2024-04-18

Mirada sociológica

El alma del ateísmo

Más allá de que todos estos relatos religiosos tengan un carácter mítico (o no), millones de personas en el mundo, con estas celebraciones, ponen en evidencia su fe religiosa y su vínculo, unión, comunión con lo divino y un ser supremo.

El título de esta columna viene de un pequeño libro del filósofo André Comte-Sponville, al que siempre resulta grato leer. Aun si el libro merece una meditada reseña, no la haré en este espacio. Si empiezo refiriéndome a él es porque las tesis que el libro defiende resuenan en lo que aquí digo a propósito de la religión, la espiritualidad y el ateísmo; temas presentes en las tertulias con parientes y amigos a propósito de las fiestas de pascuas en la ciudad de La Paz y los debates que suscitaron la declaración formal, legal, de “Patrimonio Cultural Inmaterial de Bolivia” a la festividad y procesión religiosa de la Semana Santa paceña.

“En general, abril y marzo son meses religiosos, espirituales en el mundo”, decía algún tertuliano. En efecto, son meses en los que las otras dos religiones monoteístas más importantes de buena parte del mundo también celebran sus más importantes fiestas religiosas. Los judíos celebran el Pésaj, la conmemoración del llamado éxodo hebreo de 40 años por el desierto en camino hacia la Tierra Prometida. Y los musulmanes tienen el Ramadán, el duro y a la vez festivo mes de ayuno diurno y reflexión en honor a la revelación del Corán al profeta Mahoma. Ya sabemos que, para los cristianos, la Semana Santa simboliza la “redención y la esperanza de la vida eterna” al conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, en fin.

Más allá de que todos estos relatos religiosos tengan un carácter mítico (o no), millones de personas en el mundo, con estas celebraciones, ponen en evidencia su fe religiosa y su vínculo, unión, comunión con lo divino y un ser supremo. Y con ello, hacen explícita la búsqueda de sentido trascendente a su existencia terrenal, y la reafirmación de la adhesión a la moral del credo religioso profesado. Es, pues, la llamada espiritualidad religiosa, cristiana, musulmana u otra.

Tan presente, de manera casi apabullante, y manifiesta no solo en actos religiosos, sino en la cultura y tradición misma, están estas fiestas en la vida de nuestras sociedades, que es difícil vivir ajeno a ellas. Imposible, por ejemplo, escapar del ambiente que crean en las calles: feriados oficiales, caminos llenos de peregrinos, ramos de palmas y multitudes en los templos, en fin. La Semana Santa hace parte, es una evidencia, de la vida misma de las sociedades occidentales, como las otras fiestas hacen parte de la vida misma de sociedades judías o musulmanas.

Pero no solo es este ambiente festivo religioso el que circunda en esas semanas. También es la ocasión en la que se improvisan debates, digamos, teológicos o incluso existenciales. Por ejemplo, no han sido pocas las ocasiones en las que he oído decir, incluso desde el púlpito, que el amor, la generosidad, la sensibilidad, la bondad en una persona tienen la medida de su fe religiosa. Algún amigo tertuliano también repitió ideas en la dirección de creer que la presencia o ausencia de estas cualidades morales están marcadas por la presencia o ausencia de espiritualidad religiosa en la persona.

Y, sin embargo, por el mundo andan millones de individuos no religiosos que también poseen estas altas cualidades morales. Es ello precisamente lo que nos recuerdan voces como las de Comte-Sponville, al decirnos que las religiones no tienen el monopolio de la bondad; es más, que no se necesita de fe religiosa, peor aún de fanatismo, para ser ético, justo, en fin, gente de bien.

Con las lecturas del citado filósofo, así como de muchos otros que más o menos defienden las mismas tesis, uno termina meditando sobre preguntas de cierto modo desestabilizadoras, sobre todo para quienes tienen como definitivas a las verdades religiosas sobre el Hombre, el Ser: ¿Que puede hablarse de alma en el ateísmo? ¿Cómo puede un ateo hablar de alma, ser espiritual si no cree en entes espirituales y divinos?

En esa dirección iban, por ejemplo, los cuestionamientos de un buen amigo con quien alguna vez intercambiamos textos sobre estos asuntos. Diego, es su nombre, y me decía: “Carlos, no entiendo cómo puede existir espiritualidad atea, la cual implica la creencia en un espíritu, una entidad metafísica sin ningún tipo de asidero científico ni lógico. Puede que se deba a mi formación y convicción Cristiana, pero honestamente, se me hace difícil pensar en espiritualidad, sin que Dios esté presente…”. Cierro cita.

Como sabemos, se lo decía a Diego y lo repito aquí, con fe o sin fe religiosa, los seres humanos tienen esa cualidad de dar sentido, valor, emoción a su relación con las cosas y actos de los seres de este mundo. Es decir que la vida, por muy ateo que se sea, no se resume al frenesí por satisfacer necesidades materiales.  Muchas de las acciones humanas están movidas por emociones, por esa cualidad de sentir. Hablo de esas emociones que condicionan nuestras prácticas cuando, por dar un ejemplo, visitamos la morada eterna de un ser querido y mostramos, con nuestros gestos, nuestro recogimiento, el respeto, el amor, el vínculo con la memoria de ese ser. Es, por ejemplo, en ese tipo de vínculo con esa persona ida, con sus espacios, su memoria, en lo que podemos ver la manifestación de esto que llamamos espiritualidad atea, laica, pues es espiritualidad sin que en ello intervenga necesariamente alguna fe religiosa.    

Sin embargo, debo decir que el hablar de esta espiritualidad sin Dios, no me pone en una postura de combate contra el cristianismo, judaísmo o islam, por citar a estas tres religiones. Es más, a menudo me presto a seguir y practicar ritos religiosos de estas tradiciones religiosas. Cada que tengo la ocasión, suelo visitar sinagogas, mezquitas o catedrales, y a veces termino participando de sus ceremonias. Veo en todo ello un espacio en el que la gente se acompaña, se une, crea solidaridades y hace importantes, respetables, humanos y dignos momentos como los de una unión en matrimonio, de un bautizo, o de la despedida eterna de un ser querido, y más.

Tampoco tengo problemas con buena parte de la moral de base que se predica a través de estas religiones: amor, generosidad, hermandad… son cosas necesarias en el mundo. Pero sé también que, en ellas, en su dogma, hay mucho más que esa moral de base, y a menudo es un dogma que se opone a los valores de libertad del modernismo, que defiendo. Están ahí, por ejemplo, la moral sexual y reproductiva de estas religiones, que promueven restricciones sobre el uso de la anticoncepción, el aborto, la sexualidad fuera del matrimonio, la condena a la homosexualidad, en fin. Dogmas que se convierten en problemáticos para la vida en sociedad cuando fundamentalistas religiosos las defienden con intransigencia, y a veces violencia.

Sin embargo, que en las religiones existan fanatismos y corrientes dogmáticas, no es justificación para combatirlas ciegamente, arrasando con todo lo bueno que puedan contener. No se trata de una lucha contra todo o nada. No es el dogmatismo religioso ni ateo lo que nos hará avanzar, sino el discernimiento, la tolerancia y la libertad.

De ahí que deba decirse que, así como los valores humanos más elevados no son un monopolio del ser religioso, ni necesariamente todos los valores que promuevan las religiones son defendibles, la espiritualidad religiosa tampoco es la única forma de espiritualidad humana. Lo humano es mucho más complejo que eso. Ya sabemos que nuestro vínculo con el mundo, con todo lo que contiene, no es solo un vínculo funcional, pragmático, utilitario. Es, también, o, sobre todo, un vínculo emotivo, significante, cargado de emociones, en fin, mediado por cierta forma de espiritualidad, en la que no necesariamente exista un dios. Y así lo fue, puede decirse, antes de que existiesen formalmente religiones.

Estas ideas sobre la espiritualidad atea no me han nacido de la nada, sino que vienen de toda una tradición filosófica y humanista iniciada con la llamada Ilustración, y que están de cierto modo condensadas en libros como los de André Comte-Sponville, cuyo título uso para esta columna. Leamos, para el final, estos párrafos de la filosofía de nuestro autor. Cito:

“El retorno de la religión ha adquirido, durante estos últimos años, una dimensión espectacular y a veces inquietante. Pensamos ante todo en los países musulmanes. Pero todo parece indicar que Occidente, con formas desde luego diferentes, no se encuentra a resguardo de este fenómeno. ¿Retorno de la espiritualidad? Si fuera así, tendríamos que felicitarnos. ¿Retorno de la fe? Tampoco sería un problema. Pero lo que regresa es el dogmatismo, en muchas ocasiones acompañado por el oscurantismo, el integrismo y, a veces, el fanatismo. Sería una equivocación que les regaláramos el terreno. El combate de la Ilustración sigue vivo, pocas veces ha sido tan urgente, y se trata de un combate por la libertad. ¿Un combate contra la religión? Sería equivocarse de adversario. Más bien a favor de la tolerancia, el laicismo y la libertad de creencia o de incredulidad. El alma no pertenece a nadie. Tampoco la libertad.

(...)

El oscurantismo, el fanatismo y la superstición me producen horror. Tampoco me gustan el nihilismo ni la indolencia. La espiritualidad es demasiado importante como para dejarla en manos de los fundamentalismos. La tolerancia, un bien demasiado precioso para que la confundamos con la indiferencia o la molicie. Nada sería más nefasto que dejarnos arrinconar en un enfrentamiento mortífero entre el fanatismo de unos -sea cual sea la religión de la que se reclamen- y el nihilismo de otros. Es preferible combatirlos a todos, sin confundirlos y sin caer en sus defectos. Ese combate se denomina “laicismo”. Corresponde a los ateos inventar la espiritualidad que lo acompaña.”

Que este granito de arena en “la invención” de esa espiritualidad siga su camino.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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