El posible enclaustramiento de Ucrania visto desde Bolivia
Las recientes declaraciones de Vladimir Putin, realizadas tras rechazar la propuesta de congelar las líneas del frente en la guerra en Ucrania, que era uno de los 28 puntos del plan de paz presentado por Donald Trump, han encendido nuevas alarmas en Occidente.
Al afirmar que Rusia está decidida a “liberar” los territorios del Donbás y de la llamada Novorossiya (Nueva Rusia) “por medios militares u otros medios”, el presidente ruso dejó en claro que el conflicto está lejos de una culminación negociada y que las ambiciones territoriales del Kremlin van más allá de las cuatro provincias que hoy controla casi en su totalidad: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia.
La referencia explícita a Novorossiya resulta particularmente inquietante. Este concepto, de raíz imperial y rescatado del imaginario zarista, abarca no solo el sureste de Ucrania, sino también todo su litoral sobre el mar Negro (Prichernomorie), incluyendo las ciudades portuarias de Mykolaiv y Odesa, que constituyen actualmente la única conexión soberana de Ucrania con el mar.
No se trata, por tanto, de una simple consolidación de ganancias territoriales ya obtenidas, sino de un proyecto geopolítico de mayor envergadura, orientado a conectar directamente el territorio ruso con la región separatista de Transnistria —también incluida en la concepción de Novorossiya— en la vecina República de Moldavia.
Si bien esta narrativa ha estado presente en el discurso de las autoridades rusas desde 2014, cuando se produjo la anexión de Crimea, el hecho de que ahora haya sido reafirmada de manera explícita por Putin, con el objetivo de clarificar las metas estratégicas de Rusia en esta guerra, le confiere mayor gravedad y urgencia.
Ello explica la creciente preocupación de Kiev y Europa, que interpretan estas declaraciones como la confirmación de una agenda expansionista incompatible con cualquier acuerdo de paz duradero.
Sin embargo, existe un elemento adicional —poco explorado en los análisis predominantes— que merece especial atención por sus consecuencias de largo plazo: el eventual enclaustramiento geográfico de Ucrania.
La concreción del proyecto de Novorossiya implicaría arrebatarle a Ucrania su única salida soberana al mar, hoy concentrada principalmente en Odesa, el puerto más grande del país y que históricamente ha sido “la puerta del sur”, tanto para el Imperio ruso como para la Unión Soviética.
Esto no solo supondría la pérdida de importantes territorios y de las riquezas que estos contienen, sino también la privación de una condición esencial para el desarrollo económico y la proyección internacional de cualquier Estado moderno: el acceso soberano al mar.
Las consecuencias económicas serían gravísimas. Diversos estudios sobre los países sin litoral han demostrado que los costos de transporte que enfrentan son, en promedio, cerca de un 20 % más altos que los de los países costeros. Asimismo, se ha establecido que su crecimiento económico anual es entre 0,7 y 1,5 puntos porcentuales menor.
Por tanto, no estamos hablando de la pérdida un territorio cualquiera, cuyo valor se determina por la cantidad de kilómetros cuadrados que contiene, sino de la privación de un espacio con valor geopolítico talasocrático, o lo que en Bolivia se conoce como cualidad marítima, es decir, la facultad estructural que tiene una nación libre y soberana de acceder a las corrientes del comercio internacional y a la vecindad del mundo a través de su propio territorio.
Hasta el momento, las fuerzas rusas no han logrado ocupar los territorios necesarios para encerrar geográficamente a Ucrania. Pero de consumarse este escenario, el país se convertiría en el 45.º Estado sin litoral del mundo y en el segundo —junto con Bolivia— en haber perdido su cualidad marítima como resultado directo de una invasión y una guerra.
Este dato no es menor. El precedente que sentaría sería extremadamente grave y profundamente desestabilizador.
La experiencia histórica demuestra que los pueblos privados de su acceso al mar jamás abandonan esa reivindicación. Lo más probable es que los ucranianos no dejen de reclamar una salida soberana al mar, del mismo modo en que Bolivia no ha renunciado a su objetivo de reintegración marítima, pese al transcurso de casi un siglo y medio desde que fue despojada de su único litoral y de los candados jurídicos que se le han impuesto en ese tiempo.
En ese sentido, Rusia no solo estaría reivindicando lo que alguna vez fue la Novorossiya o consolidando la continuidad de su territorio hasta Transnistria, en Moldavia, sino que también estaría comprando un conflicto geopolítico de larga duración.
No se trataría de un irredentismo convencional, limitado a disputas fronterizas, sino de una reivindicación cargada de emoción, identidad y sentido de justicia histórica, sustentada tanto en daños económicos verificables como en el sentimiento de encierro impuesto de manera violenta a todo un pueblo.
Lejos de estabilizar la región y resolver el conflicto, el proyecto de Novorossiya corre el riesgo de sembrar las semillas de una controversia permanente. Una que trasciende la coyuntura militar, la disputa geopolítica con Europa y que se proyecta en términos políticos como una herida abierta para la víctima y como una piedra en zapato para el victimario.