar el ingreso de cualquier objeto que pueda alterar el orden y la convivencia de los aficionados. Al final de cuentas, son medidas preventivas acertadas para un país al que nunca le ha caído mal un nuevo enemigo con quien jugar.

Dentro del mismo espectáculo, los norteamericanos también metieron su cuchara: por un lado, el indigno y abucheado por todos cooling break, una movida de cientos de millones de dólares y que, para pasar el mal trago durante esos tres minutos, pusieron alguna buena banda de rock, icónicos mariachis en el caso de México o simplemente shows de animadoras de la NFL.

Otra acción muy americana fue la inserción de herramientas tecnológicas en los árbitros, que literalmente ahora trabajan con cámaras hasta en la nuca. Pero a cambio de llevar ese armatroste encima, esos tristes individuos antiguamente vestidos de negro y enmarcados en el anonimato, hoy son jueces dictadores de condenas que, después de ver unos instantes la tele, vuelven al césped con el pecho inflado, prenden su micrófono y le comunican a los 70 u 80 mil asistentes su veredicto.    

Finalmente, el cuantioso mundial norteamericano, consumista como él solo y pese a las muchas imposiciones, terminó cautivando al futbolero de sillón, al de tribuna e incluso al de palco. Ahora el problema es que volvimos a quedar en offside por cuatro años más.   

Te puede interesar