miércoles 11 de marzo de 2026

A propósito de la polémica

Ciento cinco años de soledad

La serie de Netflix y la novela trabajan con las mismas historias, pero son productos diferentes, así que no se puede pedir que aquella sea tal cual el libro.
Aureliano conociendo el hielo. Foto: netflix
Aureliano conociendo el hielo. Foto: netflix
lunes 23 de diciembre de 2024

La polémica es innecesaria. La producción de Netflix basada en “Cien años de soledad” es un (buen) producto audiovisual, mientras que la novela de ese nombre es una obra maestra de la literatura.

Y si bien ambos tienen el mismo nombre, y trabajan con las mismas historias, tanto el audiovisual como la novela son productos diferentes, que manejan lenguajes distintos, así que no se puede pedir que aquel sea tal cual el libro.

Salvo excepciones que confirman la regla, las adaptaciones de obras literarias no son el reflejo exacto de los libros. Por regla general, los impresos son mejores que las películas, pero se ha dado casos a la inversa.

Aureliano Buendía, el protagonista. Foto: Netflix 

Precisamente porque saben que las adaptaciones muy rara vez son el fiel reflejo de los libros, los escritores advirtieron a los fans de la novela que no se hagan demasiadas ilusiones. “La literatura y el cine son lenguajes artísticos con sus propias particularidades, cada uno portador de una voz única y singular. Pretender que una película o serie reproduzca fielmente un libro es negar la esencia de ambos medios, es olvidar que cada lenguaje posee su propia alma y modo de expresar lo inefable”, publicó el boliviano Homero Carvalho Oliva. “Así que para ver la serie ‘Cien años de soledad’, de Netflix, despójense de sus prejuicios e intenten disfrutar de las imágenes, sin buscar los errores, la falta de fidelidad, con la novela”, agregó.

Pero otros no son tan comprensivos.

Sergio del Molino, por ejemplo, destrozó el producto audiovisual señalando que “de todas las formas de fracaso posibles, los productores, guionistas y directores escogieron la más rotunda e inapelable. La concepción misma del proyecto era un disparate que atentaba contra la esencia misma de ‘Cien años de soledad’, que se levanta sobre un acusadísimo sentido de la autoría artística” y, por si eso fuera poco, sentenció que se trata de “un producto industrial, previsible, retocado hasta lo obsesivo y calculado y sopesado en cada segundo del metraje por productores más pendientes de las notas de marketing que de la historia de Macondo; un producto como este, digo, solo podía acabar en la nadería. Ni siquiera es grotesco —lo cual, lo haría un poco interesante—, tan solo es plano como el cine de superhéroes o una teleserie para adolescentes”.

Lo que falta

Los lectores de la novela advierten que se ha quitado mucho al contenido del libro con el propósito de mantener el desarrollo cronológico de la serie. Mucho de lo que el Gabo plasmó en el libro es reflejado por un narrador de acento colombiano, pero ni siquiera eso ayuda a rescatar todo lo que hay para leer y disfrutar en el libro.

Como ejemplo está el desarrollo del personaje de Rebeca que tiene características que van más allá de ser la portadora de un saco con los huesos de sus padres, que suele aparecerse en los lugares menos pensados y haciendo un ruido similar al cloqueo de las gallinas. Rebeca come tierra y cal y es por eso que no se murió de hambre en el tiempo en que se negaba a comer. Cuando aparece Pietro Crespi, que “era joven y rubio, el hombre más hermoso y mejor educado que se había visto en Macondo”, tanto Rebeca como Amaranta se enamoran de él, pero es aquella la que sucumbe a la ansiedad y vuelve a su costumbre de comer cal y tierra. En la serie se ve esto, pero cuando ella ya es una mujer, y no en su tiempo de niña. “A Rebeca solo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas”, revela el libro con otro detalle que la serie pasa por alto: se chupaba el pulgar. La novela también habla de su origen y así se sabe que su lejano parentesco con los Buendía la hacía prima de Úrsula Iguarán, así que no era hermana de los niños, sino su tía. 

La apariencia de Rebeca y Amaranta también es motivo de crítica en la primera temporada puesto que el libro dice que “Rebeca, al contrario de lo que pudo esperarse, era la más bella. Tenía un cutis diáfano, unos ojos grandes y reposados, y unas manos mágicas que parecían elaborar con hilos invisibles la trama del bordado. Amaranta, la menor, era un poco sin gracia, pero tenía la distinción natural, el estiramiento interior de la abuela muerta”. En el audiovisual, parecería que las cosas son al revés. 

Otros detalles también fueron pasados por alto, como las alfombras voladoras, que sí funcionaban, pero a las que José Arcadio Buendía no les hizo tanto caso como a las barras de imán de Melquiades.

Lo que sobra

Hay tantas escenas de sexo en la serie que los televidentes que no leyeron la novela se quejaron en las redes sociales, pero la verdad es que se queda chica al lado del libro.

En su novela, García Márquez narra con lujo de detalles los encuentros sexuales de sus protagonistas, pero jamás cae en la pornografía. El problema es que lo hace con tanta poesía que es imposible llevar sus descripciones al audiovisual: “Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: ‘Ay, hermanita; ay, hermanita’. Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la explosión de su sangre”.

Pero aun en el exceso de imágenes al desnudo, faltan las referencias explícitas de la novela a la exhibición pública del pene de José Arcadio: “En el calor de la fiesta exhibió sobre el mostrador su masculinidad inverosímil, enteramente tatuada con una maraña azul y roja de letreros en varios idiomas”. 

Los temas incómodos

El sexo apareja otros temas incómodos que en la novela desfilan uno tras otro con la mayor naturalidad del mundo, porque de eso se trata el realismo mágico. El más recurrente es el incesto, puesto que los Buendía ceden a la tentación de la carne varias veces, aunque la prevalencia es entre tías y sobrinos.

Un detalle que la serie intentó suavizar es la edad de Remedios Moscote, la esposa de Aureliano Buendía, ya que el audiovisual la muestra adolescente cuando, en realidad, en la novela era una niña de nueve años. El matrimonio se acuerda para cuando Remedios tenga su primera menstruación, pero, incluso cuando eso pasa, ella seguía siendo una niña: “Se fijó un mes para la boda. Apenas si hubo tiempo de enseñarla a lavarse, a vestirse sola, a comprender los asuntos elementales de un hogar. La pusieron a orinar en ladrillos calientes para corregirle el hábito de mojar la cama”. Y todo eso no forma parte de la serie de Netflix.

 

Un esfuerzo extraordinario

Netflix anunció el estreno de la serie hace más de cinco años y, si tardó tanto, fue porque se hizo el mayor esfuerzo posible para interpretar la esencia que se puede advertir en el libro de Gabriel García Márquez. Se filmó en Colombia y con una mayoría de actrices y actores colombianos. Ni siquiera se recurrió a los más conocidos porque se pretende que cada televidente se grabe los rostros y cuerpos nuevos que aparecen en la pantalla, a medida que aparecen en la serie.

Con ese propósito, no se filmó una película, que duraría un máximo de tres horas, sino una serie de dos temporadas con ocho episodios de aproximadamente una hora en cada una. Se trata, entonces, de un metraje de 16 horas que, sin embargo, no alcanza a cubrir todo lo que el Gabo muestra en esta, que es su obra maestra.

Akima interpreta a Rebeca. Foto: EFE

La novela se caracteriza por sus planos superpuestos, lo que es una dificultad muy grande para un audiovisual cuando la acción se desarrolla de forma cronológica, pero, por lo menos, hay que agradecer que la serie arranca con el final y la aparición de las hormigas, al más puro estilo de García Márquez.

La serie no solo ha provocado la polémica respecto a su fidelidad con el libro, que no puede exigirse, sino también interés en los jóvenes que ahora descargan la novela, indagan sobre ella y también la están leyendo. Para nuestros tiempos, eso sí es realismo mágico.