Editorial 29-09-2024
Fobia al diálogo
Para que haya diálogo hay requisitos indispensables. Por ejemplo, es imposible que se dé si no hay dos o más interlocutores, que además estén dispuestos a intercambiar ideas sin imponer sus puntos de vista. Es obvio que sin el primer requisito lo que hubiera sería un monólogo y, sin el segundo, un intento de sometimiento.
En esta última semana y parte de la anterior, lo que vio el país fue un gobierno que insistió en entablar un escenario de diálogo para evitar que llegue a La Paz la marcha encabezada por Evo Morales y, en el otro frente, un expresidente esquivando a su estilo todas las invitaciones y, en cambio, lanzando una sarta de amenazas que al final no cumplió.
Ni mensajes públicos, ni cartas de invitación, ni enviados especiales, ni la intervención del Defensor del Pueblo lograron que el exmandatario venciera su fobia al diálogo, que nos recuerda además que tiene otra fobia que se activa cada vez que hay elecciones nacionales, su fobia al debate.
Veamos los hechos. La marcha partió el martes 17 desde Caracollo con rumbo a Vila Vila, con la demanda de atención a un pliego de 16 puntos; uno de ellos, el reconocimiento del congreso de Lauca Ñ, que definió la candidatura de Evo Morales en 2025.
Ese mismo día llegó hasta el lugar el viceministro de Cooperativas Mineras, Mauricio Guzmán, con una carta de respuesta a todos los puntos de la demanda y con el pedido de evitar que se generen escenarios de violencia. Lo recibió un enfrentamiento. Los “evistas” denunciaron que fueron atacados, pero el Gobierno dijo que la gresca fue responsabilidad de los “violentos” seguidores de Morales para neutralizar el intento de acercamiento.
El tercer día de la marcha, la ministra de la Presidencia, María Nela Prada, lanzó para Morales una invitación pública a dialogar “para que deje de seguir llevando, no solo a parte de la militancia de nuestro instrumento político, sino a todo el pueblo boliviano, a un enfrentamiento entre hermanos y hermanas, a una situación de conflictividad, de convulsión que puede terminar con las pérdidas de vidas”.
Cuando Morales fue consultado en medio de la marcha sobre esa invitación, respondió que no había recibido formalmente ninguna carta, ante lo cual el Gobierno decidió enviarla con un abogado del Ministerio de la Presidencia.
El viernes 20, el abogado llegó hasta Ayo Ayo, donde se encontraba el marchista Morales, pero fue recibido con insultos y pedradas. Tuvo que huir del lugar para preservar su integridad física y no hubo ni un solo dirigente que pidiera a sus bases calma, ya que era solo un hombre con una carta en la mano. Días después, el ministro de Gobierno, Eduardo Del Castillo, reveló que uno de los agresores fue Orestes Sotomayor, a quien identificó como “yerno” de Morales.
Durante la noche, el presidente Arce esperó a Morales en instalaciones del Ministerio de Educación, que se había fijado como punto de encuentro para el diálogo, pero el jefe masista lo dejó plantado. Días después de que concluyera la marcha, Morales reveló que estaba ofendido porque le invitaron a un ministerio y no a la Casa Grande del Pueblo. “Me siento discriminado”, dijo, como si el lugar fuera un tema de fondo para un verdadero creyente del diálogo.
El sábado 21, el denominado Estado Mayor del Pueblo invitó a dialogar al presidente Arce, pero en el lugar de la marcha y bajo tres condiciones: retirar a tres mil policías de Ventilla, replegar a grupos de ataque y desmovilizar a funcionarios públicos. El ministro Del Castillo respondió que la puerta al diálogo se encontraba abierta, pero en cualquier punto del país, menos en la marcha, por motivos de seguridad. Y tenía razón, porque se trata del Presidente y no del dirigente de un partido.
Entonces, un día antes del arribo de la marcha a La Paz, el Defensor del Pueblo lanzó una invitación al diálogo. Arce aceptó públicamente y Morales respondió con una carta en la que pidió que primero se convoque al Gobierno y luego a los movilizados, previo cumplimiento, nuevamente, de varias condiciones.
Al final la marcha llegó a La Paz y la Defensoría consiguió reunir a delegados de ambas partes el pasado jueves, pero el diálogo no prosperó, esta vez porque los “evistas” observaron que se hayan iniciado acciones legales contra algunos de ellos, como es el caso del exprocurador y ahora abogado de Morales, Wilfredo Chávez. El asunto es que su procesamiento es por contratos observados que le habrían causado al Estado una pérdida millonaria; nada tiene que ver con las exigencias que tenía la marcha.
En fin, cuando uno quiere dialogar no basta sostenerlo en el discurso.