2026-08-24

Hilando Fino

El fuego de los Juegos y la frialdad del poder

Despreciaron el fuego sagrado de Kalasasaya. Ahora la llama parece cobrar su factura, el poder comienza a sentir el calor y los deportistas despiertan.

Quizá el desprecio de los políticos por el fuego encendido estos días en Kalasasaya les esté pasando factura. Mientras ignoraban una llama ancestral, se encendió otro fuego: el de un escándalo político que ahora parece quemarlos. Los dioses ancestrales son celosos y el fuego tiene memoria. Jamás debieron subestimarlo.

El fuego tiene memoria. Mucho antes que las banderas, los himnos y los discursos de los gobernantes, la humanidad aprendió a reunirse alrededor de una llama.

En los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, el fuego simbolizaba la presencia divina. Según la mitología griega, Prometeo engañó a Zeus y robó el fuego de los dioses del Olimpo para entregárselo a los seres humanos, condenados a vivir en la oscuridad. No fue solamente una llama: fue conocimiento, progreso, libertad y rebeldía frente al poder. Por eso se convirtió en símbolo de iluminación y esperanza; durante los Juegos acompañaba además un tiempo de tregua y paz.

La tradición olímpica moderna recuperó ese simbolismo. En Olimpia, el fuego se enciende con los rayos del sol, mediante un recipiente parabólico especial, sin fósforos ni encendedores. Las sacerdotisas recrean el ritual y la llama comienza su viaje.

En Sudamérica, desde 1978, cuando nacieron los primeros Juegos Sudamericanos —entonces Juegos Cruz del Sur—, el encendido y traslado del fuego adquirió dimensión continental. Mandatarios y las principales autoridades deportivas acompañaban esta ceremonia.

 

Desde 1978, Tiwanaku fue elegida para albergar esta ceremonia única en Sudamérica. Nuestros amautas encienden el Fuego Sudamericano con los rayos del sol, uniendo nuestra identidad milenaria con el presente deportivo del continente. Luego, la llama inicia su recorrido mediante relevos de chasquis y deportistas.

Y hay un detalle que revela su importancia: el fuego no viaja como cualquier equipaje. Se transporta en lámparas especiales y protegidas; suelen viajar hasta cinco, por seguridad. Y cuando suben al avión, viajan en cabina, como pasajeros, no en la bodega. Porque hasta el fuego tiene su lugar cuando representa la historia de unos Juegos.

Por eso, lo ocurrido esta vez resulta aún más incomprensible. Mientras la llama ardía en Tiwanaku, algo permanecía inexplicablemente apagado: la presencia del poder político nacional.

Estuvieron las autoridades deportivas y locales, entre ellas el alcalde de Tiwanaku. Pero faltaron las principales autoridades del Gobierno central. No estuvo el Presidente del Estado. No estuvo, al menos, el Viceministro de Deportes.

Y aquí no hablamos simplemente de protocolo. Hablamos de símbolos, identidad y de la importancia que un Estado concede al deporte.

El Fuego Sudamericano no fue un acto menor. Fue un privilegio que Bolivia y La Paz recibieron ante todo el continente. Más aún cuando, en aproximadamente tres años, seremos sede de los Juegos Bolivarianos.

También hubiera sido importante la presencia del alcalde de La Paz y del gobernador.

Quizás sus asesores se durmieron.

O quizás el problema sea más profundo: el deporte no está entre las prioridades del poder político.

Nuestros amautas buscaron la luz en los rayos del sol para encender el fuego. Mientras tanto, algunos gobernantes siguen buscando a tientas dónde colocar al deporte en su agenda.

Tal vez aquella llama ancestral pudiera haberles dado un poco de luz para comprender que detrás de cada medalla hay un ser humano; detrás de cada deportista, una familia; y detrás de cada competencia, un país.

Pero hay algo que el poder no calculó:

La indiferencia también enciende.

Y esta vez está encendiendo a los deportistas.

Porque mientras algunos despachos permanecen fríos, una generación ya no quiere silencio ni migajas. Empieza a entender que el deporte no necesita favores del poder.

Necesita que el poder cumpla con su deber.

El fuego ya está encendido.

Ahora falta saber quién tendrá el valor de sostenerlo.

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