miércoles 25 de febrero de 2026

Buscando la verdad

Ese asesino silencioso que acecha nuestras vidas

Creer en Dios no nos hace inmunes al dolor ni a las presiones del entorno, es cierto que nos da fuerza para continuar con Su ayuda, pero no siempre sin dolor.

Si la tristeza, la frustración, la desesperanza, la decepción y la pérdida de interés, recurren; si el cansancio extremo, la falta de energía, los dolores emocionales, físicos y problemas de salud, no ceden; si el insomnio o el despertarse muy temprano o dormir demasiado, frecuentan; si la subida o pérdida de peso de forma involuntaria y la dificultad para concentrarse o recordar, permanecen; si el sentimiento de inutilidad, culpa, impotencia y la idea de morir, son continuos -cuidado- estos síntomas podrían indicar la acechanza del asesino silencioso llamado depresión, cuyo desenlace puede ser peligroso.

Muchas suelen ser las causas para caer en depresión, como la pérdida de un ser amado, la decepción provocada por seres queridos o la impotencia de cambiar situaciones. La depresión no grita, susurra lastimeramente y la gente no siempre se da cuenta o hace caso. No muestra lágrimas, pero se disfraza de sonrisa, por fuera la persona parece estar bien, pero por dentro la agota un grito que no aflora para decir: ¡Ayuda!

¿Conoce la expresión la procesión va por dentro? Se dice que una de cada cinco personas sufrirá depresión alguna vez en su vida, muchas veces sin demostrarlo: personas valerosas que cumplen sus responsabilidades, trabajan duro, complacen con sonrisas, pero en su interior atraviesan momentos duros. No se dice, no se nota, cada uno está en lo suyo.

La depresión se calla muchas veces para no mostrarse débil, no traslucir el dolor y no molestar, aprendiéndose a seguir, así cueste avanzar cada vez más. Pero, el silencio no cura y llevar la procesión por dentro, pasa factura: la soledad.

Ocurre también con la gente de fe que decide callar lo que la supera. La fe no elimina el dolor, sonríe por fuera pero lleva pesadas cargas por dentro, miedos no confesados y un alma extenuada que confía que el alivio de Dios vendrá por medio de su Espíritu Santo.

Por la psicología se sabe que el ser humano tiene una gran capacidad de adaptación, hasta al dolor: Se aprende a funcionar, a cumplir, a responder, a no faltar al trabajo, atender a la familia, participar de reuniones, servir en la iglesia, dar consejos, pero, algo se apaga al enfrentar situaciones como la pérdida de seres queridos; expectativas frustradas con los padres, cónyuges o hijos; decepciones en el trabajo; altas exigencias hacia uno, imposibles de cumplir; deterioro de la salud y el no poder cambiar a la gente para que mejore.

Cuántas veces nos ponemos una máscara emocional, la de ser fuertes, alegres, exitosos y creyentes a prueba de bala, mientras el alma padece.

El caso del actor cómico Robin Williams es un doloroso ejemplo de ello. Hacía reír a millones pero sufría en silencio. Luego se supo que atravesaba por una depresión severa y complicaciones de salud e incluso se habló de problemas de alimentación que afectaron su estado mental: la procesión iba por dentro.

Como pastor y consejero matrimonial, con mi esposa Jannet, varias veces vimos este fenómeno en personas comprometidas con la fe que de pronto dijeron “no doy más”, mostrándose no menos espirituales, pero sí, más humanos.

Creer en Dios no nos hace inmunes al dolor ni a las presiones del entorno, es cierto que nos da fuerza para continuar con Su ayuda, pero no siempre sin dolor.

Cabe recordar desde la fe que la espiritualidad no niega el dolor, más bien, lo acepta y enfrenta, mientras que la psicología ayuda a comprender que cuidarnos no es egoísmo, sino, prevención, porque la depresión no hace distingos y afecta la salud mental, incluso de personas exitosas como el cantante Leo Rosas que no pudo superar la muerte de su esposa y su soledad lo consumió.

Lo cierto es que, si bien la sicología, la siquiatría y la medicina pueden ayudar a tratar este mal, el que puede sanar el alma del hombre es Dios y cuántas veces a través de un abrazo sincero, como dice esta hermosa reflexión anónima recogida de las redes sociales, que viene a tono con el tema:

El abrazo debería ser recetado por los médicos pues hay un poder curativo en él, que aún desconocemos. El abrazo cura el odio. El abrazo cura los resentimientos. El abrazo cura el coraje y los malentendidos. El abrazo cura el cansancio y la tristeza. Cuando abrazamos soltamos amarras, perdemos en instantes las cosas que nos han quitado la calma. El abrazo nos da paz en el alma. Cuando abrazamos dejamos de estar a la defensiva y permitimos que el otro se aproxime a nuestro corazón. Los brazos se abren y los corazones se acurrucan. No hay nada como un abrazo. Un abrazo de "te amo". Un abrazo de "qué bueno que estás aquí". Un abrazo de "¡ayúdame!". Un abrazo de "hasta pronto". Un abrazo de "perdóname". Un abrazo de "te perdono". Un abrazo de "¡cuánto te extrañé!". Cuando abrazamos somos más de dos, somos familia, somos accesibles, somos sueños posibles. El abrazo debería ser recetado por los médicos pues rejuvenece el alma y el cuerpo.

Un abrazo para quienes lo necesitan en este momento. Yo también lo preciso, aunque no siempre lo reciba de quienes más lo espero.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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