Nuestra relación con Chile debe ser liberada de complejos
Hacen muy bien el Presidente Rodrigo Paz y su Canciller Fernando Aramayo en considerar favorablemente el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Chile a nivel de embajadores. Eso no quiere decir que Bolivia lo haga de forma unilateral sin plantear ninguna condición.
En numerosas ocasiones Chile nos ofreció intercambiar embajadores como si eso fuera una gran concesión que nos entregaba generosa y gratuitamente. Chile intentó distraer los efectos de este mecanismo de presión con su mañoso retruque. Aparte de eso, no se le movió un pelo.
El problema original sigue pendiente. Requiere de recursos mucho más efectivos para ser resuelto. Lo mínimo que se debe exigir a Chile al restablecer embajadores es un compromiso formal y verificable de mejorar el acceso boliviano a los puertos chilenos.
Si les ofrecemos gratuitamente una vinculación con el Atlántico a través de nuestro territorio, aceptarán felices, siempre que esa oferta no los obligue a retribuirnos con nada. Debemos aprender a negociar de igual a igual con unos ventajistas natos.
Chile retuerce cada desventaja a su favor
La Asamblea General de la OEA de noviembre de 1979, por voto unánime (excluyendo el único voto negativo de Chile), concluyó que el enclaustramiento de Bolivia es un asunto de interés hemisférico. Chile se ocupó de diluir esta conclusión en Asambleas sucesivas hasta que quedó olvidada.
Eso pasó porque no supimos aprovechar nuestro mayor éxito diplomático.
Aún podemos aprovechar los aspectos favorables del litigio que perdimos contra Chile ante la Corte Internacional de Justicia en 2018. El Párrafo 176 del fallo reconoció que el encierro marítimo de Bolivia es un problema pendiente. Instó a Chile y Bolivia que negocien una solución a este problema.
Chile hace caso omiso de esta invocación. Sostiene falsamente que este fallo determinó que no queda ningún problema pendiente con Bolivia.
Las relaciones entre acomplejados son complejas
El acceso al mar no es un fin en sí mismo. Es un medio imprescindible para facilitar nuestras ventas a otros países. Nuestros lamentos y exigencias patrióticas no avanzan este objetivo en un ápice. Sólo demuestran nuestro complejo de inferioridad respecto a Chile.
Por su parte los actuales conductores de Chile sufren complejos de superioridad que han impedido que Chile resuelva este problema. Para empezar, piensan que en un “país de indios” (entre otros calificativos insultantes que usan varias autoridades), nadie se da cuenta de sus tretas.
Chile se resiste a hacer lo que más le conviene
Los dirigentes que gobernaron Chile inmediatamente después de la Guerra del Pacífico estaban convencidos de que el interés de Chile yacía en otorgar a Bolivia una salida útil y soberana al mar.
Tenían presente que a Chile le convenía atenuar las consecuencias de haber cercenado el litoral de Bolivia mediante una invasión militar. Sabían que ese saqueo generaría en Bolivia y en la región una animadversión contra Chile.
El Presidente Augusto Pinochet intentó avanzar en esta misma dirección en el encuentro de Charaña. Sabía que Perú llama “provincias cautivas” a los territorios que Chile le quitó, invadiendo y saqueando su capital Lima. Intuía que un día la relación de poder podría revertirse a favor de Bolivia.
Lo inesperado puede suceder en cualquier parte. La Unión Soviética no se imaginó que perdería en pocos meses numerosos países que había conquistado en Europa del Este. Hay militares en el Perú que ansían redimir las pérdidas del pasado.
Olvidando esta sensata lección, generaciones de líderes chilenos adoptaron en el siglo 20 la pauta contradictoria y engañosa de que Chile tiene todos los derechos como vencedor de la guerra y de que las consecuencias negativas de ese despojo para Bolivia y el Perú deben olvidarse.
Chile nos metió un gol con la mano militar
El Tratado de Paz de 1904 impuso una serie de obligaciones que Chile debe cumplir por haber encerrado a Bolivia. La parte boliviana nunca pudo defender de una manera efectiva el cumplimiento de ese Tratado. Nos enredamos en el ensueño ilusorio de una plena reivindicación marítima.
Los negociadores chilenos no desaprovecharon ninguna oportunidad de minimizar el cumplimiento de este Tratado. Siempre sostuvieron que lo estaban cumpliendo de la manera más absoluta. Basta con viajar a Arica por unos días y visitar el puerto para darse cuenta que eso no es así.
El ferrocarril Arica-La Paz no funciona. El tramo carretero es angosto. No tiene buen mantenimiento. La aduana chilena no tiene el personal necesario ni la voluntad de facilitar un paso expedito a las enormes columnas de transporte boliviano. Importadores y exportadores bolivianos exigen mejores almacenes.
Las autoridades de Arica saben que su pueblo vive del comercio boliviano. Han llamado la atención de su gobierno a este problema. Las autoridades de Santiago tratan a Arica y al norte chileno como si estuvieran en el otro lado de la luna. Consideran que mejorar el acceso boliviano a ese puerto es marginal para sus intereses.
El poder militar de Chile garantiza que la conquista chilena de un puerto que fue peruano se mantenga sin problemas. Las autoridades de Santiago se aseguran de que ese poder garantice el dominio de los extensos yacimientos de cobre y litio que Chile encontró en un territorio que fue boliviano.
Las fuerzas armadas de Chile se financian con esas ventas. Fue una jugada maestra.
La movida artera que nos apartó del mar
Una de las más grandes pruebas de la viveza chilena y de su complejo de superioridad respecto a Bolivia fue el Tratado de 1929 que Chile suscribió con el Perú.
Según una cláusula originalmente secreta de este Tratado, ni Chile ni el Perú podían otorgarle a Bolivia un puerto soberano en Arica sin consentimiento del otro.
Como se ha observado una y mil veces, con el Tratado de 1929 Chile le puso un candado a cualquier negociación futura de Bolivia sobre este tema. Sabiendo muy bien lo que hacía, le entregó la llave de este candado al sector más revanchista del Perú.
La diplomacia boliviana tiene la doble tarea de encontrar la llave en el Perú y de convencer a Chile de que abra el candado. Como Arica perteneció originalmente al Perú, nuestra negociación debe empezar por obtener el acuerdo del Perú para que Chile deje de escudarse en este Tratado.
Chile escuchará cuando sus intereses estén en jaque
Solamente cuando Chile perciba que podemos retirar nuestro comercio por Arica se desvivirá para mejorar nuestro acceso al puerto que es el más cercano y conveniente para Bolivia.
Debemos aumentar gradualmente nuestras exportaciones por los pequeños puertos peruanos de Ilo, Mollendo y Matarani. El objetivo final es llevarlas al norte de Lima hasta Chancay, que es el puerto más grande y más moderno de la costa del Pacífico.
Los costos de transporte por el Perú se pueden abaratar si se cumple el proyecto del ferrocarril transoceánico, que partiría desde Santos en el sud del Brasil hasta Chancay al norte de Lima. Debemos evitar que Chile nos margine de esa ventaja negociadora sin hacerse notar.
Recordemos la solución de fondo
La idea central es lograr que Chile, dejando de lado el candado del Tratado de 1929 en un acuerdo negociado por nosotros con el Perú, nos facilite acceso a un puerto útil y soberano en Arica, sea como un enclave aislado, o bien accesible mediante un corredor soberano a ser negociado por Bolivia con Chile y el Perú.
Es tarea de la diplomacia boliviana convencer a los decisores chilenos, aplacando sus complejos, de los beneficios que obtendrían si aceptaran esta propuesta. Su costo es muy inferior a los inmensos beneficios que Chile obtuvo al usurpar territorios bolivianos y peruanos.
Ha pasado casi medio siglo desde que Walter Guevara Arze publicó esta solución en 1978 (“Radiografía de la negociación con Chile,” Editorial Universo, 1978).
Chile apostó a que los diplomáticos bolivianos nunca se pondrán las pilas para negociar los complejos detalles de esta solución. No es muy tarde para demostrarles que están equivocados.