2026-03-14

A usted lo vendieron, Marset

Desde esta perspectiva, la caída de Marset podría ser leída no como el final de un poder, sino como el síntoma de una transición dentro del propio sistema del narcotráfico.

La historia del narcotráfico contemporáneo en América Latina posee una constante que la atraviesa con una precisión casi trágica: los imperios criminales rara vez se derrumban por el peso de la justicia; con mayor frecuencia se desmoronan por el peso de la traición.

La reciente caída de Sebastián Marset, uno de los narcotraficantes más buscados del continente, vuelve a colocar a Bolivia en el centro de una reflexión incómoda. No se trata únicamente de la captura de un individuo, ni siquiera de la desarticulación de una estructura criminal específica. Lo que realmente emerge es una evidencia más profunda: Bolivia continúa siendo un espacio geopolítico atravesado por las tensiones del narcotráfico global.

Durante años, Marset fue más que un prófugo. Fue una figura que encarnó una de las paradojas más inquietantes del crimen organizado contemporáneo: la del criminal que vive a plena luz del día. No se ocultaba en la oscuridad absoluta, sino que coexistía con la sociedad, con identidades múltiples, con apariencias de legalidad y con redes sociales, empresariales y políticas que le permitieron moverse con una sorprendente libertad.

Ese fenómeno no es casual. Es el resultado de la transformación del narcotráfico en una estructura transnacional sofisticada que ya no opera únicamente en los márgenes del Estado, sino que en ocasiones logra infiltrarse en sus grietas institucionales.

Por ello, la caída de Marset no debería ser interpretada únicamente como un triunfo policial o judicial. Debe ser comprendida como un episodio dentro de una dinámica mucho más compleja: la disputa permanente por el control de las rutas, los mercados y las estructuras logísticas del narcotráfico en América Latina.

En este contexto, surge una pregunta inevitable: ¿por qué cayó ahora?

El narcotráfico, como todo sistema de poder, funciona mediante equilibrios precarios. Cuando uno de esos equilibrios se rompe —por conflictos internos, por disputas territoriales o por reconfiguraciones geopolíticas— las estructuras se reordenan. Y en ese proceso, las traiciones suelen ser el mecanismo más eficaz.

Por ello, la captura de un narcotraficante de la magnitud de Marset rara vez es un hecho aislado. Más bien constituye un indicio de que dentro de la estructura criminal que lo sostuvo durante años se produjo una fractura.

En otras palabras, alguien decidió que su tiempo había terminado.

Desde esta perspectiva, la caída de Marset podría ser leída no como el final de un poder, sino como el síntoma de una transición dentro del propio sistema del narcotráfico. Las organizaciones criminales, al igual que los sistemas políticos, poseen una notable capacidad de adaptación. Cuando un líder desaparece, otro emerge. Cuando una red se fragmenta, otra se reorganiza.

La economía ilegal que sostiene el narcotráfico —con sus flujos financieros, sus rutas internacionales y sus redes de complicidad— no desaparece con la detención de un individuo. El mercado permanece. La demanda permanece. Las estructuras logísticas permanecen.

Lo único que cambia es el rostro del poder.

En ese escenario, Bolivia enfrenta un desafío histórico. No solo debe combatir el narcotráfico como fenómeno criminal, sino también comprenderlo como un fenómeno estructural que se inscribe dentro de dinámicas regionales e incluso globales. Ignorar esta dimensión equivale a combatir sombras sin comprender la arquitectura que las produce.

Por ello, más que celebrar la caída de un hombre, corresponde reflexionar sobre las condiciones que permitieron que ese hombre se moviera durante tanto tiempo dentro de las fronteras del continente.

Y tal vez, en medio de esa reflexión, una frase resuma con crudeza la lógica de ese mundo:

“A usted lo vendieron, Marset.”

Porque en el universo del narcotráfico el poder nunca se extingue.
 Simplemente cambia de dueño.

Y mientras ese relevo silencioso ocurre, Bolivia —una vez más— observa cómo el tablero se reconfigura, esperando inevitablemente la aparición del próximo nombre que ocupará el trono invisible del negocio más lucrativo del crimen organizado.

La historia reciente nos recuerda una verdad incómoda: los reyes del narcotráfico no gobiernan eternamente.

Pero tampoco desaparecen los reinos que los producen.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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