Mirada sociológica
Gracias a Lucho y David
“Gracias a Lucho y David”. Es la frase que cierra muchos de los spots propagandísticos del gobierno en su agresiva campaña de autopromoción. Desde dentro, la llaman “comunicación gubernamental”. Uno de sus componentes clave parece ser inundar el espectro audiovisual con cápsulas televisivas y radiales, esos breves anuncios donde “el gobierno informa” sobre cada obra planificada (y, a veces, realizada), cada reforma pensada, cada resolución tomada. Son pequeños espacios contratados con dinero público para promocionarse, y que, en muchos casos, finalizan con la ya consabida frase: “¡Gracias a Lucho y David!”
Lo que podría parecer trivial, en realidad no lo es. ¿Qué hay detrás de esa frase repetida hasta el cansancio? Encierra toda una concepción del servicio público donde, en pocas palabras, el gobernante se presenta como un benefactor que debe ser agradecido (adulado, incluso) por hacer aquello que es su deber.
Se trata de una visión paternalista del poder: el político no solo administra, sino que se promueve como una figura magnánima… Es importante señalar que este paternalismo no es exclusivo de “Lucho y David”. Se ve en el alcalde que pavimenta una calle, pasando por el funcionario que despacha un trámite, hasta en el presidente que anuncia leyes u obras. La lógica es la misma: el pueblo debe mostrar gratitud por lo que se hace desde un cargo que se paga con los recursos de todos.
Es una práctica común en la política boliviana que nos lleva a cuestionar cómo entendemos la gestión pública en el país. ¿Por qué esta insistencia en personalizar el poder? Pareciera que responde a una necesidad de reforzar el vínculo entre el líder y la comunidad, perpetuando una tradición de caudillismo profundamente arraigada en la política boliviana y latinoamericana.
Sin embargo, la comprensión de este fenómeno exige una mirada comparativa. En otras sociedades, la imagen personal de los líderes se maneja con mayor reserva. Quizás porque la política y la función pública se entienden de manera distinta. En gran parte del Norte del planeta, no es habitual ver al presidente o al alcalde inundando los espacios públicos con propaganda que los presenta como benefactores. No es que no exista la promoción política, sino que se hace con cierta forma de pudor, evitando la exposición excesiva del líder. Una frase como “Gracias a Lucho y David”, emitida en un espacio gubernamental en países como España, Francia, o Japón, sería impensable.
El contraste entre las prácticas del Norte y nuestro Sur no revela solo diferencias en la comunicación política, sino en la misma concepción de la relación entre el Estado y el ciudadano. En varios países del Norte, la legitimidad del gobernante no depende de ser percibido como un dador de favores, sino como alguien que cumple con sus responsabilidades en el marco de un contrato social claro, reconocido y aceptado por todos, sin importar la orientación política del líder en cuestión.
Por supuesto, cada contexto tiene sus particularidades. No se trata de idealizar otros modelos, sino de señalar que, mientras sigamos celebrando a nuestros gobernantes por cumplir con sus responsabilidades, perpetuamos una visión de la política donde “el líder” se convierte, además, en benefactor y figura paternal. Esto, a menudo, los coloca por encima del escrutinio, permitiéndoles prácticas que un ciudadano común difícilmente podría justificar.
Mientras entendamos la gestión pública como un conjunto de actos magnánimos de quienes circunstancialmente detentan el poder, invisibilizamos la verdadera razón por la que delegamos autoridad a nuestros representantes: el servicio público.
Repitamos lo esencial de este texto: más allá de los actores actuales, estas formas de la política boliviana nos invitan a reflexionar sobre cómo construimos la relación entre el Estado y la sociedad en el país.