La pincelada de la niñez
Si la vida fuera una obra de arte, la niñez no sería más que una pincelada. Pero, sin duda, sería uno de los principales trazos para pasar a ser la base de los demás colores, tonos, matices y brillos en ese lienzo viviente, el de cada uno.
No importa la edad que tengamos, 30, 40, 50 o más, cuando rememoramos nuestra niñez parece tan corta y lejana. Muchos la consideran como la mejor etapa de la vida, aunque para otros puede que no haya sido nada rosa. Con el tiempo, con los años y conociendo tristes historias, nos enfrentamos a una realidad dicotómica en la niñez: la felicidad y la tristeza. Si bien no todo es blanco o negro, en la vida de cada uno ha preponderado uno de esos sentimientos.
Hay adultos que recuerdan que de niños tuvieron más momentos de felicidad y hay otros que recuerdan que de niños tuvieron más momentos de tristeza.
Como retroceder en el tiempo, hasta nuestra niñez, todavía no es posible, ya sea para revivir momentos felices o como adultos para reparar los momentos tristes, todavía nos queda algo por hacer. Nada está completamente perdido. En nuestras manos está contribuir a que los niños que nos rodean: alumnos, hijos, sobrinos, nietos, vecinos, hijos de amigos, niños trabajadores en la ciudad, niños mendigando tengan momentos de felicidad, alegría, paz, seguridad y sobre todo de respeto. Así, de grandes cuando sean adultos, recuerden una infancia feliz y nos recuerden como un adulto respetuoso.
Algo que podría servir para tan importante misión es tener en mente la frase que nos insta a tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. Por ejemplo, imagino que no nos gustaría que nos jalaran las orejas, ahora a nuestros 30, 40, 50 años o más, ni nunca. Entonces, si no jalamos las orejas a un colega en el trabajo, no tendríamos por qué jalarle las orejas a un niño. Si no le damos un pellizco y un cocacho al vecino, ¿por qué se los daríamos a un niño? Si nuestra madre o nuestra amiga llora por nostalgia o por lo que fuese, no se nos pasaría por la cabeza lanzarle un: “no es nada, estás exagerando, cállate”.
Al actuar por la fuerza, dando un golpe, gritando, jaloneando, insultando, seguramente se induce y se obliga a que el niño haga lo que queremos en ese momento. Pero, ¿acaso esa instantaneidad no nos pasará factura a futuro, pese a la negativa, seguramente, de los partidarios de chancletazos y cinturonazos? ¿No se estará enviando el mensaje subliminal, literal y confuso de que con la violencia todo se resuelve y que con la violencia también se ama? Todo acto de violencia es humillante y denigrante. A ese niño a quien se humilla, al que decimos quererlo, al que estamos convencidos de quererlo, al que tratamos como si no comprendiera nada, es también una persona, un adulto en construcción. Su cerebro está en desarrollo y es un mundo que muchos desconocemos porque al salir de la maternidad, quienes somos padres, nos entregan solo al bebé sin ningún libro, manual o documento que informe sobre su funcionamiento interior, su desarrollo cerebral. Por suerte, los científicos especialistas al divulgar esa información nos dan herramientas para que con conocimiento de causa, actuemos con dulzura y firmeza sin ejercer violencia para que nuestros niños se lleven los mejores recuerdos de esa etapa corta y fundamental, la niñez.