Hoy, una labor familiar
Trigidia y la cañahua, una historia de reencuentro y revolución
En el momento en que don Justo Canaviri puso unas pequeñas semillas de cañahua en las manos de Trigidia Jiménez, ella sintió algo especial, como una conexión. Dice que fue como “energía”. A partir de entonces trabajó con cañahua; surcó la tierra para sembrarla, para conocerla; dedicó una década a investigarla y mejorarla; otra década a ampliar su producción y procesarla con el fin de obtener diversos productos alimenticios: la industrializó. Ahora, en la tercera década de trabajo, se plantea elaborar nuevos productos y alcanzar una exportación de calidad.
En poco más de 20 años, logró la revolución de un producto de bajo consumo. Hoy es valorado, con alta demanda, certificado y ya se planea su exportación.
Si hay un factor en común a lo largo de la vida de Trigidia Jiménez es la agricultura. La lleva en la sangre, ya que sus padres, Erasmo Jiménez y Florentina Franco, fueron productores de trigo en Cochabamba y le enseñaron a vivir con este trabajo cotidiano. Cuenta que junto con ellos migró a las minas de Oruro, a sus seis años, empujados por la falta de recursos y oportunidades. “Él trabajó más de 25 años en la mina San José, pero me transmitió el amor por la agricultura porque, a pesar de su trabajo, nunca dejó de cultivar a los pies del cerro”.
El trabajo en la tierra, el cultivo y la cosecha fueron parte de su niñez y adolescencia, y cuando salió bachiller ya tenía decidido estudiar agronomía. “Ahí conocí a mi esposo (Wilfredo Canaviri), que es hijo de productores agropecuarios del municipio Toledo, y así formamos un hogar. Tuvimos cuatro hijos, trabajamos por 15 años en la ciudad, haciendo consultorías en instituciones públicas y privadas, pero yo sentía que no era lo mío, no me sentía realizada”.
Un cambio radical
Trigidia confiesa que hubo un hecho que marcó su vida y la impulsó a volver al campo, un día que llegó a la biblioteca de la universidad y fue atendida por una mujer. Su trato no fue muy amable. “Sentí que ella estaba en un trabajo que no le gustaba; ahí yo me reflejé en ella, en esa actitud y que algún día sería como ella si no tomaba una decisión. Entonces, hablé con mi esposo y le dije que no era feliz con la forma en que estaba trabajando”.
“En un principio no teníamos nada absolutamente, estuvimos alojados en la casa de mis suegros durante dos años...”, dijo Trigidia Jiménez Franco
Fue un momento decisivo y recordó cómo, durante varios años, iba a la propiedad de su suegra, Faustina Saca, y le ayudaba a sembrar, en especial los fines de semana y feriados, y que ahí era donde se sentía bien, en paz y tranquilidad. Entonces propuso a su esposo migrar al campo para iniciar una actividad propia. Aunque al principio a él le pareció una locura, porque tenían trabajo e ingresos estables, además de cuatro hijos, finalmente la apoyó.
“Empezamos a invertir en la granja, en los terrenos que mi suegro nos había obsequiado cuando nos casamos, tomamos esas tierras. No teníamos nada absolutamente, estuvimos alojados en la casa de mis suegros por dos años”, contó Trigidia.
En un principio, se propusieron trabajar con ganado ovino y sembrar quinua. Intentaron, pero entonces se les presentó la cañahua. Aunque ya la había consumido con sus hijos, en especial como pito, admite que no conocía la semilla. Aquella vez, don Justo abrió una bolsa, tomó un poco de semilla y se la dio. “Era pequeñita”, recuerda ella. Entonces decidió sembrar una hectárea para probar el producto. Desde entonces trabaja y vive en torno a la cañahua. “Mis suegros fueron productores de cañahua, ya tenían experiencia, fueron mis mentores”.
Visión empresarial
En aquella época también nació el nombre de su empresa: Granja Samiri, que en quechua se usa para referirse a los lugares sagrados, lugares de espiritualidad donde uno se puede conectar con la Madre Tierra. Trigidia dice que es lo que su empresa representa para ella: “Me da fortaleza, es la forma como se puede convivir en el ecosistema, respetando a todos los seres que viven allí”.
Han pasado algo más de 20 años desde su primera siembra de cañahua. Desde aquella vez que vio aquellos cerros altiplánicos áridos, hoy verdes, rojos y rosados por sus plantaciones. Ella vio el potencial de esta planta a pesar de sus desventajas. “Hicimos un diagnóstico, vimos la situación de la cañahua, trabajamos en la extensión, los precios bajos, el sistema con rendimientos muy bajos. No había un trabajo de mejoramiento genético y como agrónomos hicimos una planificación para hacer un mejoramiento genético, para promover la cañahua en el contexto local, después municipal y en el departamental”.
El quintal de cañahua costaba en un inicio 40 bolivianos, ahora se cotiza en 600. La producción era por canchones como extensión, para el autoconsumo de muchas familias, pero ahora hay familias que producen 10, 20 y hasta 30 hectáreas, y se calcula que ya hay unas 1.500 familias que viven de la producción de cañahua en el país.
Lo que ella llama “trabajo hormiga” fue el camino hacia el éxito. La pasión por la agricultura la impulsó a planearse metas más altas y hoy en día, gracias al mejoramiento genético que aplicó en sus cultivos, ya existen variedades registradas y también logró abrir el mercado a productos de cañahua en el subsidio que se da a las madres.
Equipo familiar
El trabajo que empezó con su esposo hoy también es impulsado por sus cuatro hijos, quienes se involucraron en la empresa a través de las diferentes áreas de trabajo en las que se han especializado con el tiempo.
“Hoy nos dedicamos a la producción, transformación y comercialización. Algo que valoro mucho de mis suegros es ese conocimiento ancestral que permite producir alimentos cuidando a la Madre Tierra. Es algo que hemos aprendido de ellos y lo practicamos en todos los procesos”, comenta Trigidia.
Por ejemplo, su hija mayor, Pilar, es la gerente de la empresa. “Es una mujer joven con mucha capacidad en mercado, en lo que es negocio; ella también se está formando en este campo empresarial, que a veces es considerado más para varones, pero creo que las mujeres también podemos generar las empresas y tener la capacidad de liderarlas”, comenta la empresaria.
Jamir, por otra parte, es responsable de la producción primaria, el trabajo que por muchos años realizó el esposo de Trigidia, quien falleció durante la pandemia del Covid. “Mi hijo es el que está ocupando ese cargo, él tiene mucha experiencia en lo que es la producción de cañahua; él ha investigado, sigue investigando cómo mejorar los rendimientos, las variedades. Es un joven que estudia agroindustria y es muy dinámico”.
Jhonattan, quien actualmente estudia gastronomía, ya apoya con la formulación de nuevos productos. “Sazona el sabor”, asegura la empresaria.
Wily es el menor de sus hijos y aún cursa la carrera de Arquitectura. “Es el encargado de diseñar lo que es la infraestructura. Ahora está pensando en la nueva planta, así como de otros ambientes”.
De Bolivia al mundo
Hubo logros y reconocimientos. Trigidia compara aquel primer momento en que se encontró con la semilla de la cañahua, con la producción que su empresa logra en la actualidad. Recuerda que el primer año, por ejemplo, la calidad de la semilla no era buena, había una mezcla varietal, por lo que los rendimientos eran muy bajos y sólo lograban obtener de cinco a ocho quintales por hectárea.
El trabajo era duro, manual, de baja producción, sin tecnología ni maquinaria en la siembra o en la transformación.
Hoy, el rendimiento alcanza los 22 quintales por hectárea, bajo un cuidadoso trabajo. “Hay pureza varietal y un 99% de rendimiento, y se trabaja con sistemas de producción con tecnología. Tenemos sembradoras y ahora estamos en proceso de gestionar también una cosechadora”, comenta.
La organización fue clave para sus logros. Como empresa siempre realizaron proyecciones para cada 10 años. Los primeros 10 años, el objetivo fue mejorar la calidad de la cañahua, mejorar los rendimientos y abrir los mercados para este grano. La segunda proyección, también por otros 10 años, tenía como objetivo trabajar con valor agregado, construir una planta de transformación en el municipio de Toledo, comunidad de Sunavi. Todo fue logrado. La planta se llama Cañahua y es una empresa especializada en este producto, con tecnología de transformación. Entre los productos que elabora están: pito, hojuelas, pipocas, harinas que envían a otras empresas para desarrollar otros productos.
Samiri ya trabaja en sus metas para una nueva década. “Ahora estamos en un proceso de construcción para tener una nueva planta, que tenga toda la capacidad para exportar cañahua en productos transformados de alto valor nutricional. Creo que los bolivianos tenemos mucha capacidad no sólo de contar y producir materia prima, sino hay excelentes profesionales con capacidad de desarrollar, innovar productos, tecnologías y ofrecer productos hacia fuera, y así demostrar que podemos transformar y ofrecer este tipo de productos. Es un gran reto el que tenemos y en este proceso de construcción están involucrados todos mis hijos. Esperamos que para 2025 podamos tener la planta y empezar a exportar nuestros productos”, dijo.
Reconstruyó a la mujer de pollera
“Creo que algo muy importante es revalorizar la cultura del proceso productivo, pero también quiero decir que esta conexión que tengo con la cañahua me ayudó a revalorizar mi cultura, mi origen.
Mi mamá fue una hermosa mujer cochala de pollera, que por el tema de migración a la ciudad nos sacó la pollera y nos puso el vestido..., pero en este proceso de ir construyendo granja Samiri, también me fui construyendo como mujer, como ser humano.
Llegó el momento en que me pregunté quién era yo, y siempre en mi mente recordaba las polleras de mi mamá y es así que a los 45 años decidí volver a ponerme la pollera, con mucho orgullo, porque esa es mi identidad cultural, mi raíz.
Creo que algo muy importante para el ser humano es saber de dónde viene, porque cuando uno sabe de dónde viene puede identificar con mayor seguridad a dónde va.
También, gracias al entorno de la cañahua me he podido reconstruir como mujer, dentro de este entorno tan machista que vivimos, romper estereotipos o roles machistas que no están bien, porque crean una codependencia que no nos ayuda a crecer a las mujeres. Entonces yo he crecido bajo esos roles y he tenido que romperlos para tener que encontrarme como mujer, como ser humano; he podido reconstruirme y hacer muchas cosas.
Es algo que he aprendido de la cañahua, de todo su proceso, y hoy puedo decir que soy una mujer realizada, porque creo en mí misma, tengo fe en mí y eso me ha generado una paz interna que puedo sentir en conexión con la Madre Tierra y genera paz en mi vida”.