2025-08-19

Francotirador

Las fallas de liderazgo en los candidatos presidenciales

Lo que Bolivia enfrenta, no es simplemente la disputa electoral de 2025, sino una crisis de liderazgo democrático.

La política boliviana atraviesa un momento de vacío estratégico. Después de conocer los resultados en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, pudo comprobarse que el escenario político se convirtió en un torneo de “liderazgos coyunturales” y “atrápalo-todo”, incapaces de proyectar un horizonte común. Desde la perspectiva del especialista en liderazgo público, Ronald Heifetz, y del politólogo, Carl Joachim Friedrich, el sistema democrático boliviano revelaría una crisis profunda: ninguno de los candidatos logró encarnar un liderazgo adaptativo, ni tampoco un compromiso serio con el constitucionalismo y la responsabilidad democrática.

Liderazgo adaptativo ausente

Ronald Heifetz distingue entre problemas técnicos en el ejercicio del liderazgo, aquellos con soluciones conocidas y los problemas adaptativos, que exigen aprendizaje, pérdida y reconfiguración de valores colectivos. El liderazgo consiste en movilizar a la sociedad para enfrentar lo adaptativo, regular el calor del conflicto y proteger las voces disidentes.

En Bolivia, los candidatos confundieron ambos niveles. Prometieron soluciones técnicas inmediatas: ajustes fiscales, subsidios, créditos externos, mano dura contra la corrupción, etc., pero evitaron nombrar cuáles serían las pérdidas y el costo doloroso de los cambios que están por venir. ¿Quién pagará los costos de la reestructuración, cómo se distribuirán los sacrificios y qué pactos sociales sostendrán la transición? Casi todos prefirieron ofrecer recetas simples para los problemas complejos, lo cual bloqueó la posibilidad de un aprendizaje colectivo.

Además, ninguno reguló el calor de la crisis. Lejos de abrir espacios seguros de deliberación, exacerbaron las tensiones entre el MAS y las fuerzas anti-MAS, la polarización campo-ciudad o las tensiones entre los líderes viejos y jóvenes. El liderazgo adaptativo, entendido como pedagogía de la transición, estuvo totalmente ausente.

El constitucionalismo erosionado

Carl Joachim Friedrich, en el libro El hombre y el gobierno, subrayó que el poder democrático debe estar sujeto a límites, responsabilidad y ética pública. El gobernante es legítimo, solamente si se somete a las reglas que lo trascienden, con instituciones fuertes que aseguren el control del poder.

En Bolivia, los candidatos desatendieron este núcleo normativo. Se habló de relanzar empresas públicas, revertir nacionalizaciones o atraer capitales, pero sin detallar mecanismos de “rendición de cuentas” que garanticen transparencia contractual, directorios profesionales en las empresas estatales o en la autonomía del Banco Central. El Estado de Derecho se invocó como bandera, pero rara vez se tradujo en compromisos institucionales verificables. La política se redujo al cálculo coyuntural y no a la edificación de un marco constitucional sólido. Esto es lo que derrotó en las urnas, tanto a Jorge Quiroga, como a Samuel Doria Medina, acostumbrados a la polarización sutil, a imponer sus puntos de vista cuestionables y ensoberbecer su carrera electoral como si fueran superhéroes. No en vano se escuchó protestar a la gente del pueblo, diciendo que ellos estaban “metidos en sus calzones”.

Liderazgos atrápalo-todo

El proceso electoral mostró también otro rasgo común: los liderazgos atrápalo-todo, aquellas candidaturas que recogían clientelas dispersas: gremiales, empresarios, sindicatos, jóvenes en situación precaria, pero sin articular un proyecto de país. Siguiendo la lógica del partido “clientelar”, el efecto fue la dilución ideológica y la conversión de la política en pura transacción electoral, como lo hizo Manfred Reyes Villa y, entre los peores referentes, Andrónico Rodríguez, Eduardo del Castillo y Jhonny Fernández. Estos candidatos no presentaron ideologías que disputaron visiones de futuro, sino que quisieron pasar por ser administradores hábiles de la coyuntura (los más pendejos, según ellos), que ensamblaban retazos de discursos, únicamente para sobrevivir en la competencia.

La metáfora de los ciegos y tuertos

El proceso electoral se asemejó a una competencia de ciegos donde los tuertos quisieron proclamarse reyes. Los “ciegos” representaron a una sociedad desorientada, atrapada en la frustración y sin horizonte de futuro. Los “tuertos” fueron los candidatos que lograron vislumbrar apenas un fragmento de la crisis —un ojo abierto sobre economía, seguridad o justicia—, pero fueron incapaces de contemplar el conjunto de las reformas estructurales para el Estado y el sistema democrático.

La metáfora ilustra con crudeza la pobreza estratégica de los liderazgos bolivianos: nadie ve el tablero completo, y quienes presumían tener visión, como Tuto Quiroga, apenas se aferraban a un destello parcial.

La crisis de liderazgo democrático

Lo que Bolivia enfrenta, no es simplemente la disputa electoral de 2025, sino una crisis de liderazgo democrático. Los candidatos no son líderes adaptativos, capaces de movilizar a la sociedad hacia cambios dolorosos pero necesarios, ni estadistas comprometidos con los límites constitucionales que Friedrich consideraba indispensables. Son figuras coyunturales, atrapadas en la inmediatez, en la nostalgia o en la retórica populista.

El país necesita un liderazgo que diga la verdad sobre las pérdidas del cambio profundo y las perspectivas eficientes de un nuevo Estado republicano, que organice un pacto social de transición y reconstruya la ética pública con instituciones fuertes. Mientras el escenario electoral se deslice hacia una competencia sin visión, donde los ciegos siguen buscando guías y los tuertos se conforman con reinar en la oscuridad, entonces permanecerá la crisis profunda de la sociedad, el Estado y la economía.

Sobre el candidato ganador, Rodrigo Paz Pereira, resta decir que intuyó un liderazgo adaptativo y, con paciencia y un sentido de perseverancia desde las calles y una oferta de gobierno sencilla, interpeló al voto huérfano de izquierda y a los indecisos que deseaban una renovación de líderes. En la segunda vuelta, Paz Pereira debe aquilatar mejor su visión de país y de las orientaciones constitucionales del Estado de Derecho. Honestamente, deberá decir dónde dolerá más y quiénes llevarán las cargas más pesadas para lograr una concertación eficiente y una reconciliación realmente valiosa.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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