2024-08-14

Un país socialista y dolarizado

De Venezuela “digan la verdad, por favor”...

El salario mínimo “integral” en empresas privadas y estatales es de 3,5 dólares, lo que en moneda nacional equivale a 130 bolívares, con lo cual puedes pagar ocho pasajes de bus.

De Venezuela “digan la verdad, por favor”. Ese fue el pedido que susurró varias veces don Tito, luego de preguntar si éramos periodistas extranjeros.

“Sí, somos de Bolivia”, le respondimos al hombre que nos aseguró sentir temor al atreverse a decir lo que pensaba del gobierno de Nicolás Maduro. Cerca estaba un grupo de miembros de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

El humilde hombre, de gorra, camisa y jean gastados, nos había seguido desde la plaza Simón Bolívar, en el centro de Caracas, hasta la cuadra donde estaba el hermoso edificio colonial donde funciona la Asamblea Legislativa de Venezuela. Las imponentes rejas negras, que resguardaban el edificio de muros blancos y acabados dorados, eran un marco de contraste radical con la apariencia de aquel venezolano.

“Si son periodistas, digan la verdad de lo que pasa en Venezuela, por favor. Vayan hacia lo profundo, esto no es la Venezuela. Yo le digo que ahora hablo con temor. Por favor, vayan hacia la Venezuela profunda, donde está el pueblo de verdad”, dijo, siempre en voz baja, señalando con el dedo hacia una colina verde con varias construcciones —similares a las laderas de La Paz—, “esto no es Venezuela”, concluyó Tito, girando la cabeza en sentido contrario al de su dedo y mirando hacia la zona donde militantes chavistas tenían instaladas varias carpas.

“Por ejemplo, el otro mes, mi abuelo hizo que un pollo dure un mes, sacando provecho de todo, hasta los huesos en la sopa”. Trabajador de una heladería.

Era la noche del miércoles 24 de julio, nuestro tercer día en Caracas invitados por el Instituto de formación política Simón Bolívar y la Cancillería de ese país, como periodistas corresponsales para las elecciones presidenciales del pasado domingo 28 de julio.

La delegación boliviana hasta ese día era de unas 35 personas, entre diputados y representantes de organizaciones sociales del ala “arcista” del MAS, periodistas de diferentes medios de comunicación y figuras políticas como el exvocal del Tribunal Electoral boliviano que se identificó como Santiago Sauciri; la exdiputada del MAS Valeria Silva; además de los exministros de Gobierno y Minería de la gestión de Evo Morales, Sacha Llorenti y César Navarro, respectivamente.

Cierre de campaña del PSUV, con el presidente Maduro. Foto: Carlos Quisbert

Más adelante se sumaron la ministra de la Presidencia, María Nela Prada; la dirigente de las Mujeres Bartolina Sisa, Guillermina Kuno; el director del canal televisivo ATB, Jaime Iturri; e incluso el presidente del Tribunal Supremo Electoral de Bolivia, Óscar Hassenteufel, entre otros.

Según el dato oficial del presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela, Elvis Amoroso, fueron más de 850 los observadores internacionales y otros 550 nacionales acreditados para presenciar la elección número 31 de Venezuela, en 25 años del chavismo en el poder en ese país, que se inició con su líder, Hugo Chávez. Su figura y memoria fue la base de la campaña electoral de Maduro y de sus acompañantes, que recurrían a revivir al expresidente en entrevistas e incluso cantando el Himno Nacional.

625 observadores de 107 países fue la cantidad de invitados internacionales acreditados por el PSUV, el partido de Nicolás Maduro, para las elecciones presidenciales de Venezuela, que se realizaron el 28 de julio. 

En medio de los discursos que dio Amoroso en esos días, dijo que el CNE y las 38 organizaciones políticas –que respaldaron a los 10 candidatos presidenciales, cuyos rostros figuraban en la papeleta electoral–  acreditaron un determinado número de invitados internacionales, pero no se conoció el detalle de cuántos correspondían a cada partido. Desde ese punto se notaron varias diferencias con el sistema electoral boliviano.

Sin embargo, en el “Encuentro de acompañantes internacionales”, organizado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), el vicecanciller Rander Peña precisó que la fuerza política liderada por Maduro había acreditado a 625 invitados de 107 nacionalidades.

Fue durante uno de los eventos realizados por el Gobierno de Venezuela, para los observadores acreditados por el PSUV, que don Tito se acercó a los periodistas bolivianos. Eran fáciles de identificar por la credencial verde colgada del cuello que decía “invitado internacional”.

El ocaso, en las playas de Caracas. Foto: Carlos Quisbert

Durante esos días, con 30 grados de calor a las ocho de la noche, con brisas que refrescaban la ciudad, eran más que agradables para los collas que aterrizaron en ese país desde el 22 de julio, partiendo de La Paz, donde por las madrugadas se sentían temperaturas bajo cero.

“¿Qué plato de comida sugiere usted que un visitante no puede dejar de comer en Venezuela?”, le preguntamos la primera noche al chofer de la vagoneta que nos condujo desde el Aeropuerto de Maiquetia hasta el lujoso hotel de la zona la Merced, dispuesto por el Gobierno para los observadores, donde por nueve días estaríamos concentrados junto a delegados de varias organizaciones de izquierda del mundo.

“Arepas desmechadas”, indicó con seguridad el conductor que asumió su papel de guía turístico por unos minutos. Por supuesto, advirtió que ese bocado, elaborado con carne de pollo o cerdo desmechados, en medio de una tortilla, que equivale a nuestra marraqueta con queso, solo se podría degustar en su sabor esencial en los comercios de las zonas populosas, alejadas de la zona residencial a donde nos llevaba.

Más tarde, nos enteramos que una arepa desmechada bien servida podría costar hasta cinco dólares en un puesto callejero. Fue la sorpresa definitiva, para el boliviano que apenas había conseguido unos dólares en su país, para este viaje. Era difícil entender cómo un país socialista tenía su economía dolarizada, incluso en esas pequeñas cosas, pues en los puestos de venta callejeros, los productos tenían dos etiquetas, primero el costo en la moneda oficial del “bolívar fuerte” y, más grande y remarcado, su equivalente en la moneda norteamericana.

El conductor preguntó si era la primera vez que visitábamos su país, solo un colega periodista contestó que ya había visitado su tierra. Horas antes, el reportero, al estilo particular de un paceño, nos había relatado precisamente detalles de su primera experiencia, con el fin de advertir a otros. Se trató de un viaje de promoción turística organizado por una línea aérea boliviana.

Puesto de comida rápida, con los precios en dólares, en el centro de la capital de Venezuela, Caracas.

De esa ocasión, además de la belleza de sus playas y la comida tradicional que se les brindó en el estado de la Guaira, a una hora de Caracas, recordó la advertencia que le hizo el uniformado que los custodió y era parte del cordón de seguridad, que no permitió que los periodistas bolivianos se alejen de los organizadores.

En su intención de conocer un poco más de aquella región, los comunicadores habían tratado de ir por otras calles, pero en ese viaje un militar les pidió no alejarse de la zona programada para el recorrido organizado por su Gobierno, debido a que por el lugar “se secuestraba” a turistas. Si fue una broma de mal gusto o fue una advertencia real, esa fue una de las primeras cosas que recordó para este segundo viaje, eso y una serie de detalles de la crisis económica venezolana que luego confesó el uniformado.

En los días siguientes de esta segunda visita, no pasó inadvertida la guardia civil, policial y militar que se desplegó para resguardo de los invitados internacionales en todos los eventos. Las caravanas de buses, que siempre estaban custodiadas por patrullas y motociclistas, fueron norma en los primeros días, pero a medida que el día de la elección se acercaba fueron disminuyendo.

Militante chavista en las calles, días previos a las elecciones. Foto: Carlos Quisbert

Sin embargo, esa vigilancia contrastaba radicalmente con el trato amable y siempre atento de los “atachés”, los jóvenes chavistas voluntarios que actuaron como guías diplomáticos para los centenares de visitantes, con los que debieron entenderse en diferentes idiomas.

En los primeros días, los miembros de la GNB con sus walkie talkies, hicieron notar su presencia como el cerco invisible que no podía ser transgredido por los extranjeros, una actitud a la que los periodistas bolivianos no están acostumbrados a permitir por mucho tiempo, en especial cuando tienen fijo un objetivo periodístico; en este caso, hablar con el venezolano común en sus calles.

La noche del 24 de julio, en los estudios de un canal estatal, civiles armados de fusiles que apenas tenían distintivos de la GNB, recibieron a los dos centenares de observadores, quienes fueron requisados antes de ingresar al estudio, donde minutos después iniciarían las tres horas del programa del diputado Diosdado Cabello, llamado “Con el mazo dando”.

El llamativo estilo del conductor del programa, la música fuerte, los reiterados gritos de guerra del PSUV y las radicales declaraciones contra el capitalismo, el imperialismo yanqui y los medios de comunicación de derecha, las ovaciones de los observadores y los chavistas hacían que el escenario se asemejara a una sesión religiosa de devotos que a medida que escuchaban “al pastor”, se regocijaban y buscaban en el compañero de su lado la aprobación a lo relatado por el diputado chavista.

Civiles, miembros de la Guardia Nacional Bolivariana. Foto: Carlos Quisbert

Al terminar el evento, uno de los periodistas bolivianos, sorprendido por el resguardo armado y todo el protocolo de ingreso y salida, preguntó a una de las amables atachés, “¿es necesario?”. Con tono dulce, aunque con ciertas dudas sobre su propia versión la joven respondió que las medidas eran necesarias para prevenir posibles atentados contra el diputado, una figura central del chavismo.

Con un brillo en los ojos, porque halló una respuesta más ingeniosa, la ataché concluyó que la seguridad también era para los invitados, pues el Gobierno venezolano no podía permitir que uno de sus invitados sufriera algún tipo de incidente.

Tito no fue el único que hizo el pedido, en voz baja, temerosa, de que se cuente la verdad de la Venezuela de hoteles lujosos, zonas residenciales amplias y locales con servicios costosos, en contraste radical con las condiciones precarias de la mayoría en ese país, además de la represión a su libre expresión y el ejercicio político.

Fue en ese contexto que un joven, dependiente de una heladería en Caracas, contó con orgullo que tenía dos trabajos con el “salario mínimo integral” de 3,5 dólares, equivalentes a 130 bolívares, pero que lograba juntar hasta 180 dólares con los bonos que pagaba el Gobierno, en un país en el que las organizaciones sindicales consideraban que el salario mínimo debía ser de 550 dólares.

“Pero cuando juntamos todos lo que se gana, ahí están los abuelos. Ellos son los mejores administradores”, contó el joven chavista. “Por ejemplo, el otro mes, mi abuelo hizo que un pollo dure un mes, sacando provecho de todo, hasta los huesos en la sopa”, relató orgulloso por la habilidad de su familiar.

Frontis de la Asamblea Legislativa, en la capital, Caracas. Foto: Carlos Quisbert
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